“Se nos advirtió hace más
de 70 años. El verdadero peligro no es solo hacer que la gente crea mentiras,
sino lograr que abandone por completo la verdad. Hannah Arendt fue una filósofa
política nacida en Alemania, que sobrevivió al ascenso del nazismo, huyó de
Europa y dedicó el resto de su vida a comprender cómo sociedades civilizadas
pueden caer en pesadillas totalitarias. En 1951, publicó Los orígenes del
totalitarismo, una obra que hoy sigue siendo inquietantemente actual. La idea central de
Arendt era esta: los sistemas totalitarios no triunfan solo convenciendo a la
gente de una ideología. Triunfan destruyendo la capacidad de los individuos
para pensar, y punto. En una de sus observaciones más citadas, escribió: «El
sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi ni el comunista convencidos,
sino personas para quienes la distinción entre hecho y ficción, entre lo
verdadero y lo falso, ya no existe”.»
“El objetivo no es la creencia: es la confusión. Es el
agotamiento. El dejar a la gente tan abrumada por afirmaciones contradictorias,
tan sepultada bajo mentiras y contra mentiras que, simplemente, renuncie al
esfuerzo de saber qué es real. Cuando ya no se puede distinguir la verdad de la
mentira, ya no se puede distinguir el bien del mal. Y cuando eso ocurre, es
fácil controlar a cualquiera: no porque haya sido convencido, sino porque dejó
de pensar por sí mismo. Arendt entendió algo esencial: la formación totalitaria
no consiste solo en adoctrinar; consiste en destruir la capacidad misma de
formar convicciones. Si la gente ya no cree en nada, no cuestiona nada y no
confía en nada, no se resistirá a nada. Derivará, entumecida y pasiva, mientras
el mundo a su alrededor se oscurece. En 1967, Arendt exploró cómo funcionan las
mentiras en los sistemas políticos. Observó que la mentira constante y
omnipresente no se limita a difundir falsedades: erosiona el propio concepto de
verdad. Cuando todo se discute, cuando cada hecho se descarta como
“partidista”, cuando la realidad misma se convierte en una cuestión de opinión,
entonces la verdad pierde por completo su fuerza. Y cuando la verdad ya no
tiene fuerza, tampoco la tienen la justicia, la moral ni la dignidad humana.
Arendt vio esto ocurrir en tiempo real en la Alemania de los años 30. Observó
cómo los nazis no solo mentían: creaban un entorno en el que la mentira se
volvía tan constante, tan aplastante, que la gente común dejaba de preocuparse
por lo que era cierto. Se volvían insensibles. Cínicos. Desconectados. Y en ese
entumecimiento, las atrocidades se volvían posibles”.
“El totalitarismo no llega anunciándose con botas
militares y tanques. Empieza en silencio, en la erosión gradual de nuestra
capacidad para saber qué es real. Prospera en el cinismo, el agotamiento y la
idea de “que todos los políticos mienten, o no se puede confiar en nadie, o
“¿quién sabe qué es verdad de todos modos?” Esa resignación, ese agotamiento,
es exactamente contra lo que Arendt nos prevenía. Hannah Arendt murió en 1975,
pero su advertencia sigue resonando: Protege tu capacidad de pensar. Exige pruebas.
Distingue los hechos de las opiniones. No dejes que el torrente de mentiras te
haga abandonar la verdad misma, porque en cuanto deja de importarte lo que es
verdad, ya has perdido todo lo que importa. La lucha no consiste solo en creer
las cosas correctas, en negarse a dejar de pensar”.
“Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Hannah
Arendt", s. f.)”
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