Ir a China. ¡Jamás lo habría
soñado! Pero aterrizamos en China.
Todo surgió a iniciativa de
nuestra única hija que se dedicó minuciosamente, durante medio año, a preparar
el viaje a esa grandiosa nación milenaria y tan alejada de España. Una idea a
la que sus padres, casi octogenarios y animados por ella, se unieron sin
advertir que supondría más una carga que una ayuda.
Siendo un colegial, menor de
catorce años, supe de las aventuras de Marco Polo por aquellas tierras como si
fueran de otro mundo y para ellas postulé con una hucha pidiendo dinero para el
DOMUND, a fin de cristianizar y remediar las penurias de los pobres chinitos.
¿Quién lo diría hoy? ¿A dónde irían a parar aquellos dineros?
06.07.2026. Desde las ocho de la
mañana no existió pensamiento alguno que se desviara del viaje y ultimamos los
detalles: enseres y demás necesidades. A partir de las 12,30 desde Toledo,
salimos hasta Barajas pensando que sería el definitivo y último viaje largo de
nuestras vidas. A las cinco de la tarde elevábamos el vuelo hacia Frankfurt,
donde hicimos una escala de tres horas, para embarcar en otro avión más amplio
en el que, durante doce horas, cenamos, desayunamos, comimos y pasamos una
noche heladora y mal durmiendo para llegar al aeropuerto de Sanghai del que
conseguimos salir pasadas más de tres horas, una vez sufrimos sus estrictos
controles, largos recorridos y denunciar la rotura de nuestras dos maletas.
Otro escollo surgió a
continuación tratando de adquirir los billetes de metro a fin de llegar al
centro de la ciudad donde teníamos pagado un apartamento turístico. Fue posible
solucionarlo merced al alma caritativa de una joven que, para practicar su
inglés, nos ayudó, confesándonos que por tal razón iba a menudo al aeropuerto.
Una anónima estudiante a la que siempre recordaremos con cariño. El tique de
cada uno (éramos seis) se obtenía en máquinas expendedoras donde era
imprescindible indicar la estación de destino, pues dependiendo de ello su
importe variaba y se pagaba con el correspondiente QR del móvil. El trayecto,
en la línea dos, superó la hora que se nos hizo eterna, pero fue un acierto,
pues la salida del metro nos dejó a poca distancia del alojamiento, aunque
éste, igualmente, nos deparó otra sorpresa.
Ella, nuestra hija, todo lo tenía
escrito, pormenorizado en un cuaderno y memoria, pagados de antemano los
hospedajes y su tiempo de estancia en los mismos, las visitas que
realizaríamos, los medios de locomoción indispensables y otras alternativas
ante posibles imprevistos: elegidos en base a buenas reseñas e informes que, de
cada uno de ellos, poseía.
Este, nuestro primer alojamiento,
gozaba de buenas referencias, era digno, estaba limpio, en pleno centro, pero
muy pequeño y no nos gustó. Sus fotos así no lo describían. Era un cuarto piso
y subimos en ascensor que daba a un largo pasillo donde en cuartitos abiertos
los vecinos cocinaban o tendrían derecho a cocinar, algo que siendo un niño aun
recordaba de Madrid: “Tienen un piso con derecho a cocina”, decían algunos en
el pueblo que, para encontrar trabajo, emigraban a la Madrid, nuestra capital.
En fin, abrimos el pisito con una
clave, previamente facilitada, en una de las primeras puertas del corredor. Una
salita de no más de cinco metros cuadrados, con un diminuto sofá para sentarse
dos personas, nos dieron la bienvenida. De él partía una escalera hasta una
buhardilla, de poco más de un metro de altura, que albergaba dos camas anchas
de matrimonio, sin luz exterior. En una, durmieron nuestra hija y su marido; en
la otra, nuestros dos nietos. En el recibidor indicado una puerta daba a un
estrecho cuarto de baño con ducha y retrete. Otra, a una habitación con ventana
al exterior con una amplia cama como las dos de arriba: en ella los abuelos
dormimos como una deferencia no merecida. El aspecto coqueto del pisito era lo
positivo: lo cuidado que estaba, su limpieza, la blancura de sus sabanas y el
poco tiempo que en él estaríamos, pues China nos aguardaba en una de sus
ciudades más misteriosas y emblemáticas: Shanghái, por lo que enseguida nos
desprendimos del equipaje y salimos a la calle donde, esta vez sí, notamos el
bofetón con que el húmedo calor sacudió nuestros rostros, siendo julio y época
de lluvias.
Descubrimos la noche caminando
hasta su inmensa bahía, sus luces, su río, sus altos y ostentosos edificios y
el enorme gentío que se apiñaba gozando de tales maravillas. Hacían fotos,
algunas de las cuales se las solicitaban a nuestros nietos, y cenamos en un
lugar muy elegante, solos los seis, en una sala con una amplia mesa redonda que
circulaba con los manjares que, a petición nuestra, nos habían servido y de los
cuales todos podíamos disfrutar al tiempo que, alguno como un servidor,
aprendíamos a comer con palillos.
Estuvimos dos noches y tres días,
dejando el alojamiento por la mañana de este último para, acto seguido,
depositar nuestros equipajes en las taquillas habilitadas para ello en el metro
de la estación del tren en el que, durante toda la noche, viajaríamos en coche
cama, hasta alcanzar Pekín, la capital.
La odisea había comenzado. Nada
ni nadie puede augurar lo que el futuro puede depararnos y eso, pese a quien
pese, es una fortuna que agradecer al Destino, pues para nada deseo imaginar
qué pasaría sabiendo que algo terrible ha de acontecer.
Ni lo sospechábamos. Habíamos pasado las inspecciones en los aeropuertos de Madrid, Frankfurt y Shanghái, en las diferentes entradas de las líneas de metro de esta ciudad que habíamos utilizado, pero no en su estación de tren con destino a Pekín, que se hallaba abarrotada de pasajeros. A la entrada, en el control, nos abrieron las maletas, las mochilas, los bolsos de mano y nuestros recónditos bolsillos para expoliarnos cremas, colonias faciales y otros objetos metálicos que para ellos representaban un arma o un peligro. No hubo justificación posible y hasta el agua tuvimos que beberla o derramarla pese a nuestras protestas. Un país dictatorial con unos exhaustivos controles que nos sacaron de quicio y que, para cuando les hicimos saber que regresaríamos a por ellos, nos prometieron guardarlos hasta diez días, y volvimos, aunque, pasado el plazo porque antes no podíamos siguiendo el plan de viaje, efectivamente, nada de nada nos devolvieron, alegando que ya no estaban. ¿Nos mintieron?
Tal vez el sistema para tanta
multitud deba ser inflexible y estén autoconvencidos de ello, aunque los
turistas que vivimos en democracia no lo entendamos, máxime sabiendo de los
privilegios que políticos y cierta gente disfrutan aquí y en cualquier parte, sabiendo que no todos somos iguales.