Hoy viernes, utilizando el tren,
que a veces supera los 350 kilómetros a la hora, llegamos a otra ciudad
cosmopolita, Chengdu, de altos y modernos edificios que en nada han de envidiar
a los inmensos rascacielos de la Quinta avenida de New York, a la que superan,
incluso, en sus grandes centros comerciales de afamadas marcas y firmas
conocidas. En Chengdu, la mayoría de sus altas edificaciones son majestuosas
moles de cristal modernas y “capitalistas”, de ignorados propietarios en una
nación que se jacta de ser comunista. Serán, me imagino, guisos que se comen
sin preguntar, otra cosa bien diferente será saber quién y cómo los cocinan.
En esta ciudad el alojamiento que
tenemos concertado, en pleno centro de la misma, me pareció más para gente
joven mochilera que para mayores como mi mujer y un servidor. Sus salas daban
la sensación de ser las de un club juvenil para alternar, charlar y conocerse;
para leer, ver la tele o jugar al billar americano y, en especial, por los
finos colchones de las tres camas que la habitación tenía sobre la tarima, es
decir, tirados en el suelo al igual que sus asientos, cuya altura no superaban
un palmo e, ingenuo de mí, pregunté: ¿será estilo japonés? A mi mujer aquello
no le gustó y se quejó de la dureza de su lecho, una fina colchoneta donde
sufrir toda una noche, y menos mal que lo paliaron incorporando a la misma unas
mantas y edredones. Nos asignaron dos habitaciones, con sus correspondientes
cuartos de baños (tal vez, lo mejor), tres personas en cada una de ellas, y en
la nuestra, además de tener estropeado el televisor, el aire acondicionado era
excesivo, en definitiva: no nos agradó, pero tuvimos que aguantarnos.
Nada de todo eso impediría que,
en la habitación de nuestros hijos, a las tres de la madrugada, salvo mi mujer,
que prefirió seguir durmiendo en aquella, su cama, vimos la final de fútbol de
España contra Argentina, que representó una alegría inmensa para volver a
dormir más contentos.
Nos llegamos a ver un Buda
gigante en el acantilado de otra montaña. Estaba considerablemente lejos. Y,
mientras tres escalaban afanosa y peligrosamente hasta la cima en fila india
con el resto de los viandantes, nosotros dos, con Julio, navegábamos
cómodamente en un barco por un rio majestuoso, desde el cual lo contemplamos si
esfuerzo ni agobios, algo que merece la pena hacer y ver.
Una vez más me dio por pensar que
es “la pasta”, el lujo, el glamur, la fama, la riqueza, el poder…, más que la
curiosidad o la aventura, las posibilidades individuales por las que los
humanos nos movemos, especulando en nuestra felicidad, que es la mayor de las
suertes que podemos alcanzar, tal vez por efímera e inabordable. Tampoco nos
irrita ni nos conmueve la falta de democracia tan difícil de conseguir, sea en
China o en España. Y es que, a la mayoría de las personas, les llama la
atención la vida fácil, más barata y el regateo, tanto para comprar en los
puestos callejeros como en los sitios de super lujo, donde se encuentra de todo.
Nos acercamos ilusionados a ver a
los pandas gigantes y madrugamos a las siete, una hora después de acostarnos
por ver ganar en la prórroga, a nuestra selección española, un gol a cero,
contra Argentina.
Personalmente me gustó la
limpieza, el orden y su organización, las maravillosas instalaciones, prodigio
de la técnica, con que mantienen la selva donde se encuentran estos animales,
tantas veces vistos, sin que ello me motivara, me sorprendiera o llamaran mi
atención. Mucho bombo con tan escaso platillo.
A la salida debíamos, al
contrario que a la llegada, coger un autobús para llegar al metro por donde nos
gustaba movernos y sucedió, no por nuestra culpa, la única incidencia personal
del viaje. Fuimos los primero en subir y el último pagaría, pero la lentitud
del móvil en pagar, en este caso, se manifestó y cabreado el conductor nos
mandó fuera con cajas destempladas, para comprobar cuando bajamos que el precio
había sido satisfecho en tal momento. Así que disgustados esperamos al
siguiente y el conductor se hizo cargo y nos animó a entrar y viajar sin coste
alguno. ¡Está claro que no todos somos iguales y que por una sola actitud no
debemos calificar a todos!
Y ahora, sí os contaré la
anécdota de la geisha prometida.
En un parque, nos separamos del
grupo familiar Julio, mi nieto menor, y yo en busca de un servicio de
caballeros, donde hacer nuestros deberes. Hasta el momento, en la mayoría de
los lugares públicos o emblemáticos nos habíamos cruzado con bellas geishas
que, pese al calor y el agobio de sus vestidos, frecuentaban llamando nuestra
atención: charlaban, paseaban, posaban haciéndose fotografías.
Mi nieto también se dio cuenta.
Una elegante, esbelta, alta y bella geisha lavaba sus pálidas manos en uno de
nuestros lavabos de caballeros. Nos echamos a reír tan pronto salimos de los
wáteres y lo contamos a la familia que nos aguardaba.
Así que: ¡Ojo! Habrá que tener
cuidado, no todo lo que uno ve es trigo limpio.
Aquí, el “Ojo de Dios”, o el de
China, que todo lo ve, nada sabe de las variedades humanas, porque, aunque todas
sean iguales, no son las mismas en todo lugar. Blancos, negros o pieles rojas; géneros
muy diversos: machos, hembras y otros que son de lo más natural, nada especial,
pues jamás dejarán de ser Homo Sapiens Sapìens, el homínido que sabe que
sabe. Nada que ver, eso sí, con los móviles y sus aplicaciones que, en el segundo
país más numeroso del mundo, todo hace, convertidos en medios actualmente imprescindibles
y sin los cuales la vida de los humanos perdería un eslabón que la haga de tal manera
continuar.
¡Ah! ¡Qué no se me olvide! Indispensable portar en toda época un paraguas
a fin de protegerse bien del agua de la lluvia, bien de los rayos del sol.
Hasta el jueves que viene.