Digan
lo que digan, piensen lo que piensen, nada, absolutamente nada es igual ni comparable entre una democracia (1) y una dictadura (2). Hoy, cualquiera puede opinar lo que
quiera. Ayer, en una dictadura, no; de ninguna forma podrías hacerlo. Lo digo
sin odio ni rencor, tan solo para que, al haber vivido en ambos sistemas, uno, la dictadura, no se repita
ni se olvide que es una desgracia, un castigo: el espanto el sentirse
prisionero.
¿Por
qué los jóvenes españoles saben poco de la historia reciente de España? ¿A
quién puede interesar que esto sea así? La respuesta es fácil deducirla.
Después de una sangrienta guerra y de cuarenta años de opresión en la que se
silenció la verdad, se ensalzó a Franco, se anuló la libertad, se validó la
censura y el miedo atroz e imperante de la dictadura (o la democracia orgánica
como la llamaron), calaron en la vida de la mayoría de la gente que vivíamos
para dejarnos mudos cincuenta años más. Sí. ¡Un miedo triste y doloroso! ¡Un
duro precio que el totalitarismo se cobró beneficiando a sus impulsores!
Hoy, ya podemos hablar sin miedo ni acritud de la dictadura de Primo de Rivera en la 2ª República, de la Guerra incivil de 1936, de la dictadura franquista, del Golpe de Estado del 1981, de la Transición, … lo más objetivamente posible y sin reservas, pues, lo pasado, pasado está y en democracia, por suerte, podemos discutirlo libremente y con respeto.
No
seamos necios ni volvamos a la España pobre y ennegrecida de antes. No
sembremos mierda en nuestra casa. Ni por cuestione políticas, religiosas o de
otra índole nos enfrentemos entre nosotros como quieren algunos. Sintámonos
orgullosos de vivir no en una España de caudillos y señoritos, de caciques y
lameculos que cínicamente, dándose golpes de pecho o enarbolando banderas
opresoras, justifican un Mundo o una Patria en la que solo tienen cabida los ricos y poderosos: patrones que privan de libertad y justicia a los
obreros.
Si
estuviera en la “democracia orgánica” de entonces y hubiera escrito cuanto
antecede, Fraga y otros fundadores de Alianza Popular (hoy el PP o Vox), ya hubieran
mandado a un par de “grises” a detenerme para que pasara, cuanto menos, una
semanita a la sombra, donde a golpe de látigo, como los pastores
conducen a sus vacas, me hubieran breado. En España, al carecer entonces de información,
no sabíamos de corrupción, aunque sospecháramos de robos y enchufes como cosas
normales en la “gente de bien”. Eso sí, las mujeres no podían disponer de sus
bienes, ni abrir una cuenta corriente, para reunirse más de cuatro se
necesitaba de una autorización y todo, absolutamente todo (Tribunales, Cortes,
Sindicatos, Iglesias, Escuelas, Fuerzas del orden. Ejército, …) dependía del
Caudillo, el Generalísimo Franco, que no dio un Golpe de Estado para traer al
rey depuesto por los votos republicanos, sino para su beneficio -hasta que
muriera- y el de los suyos, muchos de los cuales siguen viviendo sin dar un
palo al agua. Ya se sabe: “de aquellos polvos estos lodos”.
En
el año que dieron por finalizadas las cartillas de racionamiento nació quien
esto escribe y creció en un hogar cuya familia no hablaba de nada relacionado
con ideas sociales o políticas: mansas aguas de un rio surcando hasta la mar.
Carecíamos de toda iniciativa que resultara sospechosa o no se ajustara a las normas impuestas por las
autoridades; de manera que, cuando en mi trabajo fui el secretario del club
deportivo y cultural formado, tenía que solicitar permiso a Gobernación para
celebrar las reuniones de la junta directiva o un acto lúdico de todos los empleados en
Navidad y, por supuesto, agradecer a la autoridad competente que me perdonara
la vida al enterarse que, cada mes, en el banco donde trabajaba,
publicábamos un Boletín para todos los empleados/socios, con noticias de hechos
acaecidos, de fútbol, excursiones, efemérides y demás actividades sin autorizar:
naturalmente, tuvimos que dejar de editarlo.
¡Ah!
Por cierto, recuerdo que alguien, con mostrar una chapa de su solapa,
fácilmente te llevaba al cuartelillo o a la comisaria a declarar.
¡Qué
risa, ¿verdad?!
(1) DEMOCRACIA: Sistema político
en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por
medio de representantes. Forma de sociedad que reconoce y respeta como valores
esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.
(2) DICTADURA: Régimen político
que, por la fuerza o la violencia, concentra todo el poder en una persona o en
un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades
individuales. Régimen autoritario en cualquier ámbito.
Me
he permitido copiar literalmente el significado de las palabras anteriores del
diccionario de la lengua española, a fin de evitar otras interpretaciones que,
especialmente, entre jóvenes menores de cuarenta años, vengo escuchando.