Dios existe, si bien no creo que
sea tal como nos lo pitan las religiones. Dios está dentro de cada uno de
nosotros, en nuestra propia conciencia, capaz de juzgar en silencio cada uno de
nuestros actos. Una conciencia que no necesita de tribunales, ni de testigos,
ni de que nadie ajeno a uno mismo pueda juzgarlos, pues se trata de la justicia
divina, absolutamente imparcial y justa que, dentro de uno mismo, causa pesar o
arrepentimiento, gusto o satisfacción hasta extremos insospechados. Eso sí, que
nadie olvide que llegamos a la vida desnudos y que de ella nos iremos de la
misma forma, se haga lo que se haga o piense lo que piense y dejará todo,
aunque deseemos un imposible como el no depender de algo o de alguien y
podernos valer por nosotros mismos.
Hechos, pensamientos,
consideraciones que brotan aleatoriamente conforme a nuestras conductas
dependientes de su importancia que desaparecerán o no al cumplir o pagar un
determinado peaje que puede marcar nuestro devenir.
Una mente la nuestra nada
asimilable a la motivación de una empresa cuyo único objetivo es su ánimo de
lucro, de tal modo que en ella no se podrá encontrar la justicia divina. Esta
despedirá a un trabajador aun estando de baja médica. Subirá un 0,25% las
pensiones cuando el IPC se ha elevado en un 14,50%. Pagará un salario mínimo
cuando con ese importe es imposible vivir dignamente. Permitirá que las
iglesias (que ni comen ni beben) tengan miles de edificios para que los
administren sin pagar impuestos, además de recibir generosas sumas de dinero
para que no desaparezcan. No quitar impuestos a los pobres y si rebajárselos a
los ricos. Permitir que el capital tribute menos que el trabajo. Que las
herencias castiguen a unos más que a otros. Que se legisle en favor de los
poderosos y en contra de los menesterosos. Que consientan la libre especulación
y no la justa regulación, considerando las tendencias conservadoras que velan
por intereses particulares y no generales, por los ricos y no por los pobres. Es
más, se oponen a las subidas de los salarios mínimos generales, a las ayudas para
los necesitados, a un ingreso mínimo vital para jóvenes indigentes, a que se
eleven los importes de las pensiones de los jubilados y a todo cuanto beneficie
a la clase humilde y trabajadora como si los empresarios no se revolvieran cuando
tocan sus bolsillos.
Entérense de cuánto ha subido la
vida y los salarios. Compárese la diferencia económica abismal entre los
patronos y obreros. No hay color. Las diferencias enormes nos llevaran a la
ruina, a la confrontación, a ser los pobres más pobres y los ricos más ricos. Algo
que los gobiernos habrán de mirar cuidando a todos los ciudadanos y, en
especial, a los más vulnerables y necesitados para que no abandonen su
condición de ciudadanos y dejen de ser lacra esclava.
Los partidos políticos no se han
de oponer porque sí a todo cuanto su rival plantea, sin indicar otra
alternativa. Eso les convierte en un partido parasito y rastrero, incapaz de
ayudar, resolver o evitar una emergencia, pues prefiere ver caer a la gente en
un agujero antes que evitarlo. Eso muestra desafección por los demás y
viceversa, ansias de poder, egoísmo, bajeza de miras, despotismo y, lo que es
peor, carecer de un plan que aportar, salvo la mentira, la insinuación, el insulto
hasta que, por desgaste del oponente, a los votantes no le quede otra
alternativa que aceptar su justicia divina,