Repentinamente, sin proponérmelo,
llegó a mi caletre el nombre de Abascal. Tal apellido fue el de uno de mis
jefes cuando trabajaba y el de un compañero del servicio militar obligatorio de
la dictadura. Nada sé de sus vidas, si bien recuerdo del segundo que consiguió
hacerse cabo chusquero en la mili para mandar. Era una persona trepa, poco
trabajadora, abyecta y calculadora, joven y alto, que se arrastraba sumiso como
un camaleón ante sus superiores y déspota como una víbora ante sus iguales, los
pobres soldados de la compañía. Estos, tan escasos de cultura entonces como él,
carente de barba como la que hoy luce un político español, idólatra de Franco y
de igual apellido, no ignoraban que “por sus obras los conoceréis” y que
“no es lo mismo predicar que dar trigo”.
Afortunado de mí “gozaba de su
confianza” y me confesaba, alegre y orgulloso, alguna de sus fechorías y malas
acciones “para que aprendan”, decía. Mandaba a los soldados a barrer plazas y
calles del cuartel, a limpiar de barro sus cunetas a pleno sol de día en un mes
de agosto; los castigaba con imaginarias, guardias o estar en posición de
firmes, sin rechistar, durante tiempo indefinido para verlos tambalear y
desmayarse; a correr cargados con macutos y fusiles campo través hasta que,
cansados y sin aliento, se dejaban caer al suelo rendidos; los enviaba a la
trena a dormir, sin cenar y con una manta a pasar la noche por no haberle hecho
caso. Pasé mi “mili” renegando y maldiciendo a quien la inventó, considerando
la inutilidad de esta, aunque otros, los llegados de lugares aislados, los
sumidos en la pobreza y otros, todavía analfabetos, la justificaban aun siendo
un maldito calvario donde sufrir soportando injusticias y barbaridades de algún
lamebotas como Abascal cuyas ordenes, dignas de un sátrapa o un demente, debías
de obedecer.
Actualmente en la política de
España hay gente así. Personas malas que se ríen con el mal que provocan. Y, lo
que es peor, infinidad de seguidores masoquistas que les siguen necesitados o
faltos de “milis” de mi época. Nunca me resigné al considerar razonable el ordeno
y mando, que no deja de ser un disparate o una arbitrariedad loca, al menos
para los civiles, con la que pretenden honrar a la Patria unos pocos, en las
que solo ellos creen, y este político, con nombre que me vino a la memoria, es
uno de ellos, líder de “un partido en el que no existe ni la democracia ni la
libertad y es el imperio del miedo”. (Dicho por J.A.A., líder de ese partido en
una comunidad).
O una de dos, este político,
mendigo de Trump, es un dictador como lo fue Franco, o quienes le siguen sin
más intereses que su fe ciega en él, son unos energúmenos, equivocados e
ignorantes que no saben a dónde les puede conducir, a juzgar por las voces que
de él circulan: “La pasta gansa que se la está llevando cruda”. “Anima a la
violencia contra los emigrantes con amenazas racistas”. “Pisotea los derechos
públicos conseguidos”. “Infunde odio y miedo”. “No cree en las libertades”.
“Desea que España salga de la Comunidad europea, anular las comunidades y
volver a implantar un servicio militar, que no hizo”. “Aúpa lo masculino, el
catolicismo y el patriotismo de boquilla”. “Es vocero admirador de Trump y
quiere la guerra”. “Tilda al presidente del gobierno de España de criminal y
traidor sin pruebas”. “Con él volvería la dictadura, la censura, el orden en
los cementerios y la nueva España de Franco resucitaría para él y muchos como
él, sin dar un palo al agua”.