Los tres días en Shanghái pasaron
muy rápidamente caminando, visitando lugares emblemáticos y disfrutando de las
noches especialmente, ya que las temperaturas remitían un poco y el sudor del
cuerpo se evaporaba. En tan corto tiempo pudimos comprobar que resultaba más
económico llamar a dos taxis (tres personas en cada uno de ellos) que a uno
grande que cupiéramos los seis y, por supuesto, por menor cuantía de los que se
brindaban a llevarnos. Su uso, a través del móvil en la aplicación Didi,
resultó vital. Se da a conocer nuestro lugar y trayecto para, de inmediato,
obtener información del tiempo que tardará en llegar a recogernos (generalmente
no más de cinco minutos), el precio que cobrará y la seguridad de no errar o
equivocarse; por cierto, más económicos que los de España.
La vida en la ciudad parece no
descansar con su vorágine de vehículos, bicis, motos y gente igual como
veríamos después en casi todas las ciudades visitadas. Si las contempláramos
desde el cielo con nuestros ojos, no dudo que nos figuraríamos un amplio
hormiguero bullendo sus hormigas en todas las direcciones sin control. Ya, en
una de las noches, desde un elevado puente peatonal, contemplamos atónitos los
miles de vehículos que discurrían por sus amplias avenidas.
En Shanghái visitamos jardines,
palacios, exposiciones y una estación de metro en cuyos aledaños se asienta el
mayor mercado de toda clase de mercancías donde es de obligado cumplimiento
regatear. Allí, lo primero que compramos fueron dos maletas para reemplazar a las
que nos inutilizó la compañía aérea de Lufthansa y, lo que más me gustó, fue un
templo budista impresionante, pleno de visitantes y algunos fervientes devotos
del budismo y de insignes personajes de tales creencias o filosofías, similares
a nuestros santos. Pensé entonces en las ideas impartidas por Buda, Confucio,
Jesús, Mahoma que, con seguridad, nunca imaginaron que sus mensajes se
convertirían en negocios religiosos con los que pelearse las personas, ni tan
agresivos como los asuntos sociales, políticos o las formas de vivir.
Antes de partir en el tren para
Pekín, nuestra hija nos dijo que, debido a un error por ella sufrido[i], ya no iríamos todos
juntos en un mismo compartimiento (que justo eran de seis camas), ni siquiera
en el mismo vagón. En uno, y en tres distintos compartimentos, irían nuestro
nieto, su madre y su padre. En otro vagón y en dos compartimentos separados, nuestro
otro nieto y mi mujer, en el contiguo un servidor. Ella, mi mujer, apenas si
podía subir a su litera, una del centro, pero la necesidad obliga, y subió y
bajo y volvió a subir como los demás. En la tercera, la cama de más arriba nos
correspondió a mi nieto y a un servidor. Pequeñas faenas que aportan
experiencias, amistades y recuerdos para relatar.
En mi compartimento el de más
edad era yo, los demás jóvenes -cuatro varones y una chica- no superarían los
treinta años. Uno de ellos, después de oírme hablar en el pasillo con mi mujer,
tan pronto alcancé mi camastro o catre, me pasó su móvil con un mensaje en castellano
que, sintetizado, venía a decir: “Se bienvenido a este país que espero sea de
tu agrado y lo pases bien. Si algo en el transcurso del viaje necesitas algo
cuenta conmigo, pues será para mí un placer poder ayudarte en lo que precises.
No tengas reparo en pedir lo que sea, pues te deseo lo mejor y que seas feliz
en China, mi país”. Me conmovió, le di las gracias en castellano, y no sé si lo
entendió.
Otro y menos agraciado suceso
tuvo lugar cuando la muchacha, no pudiendo soportar el olor a pies sudados que
invadía la estancia, avisó a la revisora que vino a comprobarlo. Aunque en ese
momento todos ocupábamos nuestros aposentos, uno de ellos fue acusado del mal
olor, por lo que la revisora, además de rociar con fufu el compartimiento,
trajo unas bolsas de plástico para que con ellas “el culpable” envolviera sus
pies, incluso con las deportivas puestas, a lo que el joven se negó quedando
durante un largo rato el compartimiento vacío, ya que todos emigramos de él.
Eso me permitió en el pasillo, a través del inglés de mi mujer, hablar con otro
muchacho que, entusiasmado, me estrechó la mano porque dijo ser forofo del Real
Madrid.
La larga noche nos venció a todos
para, al menos, conseguir dormir un buen rato hasta llegar a Pekín, la capital,
de la que seguiremos contando cosas.
[i]
Bailó las dos últimas cifras de la fecha de mi nacimiento y para enmendarlo
tuvo que cancelar todos los billetes asignados y cambiarlos por otros nuevos,
que ya nos los dieron separados.