La muerte es un hecho
incuestionable e inequívoco, lo único seguro que podemos afirmar sin temor a
equivocarnos. Ocurrirá sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde, por lo que,
teniéndola presente, deberíamos vivir lo mejor posible compartiendo ideas sin
necesidad de pelearlos, ni acaparar lo que no nos vamos a llevar.
Estar en desacuerdo puede
originar conflictos no deseados por lo que, para no tenerlos, entenderse es la
solución, toda vez que “vale más un mal arreglo que un buen pleito”.
Es cierto que, en mayor o menor
medida, el mal y el bien existen por razones prolijas de enumerar. Las
condiciones de maldad o bondad están en el interior de todos y cada uno de
nosotros, con capacidad para controlarlas a través de las sinapsis mentales e
impulsos nerviosos naturales, por convencimiento e interés personal y sin
necesidad intervención ajena que nos convenza.
La razón propia, es decir, la de
uno mismo, es el argumento concluyente para decidirse en un segundo, en un
fugitivo instante por una determinada idea y optar por la misma, para mal o
para bien, armonizando o no tus opiniones y puntos de vista con los diferentes
de los demás y lograr o no un acuerdo.
Los elevados grados de polaridad,
radicalidad o extremismo a los que estamos llegando, tendremos que moderarlos y
adaptarlos hacia un punto medio “en el que se haya la virtud” a fin de
compartir, tolerar y comprender que todo es susceptible de poderse debatir,
analizar sin acritud y llegar a culminar en acuerdos con verdadera razón,
aunque a ninguna de las partes le convenzan plenamente.
La historia humana, desde su
existencia, viene a decirnos que las formas de vivir se transforman a medida
que cambian los estados corporales, tanto físicos como anímicos, en los que, en
sus infinitos factores, solo la razón puede conciliar. Y, efectivamente, los
tiempos en los que se vive son únicos, irrepetibles para cada uno de nosotros,
aunque nos dé la sensación de que todos fueron iguales, recurrentes como los
días y las noches, aunque la historia nos muestre descubrimientos e invenciones
que siempre estuvieron ahí, presentes, dependiendo de nuestro grado de
inteligencia, pues como la energía ni se crea ni se destruye, sino que se
transforma, sometidos a las limitaciones propias de nuestra especie.
Hoy el mundo gira alrededor del
imperio actual de EE. UU., ayer lo fue ante otro y mañana lo será ante un
tercero y poco o nada nada podemos hacer personalmente al respecto; por tanto,
arbitremos una fórmula para conocernos y saber estar bien consigo mismos y con
los demás después para, poniéndonos de mutuo acuerdo, renunciar a todo cuanto
nada significa para nosotros sin entregar nuestra alma, la que mantendremos
lúcida y viva para que jamás puedan arrebatárnosla.
Nadie mejor que nosotros nos
conoce: razonemos y no nos traicionaremos.