domingo, 30 de agosto de 2026

EN CHINA (SIETE)

 

Hoy viernes, utilizando el tren, que a veces supera los 350 kilómetros a la hora, llegamos a otra ciudad cosmopolita, Chengdu, de altos y modernos edificios que en nada han de envidiar a los inmensos rascacielos de la Quinta avenida de New York, a la que superan, incluso, en sus grandes centros comerciales de afamadas marcas y firmas conocidas. En Chengdu, la mayoría de sus altas edificaciones son majestuosas moles de cristal modernas y “capitalistas”, de ignorados propietarios en una nación que se jacta de ser comunista. Serán, me imagino, guisos que se comen sin preguntar, otra cosa bien diferente será saber quién y cómo los cocinan.

En esta ciudad el alojamiento que tenemos concertado, en pleno centro de la misma, me pareció más para gente joven mochilera que para mayores como mi mujer y un servidor. Sus salas daban la sensación de ser las de un club juvenil para alternar, charlar y conocerse; para leer, ver la tele o jugar al billar americano y, en especial, por los finos colchones de las tres camas que la habitación tenía sobre la tarima, es decir, tirados en el suelo al igual que sus asientos, cuya altura no superaban un palmo e, ingenuo de mí, pregunté: ¿será estilo japonés? A mi mujer aquello no le gustó y se quejó de la dureza de su lecho, una fina colchoneta donde sufrir toda una noche, y menos mal que lo paliaron incorporando a la misma unas mantas y edredones. Nos asignaron dos habitaciones, con sus correspondientes cuartos de baños (tal vez, lo mejor), tres personas en cada una de ellas, y en la nuestra, además de tener estropeado el televisor, el aire acondicionado era excesivo, en definitiva: no nos agradó, pero tuvimos que aguantarnos.

Nada de todo eso impediría que, en la habitación de nuestros hijos, a las tres de la madrugada, salvo mi mujer, que prefirió seguir durmiendo en aquella, su cama, vimos la final de fútbol de España contra Argentina, que representó una alegría inmensa para volver a dormir más contentos.

Nos llegamos a ver un Buda gigante en el acantilado de otra montaña. Estaba considerablemente lejos. Y, mientras tres escalaban afanosa y peligrosamente hasta la cima en fila india con el resto de los viandantes, nosotros dos, con Julio, navegábamos cómodamente en un barco por un rio majestuoso, desde el cual lo contemplamos si esfuerzo ni agobios, algo que merece la pena hacer y ver.

Una vez más me dio por pensar que es “la pasta”, el lujo, el glamur, la fama, la riqueza, el poder…, más que la curiosidad o la aventura, las posibilidades individuales por las que los humanos nos movemos, especulando en nuestra felicidad, que es la mayor de las suertes que podemos alcanzar, tal vez por efímera e inabordable. Tampoco nos irrita ni nos conmueve la falta de democracia tan difícil de conseguir, sea en China o en España. Y es que, a la mayoría de las personas, les llama la atención la vida fácil, más barata y el regateo, tanto para comprar en los puestos callejeros como en los sitios de super lujo, donde se encuentra de todo.

Nos acercamos ilusionados a ver a los pandas gigantes y madrugamos a las siete, una hora después de acostarnos por ver ganar en la prórroga, a nuestra selección española, un gol a cero, contra Argentina.

Personalmente me gustó la limpieza, el orden y su organización, las maravillosas instalaciones, prodigio de la técnica, con que mantienen la selva donde se encuentran estos animales, tantas veces vistos, sin que ello me motivara, me sorprendiera o llamaran mi atención. Mucho bombo con tan escaso platillo.

A la salida debíamos, al contrario que a la llegada, coger un autobús para llegar al metro por donde nos gustaba movernos y sucedió, no por nuestra culpa, la única incidencia personal del viaje. Fuimos los primero en subir y el último pagaría, pero la lentitud del móvil en pagar, en este caso, se manifestó y cabreado el conductor nos mandó fuera con cajas destempladas, para comprobar cuando bajamos que el precio había sido satisfecho en tal momento. Así que disgustados esperamos al siguiente y el conductor se hizo cargo y nos animó a entrar y viajar sin coste alguno. ¡Está claro que no todos somos iguales y que por una sola actitud no debemos calificar a todos!

Y ahora, sí os contaré la anécdota de la geisha prometida.

En un parque, nos separamos del grupo familiar Julio, mi nieto menor, y yo en busca de un servicio de caballeros, donde hacer nuestros deberes. Hasta el momento, en la mayoría de los lugares públicos o emblemáticos nos habíamos cruzado con bellas geishas que, pese al calor y el agobio de sus vestidos, frecuentaban llamando nuestra atención: charlaban, paseaban, posaban haciéndose fotografías.

Mi nieto también se dio cuenta. Una elegante, esbelta, alta y bella geisha lavaba sus pálidas manos en uno de nuestros lavabos de caballeros. Nos echamos a reír tan pronto salimos de los wáteres y lo contamos a la familia que nos aguardaba.

Así que: ¡Ojo! Habrá que tener cuidado, no todo lo que uno ve es trigo limpio.

Aquí, el “Ojo de Dios”, o el de China, que todo lo ve, nada sabe de las variedades humanas, porque, aunque todas sean iguales, no son las mismas en todo lugar. Blancos, negros o pieles rojas; géneros muy diversos: machos, hembras y otros que son de lo más natural, nada especial, pues jamás dejarán de ser Homo Sapiens Sapìens, el homínido que sabe que sabe. Nada que ver, eso sí, con los móviles y sus aplicaciones que, en el segundo país más numeroso del mundo, todo hace, convertidos en medios actualmente imprescindibles y sin los cuales la vida de los humanos perdería un eslabón que la haga de tal manera continuar.

¡Ah! ¡Qué no se me olvide!  Indispensable portar en toda época un paraguas a fin de protegerse bien del agua de la lluvia, bien de los rayos del sol.

Hasta el jueves que viene.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

EN CHINA (6)

 

14-07-26 - 7.50 horas - Xi'an

La vida de turista es muy fatigosa y sacrificada. El turista madruga, se impacienta, tiene prisa y mantiene una lucha despiadada consigo mismo y con los demás para conseguir una posición dominante, un privilegiado puesto para ser el primero. La aventura, la curiosidad, el atrevimiento e, incluso, la envidia, por no perderse nada, son sus consignas, aunque después las olvide, salvo que sean parte de su natural carácter. Sin embargo, la idea de estar en la primera fila y superar a los demás para cualquier cosa le satisface haciéndole más agresivo, respondiendo a empujones y codazos con el fin de no ceder el paso y estar alerta para que nadie se le cuele.

No me cansaré de repetir: ¡Cuánta gente! ¡Cuántas aglomeraciones! La máxima afluencia, creo, la sufrimos visitando los Guerreros de Xi'an, en bastante menor espacio que en la Ciudad Prohibida de Pekín o en la Bahía de Shanghái, donde resultaba imposible dar un paso sin chocar con alguien.

Vimos a los budas esculpidos en las rocas de la montaña, siguiendo filas continuas de infinidad de gente cansada, tanto o más que nosotros que renunciamos a volver caminando como llegamos para hacerlo en barco primero y en autobús después. Y es que allí, en China, todo es grande, impresionante y las distancias muy largas con sus continuos registros de pasaportes, bolsas, macutos, chequeos…

Visitamos una pagoda que me hizo pensar en otras creencias, en otras religiones, en otra fe. Algo que deberíamos los humanos tener presente y recordar que por ellas combatieron y murieron infinidad de personas, que no tendrían por qué morir. Pero los humanos somos tan estúpidos que hacemos caso a predicadores, charlatanes, vendedores de feria, políticos marrulleros y gente que vive del cuento y eso se paga. ¡Ya lo creo que se paga! Y lo peor, posiblemente, es que ello sea consustancial con nuestra especie y muchos de los citados, que lo saben, se hagan ricos.

Una buena siesta después de comer vino a reparar mis pensamientos y visiones. Y hablando de estas, indicaré que en todas las habitaciones de los hoteles que visitamos, no falta la televisión con más de 50 canales sin contar con aquellos de pago que anuncian y los multiplican en número. No tengo la menor duda que China ocupará un puesto destacado en el orden mundial en un futuro, si es que ya no lo ocupa, siendo parte del devenir humano imponiendo costumbres, productos y avances sin oposición del resto de las naciones, mientras prevalezca en paz. Uno lo comprobamos apreciando que las motos no hacían ruido: eran todas eléctricas.

En esta ciudad nos habituamos a comer en el centro comercial del edificio donde teníamos el hotel, merced la simpatía de una joven camarera que nos atendía con simpatía y esmero, aunque, en mi caso, salvo el arroz, no distinguía lo qué comía, pues todo estaba troceado y revuelto, eso sí, pidiendo que no tuviera picante.

He llegado al convencimiento de que la responsable pasividad de la gente, salvo excepciones que no vi, es inmutable a las decisiones que toma su Gobierno; algo que llegué a experimentar viviendo con los gobiernos de Franco, donde el pueblo, dirigido por “las bondades” que difundía, se amoldaba a los deseos de quienes lo dirigían aceptando sus políticas, bien por la fuerza, convicción o no viendo otra alternativa.  Cierto es que comparar ambas dictaduras, la capitalista y la comunista (ambas nulas en democracia[i]), dan como resultado que vienen a ser radicalmente iguales, con distintos colores totalitarios, donde, pese a quien pese, la soberbia del poder y la riqueza, bendecidos por el misterio de la fe, siempre son las dominantes. Sistemas políticos semejantes, con un solo poder, ostentado por una persona que ordena y manda, jefe de un solo partido político existente. Similar, por mucho que se diga, a las empresas privadas, donde expresarse libremente es una quimera, si la opinión es contraria al interés de quien se ha procurado el voto de la mayoría de los accionistas, toda vez que “dar cabida a todas las voces que han dado y dan forma al mundo en el que vivimos, es una medida de defensa contra la mitología fascista”.

¿Quién rechaza glorificar el pasado histórico y dominante de su país? ¿Quién el gobierno del mundo académico, el de la ciencia y los medios de comunicación? El patriotismo es una moneda común en todas las naciones, aunque la realidad siempre es más compleja. La Tierra si es la Patria de todos. Ahora bien, no estaría de más copiar palabras que comprometen a quienes las pronuncian para después pedirles responsabilidades por ellas.

No nos olvidemos del relato que teníamos previsto, apartándonos del camino, y sigamos con nuestro viaje del que hoy adjuntamos unas fotitos que nos abra más los ojos, hasta la próxima entrada.

 

 



[i] La democracia solo prospera cuando los hombres empatizan con ella, adquiriendo la posibilidad de tener similares conocimientos, aunque estén sujetos a un control económico exhaustivo por parte del gobierno. Éste, recaudará los impuestos para proporcionar salud y educación, asegurando paz y trabajo con los que poder vivir, comprendiendo que la humanidad es única en el Universo y nos hace insustituibles.

 

 

 

 

 

domingo, 23 de agosto de 2026

EN CHINA (5)

 

No quiero dejar pasar por alto algo sorprendente para mí. ¡Personas pagando por acariciar gatos! Estos mininos, gordos, mansos - ¿tal vez drogados? - y con mucho pelo, se dejaban acariciar suavemente por manos humanas. Otros mininos enjaulados se vendían y nos indicaron lo bien acogidos que eran, al contrario que los perros que, apenas si los veíamos paseando con sus amos.

En el tren bala, desde Pekín llegamos a Xi'an. Una ciudad en la que teníamos contratadas tres habitaciones de un hotel a nuestra disposición. ¡Y nos llevamos un buen un susto! Las jóvenes que nos atendieron, que apenas hablaban inglés, nos dijeron no saber nada de nuestros alojamientos: carecíamos de ellos. Tuvimos que mostrar la confirmación de reserva que conservábamos hasta que, lamentando su error, nos pidieron disculpas alegando, como excusa, que nuestras habitaciones no estaban dispuestas todavía y que, por favor, aceptáramos una provisional para dejar nuestros equipajes mientras nos las preparaban. Las ocupamos media hora más tarde. Pero ¿se imaginan qué hubiera pasado si no hubiéramos llevado el comprobante? ¿Nos hubieran alquilado otras? ¿Denunciaríamos sin un justificante que acreditara nuestra palabra? ¿Buscaríamos otro alojamiento? Mejor no pensarlo

 Era un edificio de más de treinta plantas en el que calculé, grosso modo, estaría ocupado por más de tres mil personas en sus oficinas, hospedajes, apartamentos privados y demás ocupantes. ¿Cómo sería una reunión de propietarios? Nuestras amplias habitaciones, con sus cuartos de baños correspondientes, se hallaban dos en la sexta planta, una la ocuparon nuestros nietos Julio y Daniel) y otra, nuestra hija (Rebeca) y su marido (Benjamín); la nuestra, en la octava, tenía unas vistas espectaculares y espeluznante caída, si bien, los ventanales no podían abrirse, estaban fijos, inhabilitados para lanzarse al vacío.

Posiblemente, desde tanta altura, me dio por cavilar. “Pasarán -pensé- millones de años cuando la Especie Humana alcance esa humana y perfecta condición y, entonces, pueda ser sucedida y superada por otra especie a la que denominé “Ingenitos”, algo de lo que, con tal título, escribí el pasado día dos de agosto en este mismo blog y que recomiendo leer. Un hecho donde la materia y el espíritu se aúnan, fundidos en una sola cosa, energía posiblemente, para que todo vuelva al origen de la creación y la humanidad torne, aunque de distinta manera”.

Me percaté también que China, como nación inmensa, vela por la seguridad de millones de habitantes, vigilando carreteras, puertos, estaciones de ferrocarril, aeropuertos y demás transportes originando, eso sí, muchas molestias. Agujeros de metro como los de las hormigas en un mundo bajo tierra confortable y seguro. Centros comerciales enormes que ocupan altos edificios de cinco o más plantas con infinidad de tiendas de todas clases, restaurantes y demás virguerías donde la gente bulle, se distrae y se protege de las inclemencias del tiempo. Un mundo extraño y de contrastes, que ha roto con el pasado mísero y lúgubre que fue, debido a sus tiranos gobernantes: emperadores y secuaces. Hoy China se ha transformado por completo en una nación futurista, a la que auguro un esplendoroso porvenir de mantener la paz interior con menor pobreza y mayor igualdad entre su gente, olvidándose de colonialismos y fomentando la ausencia de confrontaciones y guerras que en nada ni a nadie benefician.

Anoté que un euro venía a ser 7,84 yuanes, por lo que mentalmente el precio lo dividíamos por ocho para saber la equivalencia con el nuestro. Que su seguridad respecto a la delincuencia se eleva a un 77%, con escasos delitos violentos. Que el paro rondaba el 5%, aunque entre los jóvenes sea de superior porcentaje. Que, aunque la pobreza severa fue abolida, los salarios son bajos y las desigualdades entre pobres y ricos se están distanciando: el 1% más rico de la población supera al 50% más pobre y los ingresos de aquellos se multiplicaron por 40 (entre 1978 y 2010) frente solo a cinco veces los del 40% más pobre. Los propietarios de las viviendas alcanzan a más del 90% de la población, si bien las grandes disparidades entre las zonas urbanas y rústicas no se hayan equilibrado en bienestar social (ni en salud y ni en educación)

Xian, la antigua capital, nos esperaba. Y junto con “mis dos mujeres: madre e hija”, dejamos el hotel, donde se quedaron mi yerno y los dos nietos. Nos fuimos a ver el interior de su vetusta muralla y hacia muchísimo calor, pese a ser las últimas horas de la tarde. Repentinamente, unas animadas luces y música nos llamaron la atención. Nos acercamos. (Por cierto, digamos de paso que, en la China que recorrimos, no faltaba un servicio público donde vaciar la vejiga; al contrario, abundaban y algo que aparentemente parece banal, no lo es ni lo será para determinadas personas mayores como nosotros: siendo de gran ayuda). Pues bien, era una calle estrecha y llena de gente paseante, viendo y comprando. Muchas luces y coloridos en ambos lados con puestos de todas clases con bebida, comida, regalos, amuletos, gatos, golosinas y motos a paso de tortuga y, a veces, algún coche despistado o necesitado que, a impulsos, se abría paso. Al final del trayecto de todo aquel aglomerado gentío, que parecía disfrutar en una feria, unas geishas, preciosas y arregladísimas, me sonrieron dándome la sensación de que el oficio más antiguo del mundo en China también existía. Mis mujeres ni se percataron.

A propósito de geishas, os contaré más adelante, en una próxima entrada, un curioso detalle sobre las mismas. Convendrá estar atentos.

jueves, 20 de agosto de 2026

EN CHINA (4)

 

Día siete de agosto del 2026.

La cuarta parte de media libra de chocolate, el móvil negro que utilizamos, es imprescindible en China como ya he citado y no me cansaré de repetirlo.

Después de doce horas en el tren desde Shanghái, amanecimos medio dormidos en Pekín, en una céntrica estación situada en una plaza enorme, próxima al hotel que teníamos contratado. Hasta él nos desplazamos andando, merced al itinerario que el móvil nos marca. Zigzagueamos por calles estrechas y aligeramos el paso para evitar empaparnos con la lluvia que comienza a caer, si bien, enseguida dimos con el hotel: un edificio de poca altura, próximo a una comisaría de policía.

Nos gustó tan pronto llegamos, al comprobar la amabilidad con que nos recibieron y no solo eso, pues nos permitieron dejar el equipaje e incluso desayunar, aunque estaba cerrando el restaurante, ya que serían cerca de las diez de la mañana. A Julio, nuestro nieto menor, lo llenaron de golosinas y a nosotros no nos faltó de nada, auto sirviéndonos en el bufé libre cuanto quisimos.  Zhong’an es su nombre que, a juzgar por los libros, fotografías y la especie de museo de historia que en alguna de sus salas hay, deben venerar a Mao Zedong, también conocido como Mao Tse-Tung, el que fuera el primer presidente de la República Popular China y fundador del régimen comunista en este país, tras la victoria del Partido Comunista en la guerra civil contra las fuerzas nacionalistas el 1 de octubre de 1949.

No perdimos tiempo y siguiendo el exhaustivo programa que nuestra hija llevaba preparado, nos trasladamos a un precioso parque donde nos cayó la del pulpo. Así mi mujer y yo pudimos inaugurar los chubasqueros de plásticos azules adquiridos en Galicia, en uno de los muchos caminos de peregrinos que conducen a Santiago. Contemplamos un complejo de templos imperiales construidos en el siglo XV, lugares sagrados donde los emperadores realizaban rituales para honrar al Cielo y orar por tener buenas cosechas (El Templo del Cielo, Patrimonio de la Humanidad).

Al día siguiente, dos taxis nos vinieron a buscar para conducirnos a la Ciudad Prohibida. Comprendí, en su recorrido, lo inmenso que es Pekín, con sus largas y amplias avenidas, con edificios menos altos y más señoriales, a mi parecer, que los vistos en Shanghái y con el denominador común de todas sus ciudades: el ingente número de viandantes en todas ellas, algo que obliga al más pintao a tener mucha, pero que mucha paciencia cuando se es peatón.

Vimos casas viejas en los barrios antiguos, mercadillos callejeros, algunas pagodas y rehusamos ver la Plaza de Tiananmen (tantas veces vista en televisión) y, por supuesto, como estaba previsto, sí iríamos a visitar la Gran Muralla China (patrimonio de la humanidad), pero no fue posible. Recibimos un mensaje oficial en el móvil indicándonos que, debido a “la cola de un tifón”, se anulaban las visitas[i],

Para ver la Ciudad Prohibida, nos adherimos a un grupo, uno de los muchísimos que había comunicándose en inglés y portando una banderita como distintivo para que nadie se despistara: algo nada extraño. Pero si de verdad la historia de aquella ciudad te interesa y te merece la pena conocerla, te recomendaría que la leyeras con tranquilidad y después la visitaras sin más, con curiosidad. Vas a ver bien poco, con apreturas, mucho calor, una inmensa lluvia o las tres cosas a la vez como nos ocurrió a nosotros para amargarnos aún más la corta y pesada visita, cuya espera y trámites para entrar ocuparon más tiempo que la propia visita. Solos ya, recorrimos sus jardines y fuera de la famosa Ciudad, en la que solo vivían los reyes, su corte y siervos, andando por sus aledaños, no podías dar un paso de tanta gente que había, algo así como en una lenta y numerosa procesión en Sevilla por Semana Santa.

Disfrutamos viendo preciosas niñas de tez blanca vestidas de geishas con sus atuendos y mejores galas. Comimos en un centro comercial fresquito y después nos separamos: Madre, hija y nieto mayor se quedaron para comenzar y dar rienda suelta al deporte de las compras. Nosotros -un servidor, mi yerno y mi nieto, su hijo- cogimos el metro, el Palacio del Pueblo, como alguien lo llamó, que conforta con su nula lluvia, su refrigeración y su rapidez para moverse, para esperarles en el hotel, donde caí rendido en la cama hasta que mi mujer, al llamarme, me despertó de un sueño reparador, para contarme su alegría por las cosas tan baratas adquiridas.

Los días pasaban como suspiros, sin parar, en continuo movimiento, comentando lo que ves, ideado los planes del día siguiente, charlando en el patio del comunista hotel que era muy agradable y nos encantaba, distraídos con cualquier cosa e, incluso, dispuestos a levantarnos a las tres de la madrugada para ver el partido de España contra Bélgica que televisaban.

Nos hubiéramos quedado en Pekín más de los tres días que estuvimos y haber seguido contemplando las maravillas de tan bella y acogedora ciudad, sus diversos y curiosos mercados como el “Mercado de las perlas” u otros callejeros por los que pasamos, sin embargo, el tiempo obliga y nuestro cuerpo más: hemos de seguir el plan previsto y ¡aún nos queda tanto por recorrer!

 



[i] Al día de hoy, sea dicho de paso, el Gobierno de China o a quién corresponda, no nos ha devuelto el importe de las entradas, que teníamos pagadas, pese a nuestras reiteradas reclamaciones. Algo que va en detrimento del turismo, al que ahora y desde estas líneas alertamos, haciéndoles saber que nos vienen prometiendo el correspondiente reembolso, pero que nunca llega. Un descaro, irresponsabilidad o negligencia que un país serio no debe permitir; así que, avisados quedan.

 

 

 

 

domingo, 16 de agosto de 2026

EN CHINA (3)

 

Los tres días en Shanghái pasaron muy rápidamente caminando, visitando lugares emblemáticos y disfrutando de las noches especialmente, ya que las temperaturas remitían un poco y el sudor del cuerpo se evaporaba. En tan corto tiempo pudimos comprobar que resultaba más económico llamar a dos taxis (tres personas en cada uno de ellos) que a uno grande que cupiéramos los seis y, por supuesto, por menor cuantía de los que se brindaban a llevarnos. Su uso, a través del móvil en la aplicación Didi, resultó vital. Se da a conocer nuestro lugar y trayecto para, de inmediato, obtener información del tiempo que tardará en llegar a recogernos (generalmente no más de cinco minutos), el precio que cobrará y la seguridad de no errar o equivocarse; por cierto, más económicos que los de España.

La vida en la ciudad parece no descansar con su vorágine de vehículos, bicis, motos y gente igual como veríamos después en casi todas las ciudades visitadas. Si las contempláramos desde el cielo con nuestros ojos, no dudo que nos figuraríamos un amplio hormiguero bullendo sus hormigas en todas las direcciones sin control. Ya, en una de las noches, desde un elevado puente peatonal, contemplamos atónitos los miles de vehículos que discurrían por sus amplias avenidas.

En Shanghái visitamos jardines, palacios, exposiciones y una estación de metro en cuyos aledaños se asienta el mayor mercado de toda clase de mercancías donde es de obligado cumplimiento regatear. Allí, lo primero que compramos fueron dos maletas para reemplazar a las que nos inutilizó la compañía aérea de Lufthansa y, lo que más me gustó, fue un templo budista impresionante, pleno de visitantes y algunos fervientes devotos del budismo y de insignes personajes de tales creencias o filosofías, similares a nuestros santos. Pensé entonces en las ideas impartidas por Buda, Confucio, Jesús, Mahoma que, con seguridad, nunca imaginaron que sus mensajes se convertirían en negocios religiosos con los que pelearse las personas, ni tan agresivos como los asuntos sociales, políticos o las formas de vivir.

Antes de partir en el tren para Pekín, nuestra hija nos dijo que, debido a un error por ella sufrido[i], ya no iríamos todos juntos en un mismo compartimiento (que justo eran de seis camas), ni siquiera en el mismo vagón. En uno, y en tres distintos compartimentos, irían nuestro nieto, su madre y su padre. En otro vagón y en dos compartimentos separados, nuestro otro nieto y mi mujer, en el contiguo un servidor. Ella, mi mujer, apenas si podía subir a su litera, una del centro, pero la necesidad obliga, y subió y bajo y volvió a subir como los demás. En la tercera, la cama de más arriba nos correspondió a mi nieto y a un servidor. Pequeñas faenas que aportan experiencias, amistades y recuerdos para relatar.

En mi compartimento el de más edad era yo, los demás jóvenes -cuatro varones y una chica- no superarían los treinta años. Uno de ellos, después de oírme hablar en el pasillo con mi mujer, tan pronto alcancé mi camastro o catre, me pasó su móvil con un mensaje en castellano que, sintetizado, venía a decir: “Se bienvenido a este país que espero sea de tu agrado y lo pases bien. Si algo en el transcurso del viaje necesitas algo cuenta conmigo, pues será para mí un placer poder ayudarte en lo que precises. No tengas reparo en pedir lo que sea, pues te deseo lo mejor y que seas feliz en China, mi país”. Me conmovió, le di las gracias en castellano, y no sé si lo entendió.

Otro y menos agraciado suceso tuvo lugar cuando la muchacha, no pudiendo soportar el olor a pies sudados que invadía la estancia, avisó a la revisora que vino a comprobarlo. Aunque en ese momento todos ocupábamos nuestros aposentos, uno de ellos fue acusado del mal olor, por lo que la revisora, además de rociar con fufu el compartimiento, trajo unas bolsas de plástico para que con ellas “el culpable” envolviera sus pies, incluso con las deportivas puestas, a lo que el joven se negó quedando durante un largo rato el compartimiento vacío, ya que todos emigramos de él. Eso me permitió en el pasillo, a través del inglés de mi mujer, hablar con otro muchacho que, entusiasmado, me estrechó la mano porque dijo ser forofo del Real Madrid.

La larga noche nos venció a todos para, al menos, conseguir dormir un buen rato hasta llegar a Pekín, la capital, de la que seguiremos contando cosas.



[i] Bailó las dos últimas cifras de la fecha de mi nacimiento y para enmendarlo tuvo que cancelar todos los billetes asignados y cambiarlos por otros nuevos, que ya nos los dieron separados.

 

 

 

 

 

jueves, 13 de agosto de 2026

EN CHINA (2)

 

Ir a China. ¡Jamás lo habría soñado! Pero aterrizamos en China.

Todo surgió a iniciativa de nuestra única hija que se dedicó minuciosamente, durante medio año, a preparar el viaje a esa grandiosa nación milenaria y tan alejada de España. Una idea a la que sus padres, casi octogenarios y animados por ella, se unieron sin advertir que supondría más una carga que una ayuda.

Siendo un colegial, menor de catorce años, supe de las aventuras de Marco Polo por aquellas tierras como si fueran de otro mundo y para ellas postulé con una hucha pidiendo dinero para el DOMUND, a fin de cristianizar y remediar las penurias de los pobres chinitos. ¿Quién lo diría hoy? ¿A dónde irían a parar aquellos dineros?

06.07.2026. Desde las ocho de la mañana no existió pensamiento alguno que se desviara del viaje y ultimamos los detalles: enseres y demás necesidades. A partir de las 12,30 desde Toledo, salimos hasta Barajas pensando que sería el definitivo y último viaje largo de nuestras vidas. A las cinco de la tarde elevábamos el vuelo hacia Frankfurt, donde hicimos una escala de tres horas, para embarcar en otro avión más amplio en el que, durante doce horas, cenamos, desayunamos, comimos y pasamos una noche heladora y mal durmiendo para llegar al aeropuerto de Sanghai del que conseguimos salir pasadas más de tres horas, una vez sufrimos sus estrictos controles, largos recorridos y denunciar la rotura de nuestras dos maletas.

Otro escollo surgió a continuación tratando de adquirir los billetes de metro a fin de llegar al centro de la ciudad donde teníamos pagado un apartamento turístico. Fue posible solucionarlo merced al alma caritativa de una joven que, para practicar su inglés, nos ayudó, confesándonos que por tal razón iba a menudo al aeropuerto. Una anónima estudiante a la que siempre recordaremos con cariño. El tique de cada uno (éramos seis) se obtenía en máquinas expendedoras donde era imprescindible indicar la estación de destino, pues dependiendo de ello su importe variaba y se pagaba con el correspondiente QR del móvil. El trayecto, en la línea dos, superó la hora que se nos hizo eterna, pero fue un acierto, pues la salida del metro nos dejó a poca distancia del alojamiento, aunque éste, igualmente, nos deparó otra sorpresa.

Ella, nuestra hija, todo lo tenía escrito, pormenorizado en un cuaderno y memoria, pagados de antemano los hospedajes y su tiempo de estancia en los mismos, las visitas que realizaríamos, los medios de locomoción indispensables y otras alternativas ante posibles imprevistos: elegidos en base a buenas reseñas e informes que, de cada uno de ellos, poseía.

Este, nuestro primer alojamiento, gozaba de buenas referencias, era digno, estaba limpio, en pleno centro, pero muy pequeño y no nos gustó. Sus fotos así no lo describían. Era un cuarto piso y subimos en ascensor que daba a un largo pasillo donde en cuartitos abiertos los vecinos cocinaban o tendrían derecho a cocinar, algo que siendo un niño aun recordaba de Madrid: “Tienen un piso con derecho a cocina”, decían algunos en el pueblo que, para encontrar trabajo, emigraban a la Madrid, nuestra capital.

En fin, abrimos el pisito con una clave, previamente facilitada, en una de las primeras puertas del corredor. Una salita de no más de cinco metros cuadrados, con un diminuto sofá para sentarse dos personas, nos dieron la bienvenida. De él partía una escalera hasta una buhardilla, de poco más de un metro de altura, que albergaba dos camas anchas de matrimonio, sin luz exterior. En una, durmieron nuestra hija y su marido; en la otra, nuestros dos nietos. En el recibidor indicado una puerta daba a un estrecho cuarto de baño con ducha y retrete. Otra, a una habitación con ventana al exterior con una amplia cama como las dos de arriba: en ella los abuelos dormimos como una deferencia no merecida. El aspecto coqueto del pisito era lo positivo: lo cuidado que estaba, su limpieza, la blancura de sus sabanas y el poco tiempo que en él estaríamos, pues China nos aguardaba en una de sus ciudades más misteriosas y emblemáticas: Shanghái, por lo que enseguida nos desprendimos del equipaje y salimos a la calle donde, esta vez sí, notamos el bofetón con que el húmedo calor sacudió nuestros rostros, siendo julio y época de lluvias.

Descubrimos la noche caminando hasta su inmensa bahía, sus luces, su río, sus altos y ostentosos edificios y el enorme gentío que se apiñaba gozando de tales maravillas. Hacían fotos, algunas de las cuales se las solicitaban a nuestros nietos, y cenamos en un lugar muy elegante, solos los seis, en una sala con una amplia mesa redonda que circulaba con los manjares que, a petición nuestra, nos habían servido y de los cuales todos podíamos disfrutar al tiempo que, alguno como un servidor, aprendíamos a comer con palillos.

Estuvimos dos noches y tres días, dejando el alojamiento por la mañana de este último para, acto seguido, depositar nuestros equipajes en las taquillas habilitadas para ello en el metro de la estación del tren en el que, durante toda la noche, viajaríamos en coche cama, hasta alcanzar Pekín, la capital.

La odisea había comenzado. Nada ni nadie puede augurar lo que el futuro puede depararnos y eso, pese a quien pese, es una fortuna que agradecer al Destino, pues para nada deseo imaginar qué pasaría sabiendo que algo terrible ha de acontecer.

Ni lo sospechábamos. Habíamos pasado las inspecciones en los aeropuertos de Madrid, Frankfurt y Shanghái, en las diferentes entradas de las líneas de metro de esta ciudad que habíamos utilizado, pero no en su estación de tren con destino a Pekín, que se hallaba abarrotada de pasajeros. A la entrada, en el control, nos abrieron las maletas, las mochilas, los bolsos de mano y nuestros recónditos bolsillos para expoliarnos cremas, colonias faciales y otros objetos metálicos que para ellos representaban un arma o un peligro. No hubo justificación posible y hasta el agua tuvimos que beberla o derramarla pese a nuestras protestas. Un país dictatorial con unos exhaustivos controles que nos sacaron de quicio y que, para cuando les hicimos saber que regresaríamos a por ellos, nos prometieron guardarlos hasta diez días, y volvimos, aunque, pasado el plazo porque antes no podíamos siguiendo el plan de viaje, efectivamente, nada de nada nos devolvieron, alegando que ya no estaban. ¿Nos mintieron?

Tal vez el sistema para tanta multitud deba ser inflexible y estén autoconvencidos de ello, aunque los turistas que vivimos en democracia no lo entendamos, máxime sabiendo de los privilegios que políticos y cierta gente disfrutan aquí y en cualquier parte, sabiendo que no todos somos iguales.  

 

 

domingo, 9 de agosto de 2026

EN CHINA (1)

 

Por si alguien, durante el pasado mes de Julio, ha echado en falta mis comentarios domingueros a través del blogs de Ciudades Ocupacionales, me place expresar que todavía vivo, pues tan solo he pasado, excelentemente acompañado, algo más de una veintena de días en China, una nación de 9,6 millones de km2, con 1.400 millones de habitantes, visitando las ciudades de Shanghái, Pekin, Xian, Chengdu con 25, 22, 13 y 21 millones de almas respectivamente, y los Parques Nacionales del Panda Gigante y el de Zhangjiajie (donde se inspiró la película Avatar): dos grandes maravillas de la Naturaleza y la tecnología. No pudimos visitar la famosa Muralla China que teníamos programado, dado que la cola de un tifón nos lo impidió y de la que, previamente, las autoridades nos avisaron a través de Internet, en nuestro móvil.

Personalmente fui con la idea preconcebida de que China fue un inmenso país de ancestrales tradiciones y una milenaria civilización, hoy convertido en un Estado políticamente comunista, donde impera una estrecha y férrea dictadura.

La China que vi es inmensa, extraña, impresionante y llena de gente laboriosa. Sus campos verdes de valles, colinas, de pocos llanos y agua abunda. Con ciudades de edificios muy altos y calles abarrotadas de vida y actividad, similar a la de un enorme hormiguero o un gigantesco centro comercial:  peatones y vendedores en continuo trajín donde reina el regateo con puestos callejeros, bicicletas de alquiler y motos eléctricos por las aceras. Vías, carreteras, autopistas colmadas de vehículos de todas clases en un aparente caos que sufríamos al igual que el calor húmedo asfixiante que nos empapaba de sudor. El metro, sin duda, lo mejor para guarecerse y respirar: seguro, fresco y rápido, en largas distancias inimaginables.

Allí sin móvil no eres nadie. Este es una pieza más de su organismo y sirve para todo. Similar al paraguas que portan para detener los rayos de sol y el agua de la lluvia abundantes. Con el móvil, a través de “Ali Pay”, se paga todo (el dinero físico no lo hemos visto): en los puestos callejeros, en el metro y autobuses, en las grandes superficies, en los restaurantes, ...; con el móvil, a través de las aplicaciones correspondientes, se encarga y adquieres lo que necesitas: taxis, alojamiento y cuanto buscas, incluso, te indicara el camino para llegar de un lugar a otro o a tu alojamiento. En el móvil será conveniente tener traductor, internet y batería chinos y, además, tener paciencia, pues todo o casi todo “el ojo de Dios”[1] lo ve y está controlado. Sin móvil, sin su correspondiente QR, no creo que en China se pueda vivir y menos nosotros, los viejos, que apenas si lo utilizamos. Allí lo manejan todos y cuidan tener una limpieza extraordinaria, existiendo medios públicos para ello. El coste de la vida es más barato, pues su salario medio oscila entre 730 a 1100 euros. La sensación de orden y seguridad son impecables, la gente es amable y te ofrece ayuda, aun sin pedirla, aunque nos miren como bichos raros como nosotros a ellos.

Existen controles y cámaras por todas partes y “el ojo de Dios” debe saber lo que haces y por dónde estás en cada momento. Te registran y cachean al entrar y salir del aeropuerto, del metro, de las estaciones de tren y autobuses, de los lugares y espectáculos concurridos por lo que no puede faltarte el pasaporte para que por él te reconozcan, salvo que antes te hayan sometido a un reconocimiento facial que repetirás continuamente. Algo que molesta, sufres y no te acostumbres al principio, para, posiblemente más tarde, tener la sensación absoluta de seguridad sabiendo que ello priva a los delincuentes de cometer alguna tropelía.

Terminaré indicando (ya tendremos tiempo para contar más cosas, en su caso) que, desde Madrid, con escala el Frankfurt, volamos a Shanghái, más menos 11.000 km., los mismos que empleamos a la vuelta. Allá en China recorrimos un total de: 4.000 km, más/menos. Desde Shanghái, en tren cama toda la noche, nos fuimos a Pekin; unos 1.300 km.; los mismos que desde Pekín al Parque nacional, visitando las ciudades al principio indicadas, desde donde regresamos a Shanghái, en tren bala, que no pasa de más de 350 km/hora, durante unos 1.400. Hemos empleado muchas horas (tal vez demasiadas) en viajar en avión, tren, taxis, metro, autobús, barco, teleférico, ascensor y, sobre todo, en andar por lugares desconocidos.

Los medios de comunicación están muy avanzados y nosotros con ellos y eso creo que es positivo, pero a veces me pregunto: ¿Merece la pena? ¿Representa eso el progreso? ¿Depende de ello o de algo parecido la felicidad del hombre?... Aunque pensando y pensando llegue a la conclusión de que los humanos, absolutamente todos, nacemos y morimos de la misma forma, poseemos los mismos atributos y somos de la misma Naturaleza; de ahí surgió mi escrito del domingo anterior titulado Ingénitos, que recomiendo su lectura.

 

 

 

 

  



[1] Un ente desconocido