Día siete de agosto del 2026.
La cuarta parte de media libra
de chocolate, el móvil negro que utilizamos, es imprescindible en China
como ya he citado y no me cansaré de repetirlo.
Después de doce horas en el tren
desde Shanghái, amanecimos medio dormidos en Pekín, en una céntrica estación
situada en una plaza enorme, próxima al hotel que teníamos contratado. Hasta él
nos desplazamos andando, merced al itinerario que el móvil nos marca.
Zigzagueamos por calles estrechas y aligeramos el paso para evitar empaparnos
con la lluvia que comienza a caer, si bien, enseguida dimos con el hotel: un
edificio de poca altura, próximo a una comisaría de policía.
Nos gustó tan pronto llegamos, al
comprobar la amabilidad con que nos recibieron y no solo eso, pues nos
permitieron dejar el equipaje e incluso desayunar, aunque estaba cerrando el
restaurante, ya que serían cerca de las diez de la mañana. A Julio, nuestro
nieto menor, lo llenaron de golosinas y a nosotros no nos faltó de nada, auto
sirviéndonos en el bufé libre cuanto quisimos.
Zhong’an es su nombre que, a juzgar por los libros, fotografías y la
especie de museo de historia que en alguna de sus salas hay, deben venerar a
Mao Zedong, también conocido
como Mao Tse-Tung, el que fuera el primer presidente de la República
Popular China y fundador del régimen comunista en este país, tras la victoria
del Partido Comunista en la guerra civil contra las fuerzas nacionalistas el 1
de octubre de 1949.
No perdimos
tiempo y siguiendo el exhaustivo programa que nuestra hija llevaba preparado,
nos trasladamos a un precioso parque donde nos cayó la del pulpo. Así mi
mujer y yo pudimos inaugurar los chubasqueros de plásticos azules adquiridos en
Galicia, en uno de los muchos caminos de peregrinos que conducen a Santiago.
Contemplamos un complejo de templos imperiales construidos en el siglo XV,
lugares sagrados donde los emperadores realizaban rituales para honrar
al Cielo y orar por tener buenas cosechas (El Templo del Cielo, Patrimonio de
la Humanidad).
Al día
siguiente, dos taxis nos vinieron a buscar para conducirnos a la Ciudad
Prohibida. Comprendí, en su recorrido, lo inmenso que es Pekín, con sus largas
y amplias avenidas, con edificios menos altos y más señoriales, a mi parecer,
que los vistos en Shanghái y con el denominador común de todas sus ciudades: el
ingente número de viandantes en todas ellas, algo que obliga al más pintao
a tener mucha, pero que mucha paciencia cuando se es peatón.
Vimos casas
viejas en los barrios antiguos, mercadillos callejeros, algunas pagodas y
rehusamos ver la Plaza de Tiananmen (tantas veces
vista en televisión) y, por supuesto, como estaba previsto, sí iríamos a
visitar la Gran Muralla China (patrimonio de la humanidad), pero no fue
posible. Recibimos un mensaje oficial en el móvil indicándonos que, debido a
“la cola de un tifón”, se anulaban las visitas[i],
Para ver la Ciudad Prohibida, nos
adherimos a un grupo, uno de los muchísimos que había comunicándose en inglés y
portando una banderita como distintivo para que nadie se despistara: algo nada
extraño. Pero si de verdad la historia de aquella ciudad te interesa y te
merece la pena conocerla, te recomendaría que la leyeras con tranquilidad y
después la visitaras sin más, con curiosidad. Vas a ver bien poco, con
apreturas, mucho calor, una inmensa lluvia o las tres cosas a la vez como nos
ocurrió a nosotros para amargarnos aún más la corta y pesada visita, cuya
espera y trámites para entrar ocuparon más tiempo que la propia visita. Solos
ya, recorrimos sus jardines y fuera de la famosa Ciudad, en la que solo vivían
los reyes, su corte y siervos, andando por sus aledaños, no podías dar un paso
de tanta gente que había, algo así como en una lenta y numerosa procesión en
Sevilla por Semana Santa.
Disfrutamos viendo preciosas
niñas de tez blanca vestidas de geishas con sus atuendos y mejores galas.
Comimos en un centro comercial fresquito y después nos separamos: Madre, hija y
nieto mayor se quedaron para comenzar y dar rienda suelta al deporte de las
compras. Nosotros -un servidor, mi yerno y mi nieto, su hijo- cogimos el metro,
el Palacio del Pueblo, como alguien lo llamó, que conforta con su nula lluvia,
su refrigeración y su rapidez para moverse, para esperarles en el hotel, donde
caí rendido en la cama hasta que mi mujer, al llamarme, me despertó de un sueño
reparador, para contarme su alegría por las cosas tan baratas adquiridas.
Los días pasaban como suspiros,
sin parar, en continuo movimiento, comentando lo que ves, ideado los planes del
día siguiente, charlando en el patio del comunista hotel que era muy agradable
y nos encantaba, distraídos con cualquier cosa e, incluso, dispuestos a
levantarnos a las tres de la madrugada para ver el partido de España contra
Bélgica que televisaban.
Nos hubiéramos
quedado en Pekín más de los tres días que estuvimos y haber seguido
contemplando las maravillas de tan bella y acogedora ciudad, sus diversos y
curiosos mercados como el “Mercado de las perlas” u otros callejeros por los
que pasamos, sin embargo, el tiempo obliga y nuestro cuerpo más: hemos de
seguir el plan previsto y ¡aún nos queda tanto por recorrer!
[i] Al día de hoy, sea dicho
de paso, el Gobierno de China o a quién corresponda, no nos ha devuelto el
importe de las entradas, que teníamos pagadas, pese a nuestras reiteradas
reclamaciones. Algo que va en detrimento del turismo, al que ahora y desde estas
líneas alertamos, haciéndoles saber que nos vienen prometiendo el
correspondiente reembolso, pero que nunca llega. Un descaro, irresponsabilidad
o negligencia que un país serio no debe permitir; así que, avisados quedan.