Pensemos. Efectuemos
conscientemente y a propósito el ejercicio de pensar, como si de un deporte se
tratara, es muy importante. Con ello se consigue seguridad en sí mismo,
objetividad y poder de convención.
El poder a secas que se logra por
la fuerza o la violencia, a la corta o a la larga, será destruido por otro
poder superior o, simplemente, cuando la gente piense y actúe en consecuencia.
Y es que la violencia engendra violencia y el verdadero poder se alcanza
utilizando otros métodos siempre pacíficos, nunca violentos. Esto puede entenderse estudiando el origen y
desarrollo de las religiones: unos motores invocadores de paz que no la
consiguen practicando la guerra y sí amor y caridad.
Una persona tranquila puede
convencer más fácilmente, que otra agresiva, incluso si miente y engaña; pues
crea entre la gente una sensibilidad tal, que confía, se despreocupa y deja de
pensar hasta quedar confundida después, al descubrir la verdad. Si además tiene
otras cualidades siendo simpático, ajustándose a las costumbres, empatizando o
dando la razón a los demás, resulta difícil imaginar, aun en solitario, que
haga lo contrario, convirtiéndose en un depravado referente.
En cuanto se acepta un relato,
una historia o una versión sin examinarlos, aunque nos sean favorables,
comenzamos a caer en la trampa para, finalmente, hacerlo nuestro sin ni
siquiera saber si es verdad o mentira, si conviene o no. Peor aún, si con ellos
se nos toca la fibra sensible de nuestros sentimientos, ya que de lleno nos
implicamos. Reflexionemos. Exijamos pruebas. No nos resignemos a aceptar una
opinión, un punto de vista determinado sin más. Sea cual sea, distingamos los
hechos de los comentarios contrastándolos, separando la paja del trigo, porque
la verdad, la honra, la vida de uno es la que importa.
Por consecuencia, antes de tomar
una decisión procuremos asegurarnos de que sea la correcta, basándonos en el
sentido común, distinguiendo la realidad de la fantasía, centrándonos en la
cuestión de la que se trate y en su importancia. Pues, cuando la capacidad de
pensar se pierde, por lo general, se sigue a un líder a ciegas que no,
necesariamente, tiene los mismos intereses que los tuyos. Averigüémoslos
El hecho de reflexionar es vital
siempre, pero, sobre todo, cuando se nos exige o conmina rapidez en resolver
algo que viene a ser sugerente o una oportunidad única que no te puedes perder
ni rechazar y, más o menos, si afecta a una emoción sensible contenida en
alguno de los siete pecados capitales, a saber: la ira, la gula, la soberbia,
la pereza, la envidia y la avaricia. Ojo, pues, a quienes nos venden promesas,
nos aseguran el cielo o cosas que jamás podrán cumplir; a los vendedores de
humo que hablan ex catedra o invocan dogmas; a los atrevidos como un servidor,
que os recomienda, con la mejor de sus intenciones, lo que considera
conveniente; a las imposiciones, milagros, voces internas de la mente que nos
dirigen diciendo que nos proporcionaran salud, dinero o amor y nos echan
bendiciones de la buena suerte a cambio de nada, o de bien poco.
Cuestionémoslo.