Hacer las cosas como las hacen
todos es una máxima sospechosa que casi siempre significa hacer las cosas mal.
(La Bruyére).
Peligroso es el hombre que ya no
tiene nada que perder (Goethe).
Atribuimos a la suerte todos
nuestros males, jamás nuestra prosperidad (Charles Regismansat).
El hombre teme la muerte porque
ama la vida (Feodor Dostoyevki).
Donde hay soberbia, allí habrá
ignorancia; más donde hay humildad, habrá sabiduría. (Salomón).
La franqueza tiene sus límites,
allende los cuales pasa a ser necedad (Balmes).
El corazón de un hombre de Estado
debe estar en su cabeza (Napoleón).
El que lee mucho y anda mucho, ve
mucho y sabe mucho (Miguel de Cervantes).
Nunca se dio el caso de
conquistar un corazón por la fuerza (Moliere).
Las nociones generales son
generalmente inexactas (Montagu).
Si la armonía es el encanto de
los sentidos, la elocuencia es el encanto del alma (John Milton).
Nuestro deber de ser útiles, en
cada caso, como mejor podamos, no obstinándonos en hacer aquello que otro haría
mejor, ni negándonos a hacer aquello que hacemos mejor nosotros (Amiel).
Todas las verdades tienen un
precursor desgraciado que marcha contra la corriente, predica en desierto y
muere de pena (Téophile Gautier).
El sol no espera que se le
suplique para derramar su luz y su dolor. Imítalo y haz todo el bien que puedas
sin esperar a que se te implore (Epicteto).
Pobreza e independencia son
términos incompatibles (Cobbert).
Las almas superiores no tienen
miedo más que de una cosa: de cometer una injusticia (Amado Nervo).
Un estado está mejor gobernado
por un hombre bueno que por una buena ley (Aristóteles).
Entre las desventuras ninguna
mayor que la falta de alegría (Fco. De Quevedo).
Los envidiosos se consumen por su
propia pasión, como el hierro por el óxido (Plutarco).
La facultad de admirar y de amar
da la medida de la grandeza de las almas elegidas (Carlyle).
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