La Guerra, esa guerra que jamás
en la historia de la humanidad se ha pasado de moda, al formar parte de nuestra
Naturaleza llevada a cabo por el espíritu cruel de algunos dementes con razones
desequilibradas de las que, sin saber cuáles son, no nos dan tregua para
olvidarlas y deshacernos de ellas de una vez para siempre.
Piense, amigo lector que, en una
guerra, sea casual o no, matan a su hijo (¡aunque mejor ni se lo imagine!).
Nada. Absolutamente nada, habrá para consolar su dolor y menos todavía
justificarlo. En definitiva, quitar la vida de alguien es un horrendo crimen,
imputable, en el caso de la guerra, a quien o quienes las provocan y no a los que de ellas se defienden y que solo un alma criminal puede entender.
Sus causantes son despreciables y asesinos no merecen nuestra compresión, pues antes de ordenar las guerras han de
encontrar soluciones para evitarlas y, de no llegar a un acuerdo con su
enemigo, han de dejar a terceros (la ONU, por ejemplo) que diriman y resuelvan
la cuestión de la que se trate de manera que la guerra se evite. Las guerras,
las malditas guerras, no tienen justificación posible, aunque alguien, por su
interés, pueda justificarlas.
La gente muere en las guerras; en
unas guerras sin sentido que, además de las matanzas personales, causan daños
materiales y mucho dolor entre los vivos que quedan. ¿Qué utilidad tienen? ¿Qué
se consigue con ellas? No debemos consentir que lideres como Hitler, Stalin,
Leopoldo II y otros como ellos vuelvan a gobernarnos con la violencia y las
guerras que, a su vez, generan odios, venganzas y, más temprano que tarde, nos
conducirán a más violencias y más guerras.
Es triste pensar que las
religiones y las ideas políticas que marcan los destinos y desacuerdos entre
los pueblos, defendidos por los altos mandatarios que los rigen, éstos se
cansen de negociar, traten de imponer su criterio y aboguen por la guerra. Los
ciudadanos, pese a nuestros dirigentes (clérigos y políticos), hemos de enterrar
las armas bélicas para que estos diriman las diferencias y convoquen a sus
fieles y creyentes, a su afiliados y partidistas, para decirles: “Hay que negarse
a ir a morir a las guerras que, precisamente, no son santas ni nobles y con
ellas nada se arregla, pues son hijas de la maldad y la venganza, del horror
y el sufrimiento”. Si así no lo expresan, que sean ellos quienes vayan, pues las
provocan y ordenan siendo unos necios e indecentes que abogan por lo peor del ser
humano: la criminalidad.
Horrores y más horrores son los
que vienen a mi cabeza repasando la historia de nuestro único mundo conocido, donde la verdad absoluta no existe, el desconcierto crea inseguridad y
desconfianza y Dios, si existe, no es propiedad de nadie. Donde a vida humana
es lo que importa y por conservarla hemos de negarnos a ir a cualquier guerra
desobedeciendo a los lideres que nos envían a la muerte, mientras ellos,
interesados por sus dineros y poltronas, invocan a un falso patriotismo inventado, ya que el verdadero patriotismo es el de la vida de todos los seres existentes en la Tierra y no con su desaparición..
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