Tenemos tanta información
actualmente, en su mayoría política, y de tan diversas opiniones, sea en
Internet, televisión, radio, redes sociales, prensa, el boca a boca que,
infinidad de veces, uno no sabe cuál de ella sirve a la mentira y cuál a la
verdad; menos aún, cuando uno reduce el contenido de su lectura informativa a
los titulares sin entrar en la letra pequeña; sin embargo, según palabras de
Nietzsche -que comparto-: “a las naturalezas flemáticas no se las puede entusiasmar
más que fanatizándolas”, algo que me recuerda a Vox y me lleva a pensar en una
cuestión a tener en cuenta a la hora de discurrir cuál es la verdadera
naturaleza humana.
Está claro que jamás conoceremos
exactamente el origen del Universo, la Vida y su Evolución, “donde Dios,
formando parte del Todo”, ha propiciado las sinergias necesarias para que la
fuerza de una partícula genere la existencia vegetal, animal y humana con
características bien diferenciadas de las que se derivarán nuevas inteligencias
desconocidas, aunque limitadas a un espacio/tiempo. La Naturaleza humana
actual, dependiente de las tendencias políticas y religiosas en especial, queda
a merced de los expertos o profanos divulgadores que se aprovechan para, con
vehemencia, imponer e influenciar en la gente.
Ante esto, y dado que los
partidos políticos son los más interesados en el voto, sin el cual (salvo en
las dictaduras) jamás podrían alcanzar el poder al que aspiran, obsérvese su
forma de actuar para conseguirlo: unos
yerran, otros culpan a sus contrarios y todos prometen sin saber cómo
cumplirán. Y mienten e insultan, calumnian y despotrican, echan pestes y ponen
a parir a sus oponentes siendo unos energúmenos rastreros que, de llegar al
poder, se convierten en ilustrados déspotas que no conocen a nadie. Pocos son
los que aceptan sus errores, los que piden perdón, los que se humillan si es
necesario.
Es la Noria del terror y la
guerra, la que persiste en la existencia humana actual, cambiados los bueyes y
mulas por tanques y bombas, para lograr sus propósitos. El dominio y la
conquista de tierras, bienes y medios; la avaricia, el poder y la misera de
unos y otros; el reconocimiento, el abuso y la imposición de políticas y
religiones partidistas son las que prevalecen, aunque la muerte todo lo extinga
y el devenir pueda traer otras presencias que sometan a los seres vivos a un
determinado espacio aún más reducido.
“Ella, Ameniridis, la princesa de
los hicsos adoradores del dios Seth, dijo: “¡Mi señor no es responsable de todo
lo que hace!” - Y preguntó: - “¿Y por qué quieres seguir la guerra, rey?” -El
rey de Egipto, Ahmose, creyente del dios Amón, contestó: - “Porque habéis sido
vencidos y hemos liberado a mi pueblo de las cadenas con las que les atabais. Y
dime -preguntó él, sabiendo la respuesta-: ¿quién fue el primero en comenzar la
guerra?”
Naguib Mahfuz lo relató: “La
guerra es una lucha a muerte hasta la derrota final y en ella no tiene lugar la
piedad. Las guerras dan victorias y derrotas” y hoy como ayer, las políticas y
las religiones, también. “La aceptación reconocerá la victoria y el coraje,
tanto para los dolores como para los deleites, para lo dulce o lo amargo, y si
se pierde la seguridad y la esperanza, se pierde todo”: raza, lengua, creencia…
Y como todavía en la Tierra la supremacía es humana, ésta no ha de prosternarse
ante religión ni dios alguno, sino ante sí misma para, respetándose, acordar y
dejar de dar vueltas y más vueltas a esa aludida Noria con los ojos cerrados
como las bestias.
Esta es mi humilde propuesta: que
cada cual venere a su Dios, sea el que sea, y se comporte como le gustaría que
los demás se comportasen con él, dejando de decir y lamentar: ¡Así nos va! o
¡así nos irá!
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