Al parecer existe un proverbio
chino que dice: “El día que los asalariados se cabreen, los peces gordos se
hundirán”. Pobres, obreros, comerciales,
figuras modernas de la esclavitud que trabajan por lo que cobran a fin de mes y
punto.
Cuando uno es muy importante en
la empresa, menos trabaja. Los políticos, por ejemplo, están mano sobre mano
sin avergonzarse, pero eso sí, lo hacen público y a plena luz, lo cual cambia
totalmente las cosas y nadie puede quejarse. En general, el ejecutivo no
ejecuta, no defiende causa ajena, salvo su bolsillo. No siente ninguna lealtad
hacia la empresa para la que trabaja y ni siquiera un trabajo bien hecho le
inspira interés. Es totalmente inculto y egoísta en el sentido de que se mueve
en una indigencia caritativa total, ajena a todo lo que suena a compañerismo y
solidaridad. Tal es así, que no tiene tiempo para leer, ni siquiera a los
grandes escritores, ni escuchar música a músicos insignes, aunque ello le
represente un beneficio personal y social.
El dinero y el poder son sus
dioses, similares a los opiáceos que ingieren a veces para calmar sus injustas
aspiraciones que, como todo el mundo sabe, satisfacen mucho al principio para después
ir disminuyendo su placer y sus cuerpos exijan mayor consumo para alcanzar los
niveles placenteros del comienzo. Acapararán más riqueza y autoridad, algo a su
medida, en los que mirarse desafiando la corrupción que emplearon al principio
para obtener su puesto que le viene como anillo al dedo: Una actuación callada
y sorda que ni ennoblece ni mejora a quienes la practican, si bien, hay
necesitados y débiles de espíritu que la ansían y envidian.
Observo y reflexiono sobre tales
comportamientos que, aunque estos sean humanos, me resultan curiosos, hasta el
extremo de poder aseverar que la mayoría de la gente no piensa que su vida ha
de acabar y olvidan que la muerte no va con ellos imaginando que es cosa de los
demás. Otra peculiaridad consiste en que, si alguien hace cien cosas buenas y, circunstancialmente,
una mala, ese alguien pasará por ser malísima persona, ya que en el recuerdo
siempre nos queda lo peor, equivocaciones y errores, no aciertos, ni soluciones,
ni sus cosas buenas. Es más, si se le imputa un hecho determinado, en especial
si es malo, se repite a menudo, incluso mintiendo adrede, y además, se le
considera culpable, aunque sea incierto, tal acusación al interesado le afecta
y la cuestiona, hace dudar a sus amigos y ¿qué decir de quienes no le conocen?
Lo bueno, sin embargo, no perdura y, ya se sabe: “calumnia que algo queda” y le
llaman “Matagatos” porque su abuelo mató uno.
Hemos de aprender muchas cosas: a
tolerar, pese a la incertidumbre; a confiar en los otros y no pensar mal, ya
que todo lo que se dice no siempre es cierto; a buscar la verdad siendo
agradecidos y corteses; a procurar hacer el bien, por mucho que nos cueste; a
sentirnos confortados cuando nos controlamos: “Haz el bien y no mires a quién”,
siendo, o proponiéndonos ser, nosotros mismos, con nuestros exclusivos
pensamientos, defectos y virtudes, sin sumarse a los bulos partidistas.