CUATRO PÁRRAFOS DE BALTASAR GRACIÁN
No engañarse sobre la
condición de las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser
engañado en el precio que en la mercancía. No hay cosa que más necesite una
mirada en el interior. Hay diferencia entre entender las cosas y conocer a las
personas. Es elevada filosofía entender los caracteres y distinguir los humores
de los hombres. Tan necesario como haber estudiado los libros es conocer la
condición de las personas.
No padecer la enfermedad del
necio. Normalmente los sabios sufren por falta de malicia y los necios, al
contrario, por demasiados consejos. La enfermedad del necio es pensar de más.
Unos sufren porque sienten y otros disfrutan porque no sienten. Unos son necios
porque nada les preocupa y otros porque sufren por todo. Es necio el que padece
por sentir demasiado. Así que unos sufren por una inteligencia muy sensible y
otros disfrutan por la ausencia de ella. Pero, aunque muchos padecen la
enfermedad del necio, pocos necios mueren.
Palabras de seda, con suavidad
de carácter. Las saetas atraviesan el cuerpo y el alma las malas palabras.
Una buena pastilla hace que huela bien la boca: saber vender el aire es una
muestra de perspicacia. La mayoría de las cosas se paga con palabras. Ellas
solas pueden realizar imposibles. Los negocios se hacen con aire y son aire. El
aliento del superior alienta mucho. Siempre hay que tener azúcar en la boca
para endulzar las palabras, pues saben bien hasta a los enemigos. El único
medio para ser amable es ser apacible.
Saber valerse de los amigos.
Se necesita sensatez, tacto e ingenio. Unos son buenos para estar lejos y otros
cerca, el que no fue bueno para la conversación lo es para la correspondencia.
La distancia puede hacer aceptables algunos defectos que, en presencia, eran
intolerables. No solo hay que procurar obtener placer de los amigos, sino
utilidad. Esta debe tener las tres cualidades del bien o, según otros, del ser:
unidad, bondad y verdad, pues el amigo es todas las cosas. Pocos sirven para
buenos amigos y el no saberlos elegir reduce aún más el número. Saberlos
conservar es más importante que hacer amigos. Deben buscarse de tal clase que
duren. Aunque sean nuevos al principio satisface saber que podrán hacerse
viejos. Sin duda son los mejores aquellos con los que se ha comido mucha sal,
aunque para ello de gaste una fanega. No hay desierto como vivir sin amigos.
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