Transcribo a continuación
WhatsApp de un amigo y colega de pádel, de mí misma edad aproximadamente,
haciendo alusión a tiempos pasados que nos tocó vivir.
“Efectivamente, -comenzó
diciendo- nosotros somos de una generación puente entre el siglo XIX y el
XXI. He visto a mi madre cocinar con
tablas en el fogón y usar el soplillo; usar bolas de carbón para la placa y petróleo
para el infernillo. También he ido a la carbonería a por un cubo de picón para
el brasero y me he lavado en un barreño. En casa teníamos una tinaja en la
cocina con cantaros de agua de la fuente e íbamos a por hielo para la nevera y
a por leche a la lechería”.
“Mi madre, no podía ir a misa sin
el velo en la cabeza. ¡Ah!, y con rebeca. Las viudas guardaban dos años mínimo
de luto (negro riguroso) y, apenas, sin salían de casa. Para hablar por
teléfono nos daban hora para una conferencia y tenías que ir a la casa de
teléfonos a la hora señalada”.
“El practicante nos pinchaba a
todos con la misma aguja, una vez la quemaba con alcohol. En el cole he escrito
con palillero y plumilla, la que mojaba en el tintero del pupitre. Hice quince
meses de “Mili”: tres en Viator -Almería- y doce en África.”
“La verdad es que todo lo
anterior no puedo calificarlo de nostalgia, pues son tan solo recuerdos de hace
muchos años; tampoco me atrevo a asegurar que el tiempo pasado fue mejor; al
revés, soy un convencido de que “la educación silenciosa”, la que todos los
niños aprendemos en casa, es hoy más sensata y menos dictatorial en todos los
sentidos. Vivimos mejor, con más salud y medios y, aunque la pátina de
humanidad vaya chafándose al ser la pasta lo que prima, la conciencia
política que ahora se adquiere nos permite respirar libertad de la que entonces
en España carecíamos. Tan fácil, como que tú y yo podemos manifestarlo sin que
nos metan presos. Sinceramente, creo que en la actualidad es mucho mejor que
antes, sobre todo, porque tenemos pádel: ja, ja, ja.”.
“Hasta pronto. Mientras tanto,
recibe un abrazo, desde la Coruña, de tu amigo…”.
Cuando nos volvamos a ver -hasta primeros de agosto no será-, le contaré a mi amigo algo que ignora de mí. Le diré que:
“Con trece años me marché a Francia con mi madre a vendimiar. Regresamos a
España y tres años después tuve que emigrar a Maracaibo para ganarme la vida,
dejando a mi madre viuda en casa con los tres hermanos que me seguían en edad.
Allí aprendí un oficio relacionado con frigorías y aire acondicionado, pude enviar dinero a mi madre querida y volver a España cinco largos
años después para montar un negocio. No vale querer o no querer, hay que
adaptarse y aceptar lo que toque, haciendo frente honestamente a las
circunstancias que lleguen y siendo una buena persona.
Que nadie ahora me venga con “la
prioridad nacional” (canalla, racista e ilegal) añorada por fanáticos,
homófobos y nostálgicos franquistas olvidando que el lugar de nacer no se
elige, que la Tierra donde vivir es solo una y que el hambre, como la fe, mueve montañas.
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