jueves, 3 de septiembre de 2026

EN CHINA (ocho)

 

21 y 22. 07. 2026. Decididamente: lo mejor de China es su metro en la ciudad y la simple y aparente curiosidad mostrada por la gente rural.

Uno de mis nietos lleva consigo dos ventiladores con pilas como si fuera un collar. Algo curioso que nos sorprendió y sus padres se lo compraron. Su padre, mi yerno, imitando a infinidad de chinos, compró otro más simple y manual para refrescarse. No cabe duda de que son un alivio ante tanto calor.

Dejamos la ciudad de Chengdu hacía un nuevo y rústico destino, un lugar de la selva y la montaña. Fueron cuatro horas de viaje en tren y una hora más en un taxi de seis plazas, que esperaba en la estación nuestra llegada, para llevarnos al alojamiento. Un sencillo, aislado y tranquilo edificio, contratado de antemano, cerca del cual el agua cristalina de la montaña comienza a descansar de su caída, trasformada ya en una corriente mansa, cuyo cauce cubría hasta poco más arriba de los tobillos.

Desde el alojamiento, en unos minutos andando, se llega a una de las cinco entradas del Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie, nuestra meta y objetivo, ubicado en la provincia de Hunan, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, famoso mundialmente por sus más de 3.000 pilares únicos de cuarcita y arenisca, que inspiraron las montañas flotantes de la película Avatar y que cuenta con el ascensor exterior más alto del mundo y puentes de cristal sobre precipicios.

 

El lugar y el establecimiento elegido, en especial, sí lo recomiendo por el trato personal recibido de la joven dueña que lo regenta, que es el alma del mismo. Carol, es su nombre y sus padres unos colaboradores que no creo nos entiendan, pero nos sonríen. Ella es amabilidad, atención y saber estar. Cortés, humilde y complaciente para que, en todo momento, nada nos falte. Nos informa, orienta y nos hace la estancia más fácil estando pendiente de cuanto necesitábamos como lo fue, por ejemplo, ocupándose del taxista que nos trajo y llevó, o reiterar nuestra reclamación para que se nos devuelva el importe de la no visita a la Muralla. ¡Qué hoy (03-09) aún no nos han devuelto!  En su establecimiento, además de pernoctar, podemos hacer todas las comidas y, aunque también el calor apriete -es Julio- puedes pasear sin el bochorno ni la humedad de las ciudades e, incluso, por las noches, si te apetece, puedes prescindir del aire acondicionado.

Una vez fuimos identificados, entramos en las habitaciones facilitadas y dejamos los equipajes, sin perder un minuto, marchamos al Parque. Una selva en lo alto de la montaña, de más/menos un kilómetro y medio de altura, que alcanzamos subiendo en la cabina de un teleférico. Antes, a la entrada, los mismos controles de siempre: mostrar pasaportes, ser cacheados y examinadas nuestras mochilas naturalmente y, sorpresa, nos hicieron un reconocimiento facial que nos evitaría volver a mostrar nuestra identidad tantas veces como fueron necesarias.

Un parque que abarca más de 48 Km2, dentro de una cadena de montañas de un geoparque de 3.600 Km2 que a diario puede recibir a más de 53.000 visitantes para mostrarles su grandeza y atractivo espectacular con sus rocas firmas y verticales rodeadas de sombras, plantas y misterios, aptas para servir de base donde rodar la famosa película de Avatar, como hemos indicado.

Una corta visita de tarde que nos supo a poco, aun cuando el escaso número de personas nos complació, si bien, al día siguiente, nos daríamos cuenta del motivo: llegamos poco antes de la hora de cierre y la gran cantidad de visitantes se habían marchado. Retornamos juntos, como siempre, en una sola cabina del teleférico con asombrosas vistas y nuevos deseos de volver. Ya, abajo, nos detuvimos mojándonos los pies en el arroyo para, después de cenar, salir a charlar durante bastante rato al frescor de la noche y poder sentir el placer de la brisa suave y oscura que proporciona el silencio absoluto de la misma.

A la mañana siguiente nos dimos una soberana paliza. Nos cansamos en exceso y menos mal que nuestra hija tenía contratados todos los servicios posibles (entradas, ascensores, funiculares, recorridos en autobuses…) para evitar más dificultades o penalidades físicas que, de no haberlos tenido, hubieran sido superiores: escaleras interminables, miríadas de ojos cruzándose por la gran cantidad de fotos enfocando, servicios de todo tipo en general atestados, inmensas y continuas filas humanas para contemplar todo, aunque, con tanto agobio, daban ganas de llorar, si bien, ninguno nos quejamos, al menos en voz alta. Allí nos encontramos a más españoles que en ninguna parte, pero… ¡es que éramos tantos! Es de agradecer, no obstante, que las nubes y gran vegetación ocultaran la mayor parte de los rayos del sol y nos proporcionaran alivio, paliando el esfuerzo que realizábamos, pues el Parque es una autentica selva ordenada, así que la época de visitarlo habrá que replanteársela: al parecer septiembre y octubre son ideales.

Deambulamos por los sitios indicados para ello. Contemplamos durante todo el tiempo las panorámicas y los paisajes que el recorrido nos brindaba, comimos mal, apretados, con mucha gente, en un Macdonald, pero no vimos ningún mono como suponíamos que íbamos a ver y volvimos reventados de manera que mi mujer y Julio, mi nieto menor, renunciaron volver a subir al día siguiente, que sería el último que íbamos a estar. Pienso que el atractivo para ir a ver el Parque radica en las rocas que, aisladas y separadamente, ocupan un amplio espacio selvático junto a un prodigio de la ciencia técnica preparados para ser visitado.

23.07.2026 Último día en el Parque. Ya no fue necesario enseñar el pasaporte, pues empleaban el reconocimiento facial que no fallaba. Mi mujer y mi nieto menor se quedaron en el alojamiento, renunciando a venir como decidieron el día anterior, y lo entendimos. Nosotros, los demás, sabíamos de la paliza que nos íbamos a dar, pero era el último día en el Parque y su recorrido sería distinto; no obstante, aun siendo el más largo, superior a los veinte kilómetros andando, resultó ser el más interesante, fresco y llevadero y los echamos en falta, aunque volvimos para comer todos juntos, pese al despiste que tuvimos tomando un autobús que nos dejó en una puerta distinta a la nuestra y - ¿qué sé yo? - haríamos cuarenta o cincuenta kilómetros más. Por ello, es de gran importancia conocer de antemano, mediante mapas del parque y tener información adecuada, las vías y trayectos a seguir, algo que escrupulosamente anotado llevaba nuestra hija y a pesar de ello, hubo un error.

Desde arriba, una vez dejamos el impresionante ascensor de 1,5 km de altura y un par de autobuses, comenzamos a bajar por la ribera derecha de un rio, convertido en arroyo, debidamente pavimentada y umbrosa por su vegetación, acompañados todo el camino por nuestros “padres” prístinos, una gran cantidad de monos agresivos. A propósito, Carol, facilitó a mi yerno un palo para espantarlos si fuera necesario haciendo ruido con él y, en una ocasión, tuvo que emplearlo. Por cierto, no quiero dejar pasar por alto, algo que me llamó la atención: hombres, más bien flacos, portaban una parihuela para llevar en ella a quienes los contrataran para ello (ignoro el precio) y superar, sin esfuerzo los empinados e inicuos caminos del recorrido.

Regresamos algo más tarde de lo previsto. No obstante, pudimos comer todos juntos lo que, de antemano, encargamos a Carol, la dueña del alojamiento. En éste, hablamos con otros huéspedes españoles (la mayoría), hispanos de Sudamérica, polacos y una familia de canadienses.

Hasta hacerse noche, en el último atardecer en la montaña, paseamos subiendo por la solitaria carretera que nos conducía a un pueblo innombrable, a fin de contemplar la puesta de sol que nuestro nieto mayor nos recomendó, al haberla visto cuando entrenaba corriendo el día anterior. Cenamos y decidimos no prolongar la posterior tertulia, dado que debíamos de madrugar y el taxista que nos trajo vendría a recogernos antes de amanecer para llevarnos hasta la estación del tren que nos llevaría de regreso a Sanghai, durante unas nueve horas.

Los animales, y nosotros entre ellos, tenemos como principal función la del sexo para multiplicarnos y la comida para sobrevivir. La mente, conciencia y memoria nos distinguen, sin embargo, para desarrollarnos, de una u otra manera, se necesita de obtener algún tipo de premio o compensación, jamás mejor a estar en armonía y satisfecho consigo mismo y con tu familia: una felicidad muy superior - ¡os lo aseguro! - a la que solo proporciona dinero, poder o riqueza.

Hasta el domingo que viene, aquí lo dejo; será más y mejor.