Han sido suficientes unos días
para que transcendentales decisiones tuvieran lugar: El Brexit en Gran Bretaña
y las elecciones generales en España. En ambos casos los resultados surgidos
han sido contrarios a lo esperado. Los espíritus creados por las ondas
colectivas, de la gran mayoría de los cerebros de sus habitantes, fueron
subordinados por las sordas y calladas conciencias de los mismos que a todo se
anticipa. Como diría Nassim N. Taleb, al margen de pronósticos, un “Cisne Negro” sobrevoló en cada país,
enmudeciendo millones de pensamientos.
En la Isla volvieron a retomar la idea soberanista de hace más de
cuarenta años y dieron la espalda a negocios, comercio y mercados que,
contra pronóstico, no pudieron imponerse, ni aun, con su agresiva fuerza: primó
la persona física a la jurídica. La individualidad personal de aquellas
tierras, con su salida de Europa,
tomará otros derroteros y, tal vez, sean motivos a reflexionar sobre la
conveniencia de anteponer los intereses personales (el bienestar social) a los
empresariales (el ánimo de lucro). De nada sirve que éstos crezcan
indefinidamente, si su beneficio no
repercute en la mayoría de aquéllos. El
dios dinero no ha de ser el exclusivo estímulo que les mueva. El valor del
esfuerzo en la ciencia y cultura, en la tecnología y salud, en el deporte y
recreo son, con mucho, más enriquecedores que todas las ganancias mercantiles
que premia a tan solo unos pocos. El
hombre (persona física) ha de estar por encima de cualquier ente (persona
jurídica). Desdeñar al primero, hasta convertirlo en elemento residual y
productivo sin más, es dar comienzo al fin de la especie. No somos, de ninguna
manera, un limón que, una vez exprimido, se desecha. El hombre ha de velar por
sí y lo humano, sin permitir que el PIB, la especulación o el dinero lo
doblegue hasta exterminarlo.
En España reinaba un espíritu de indignación clamando contra la
delincuencia: paro, empleo camuflado, blanqueo, corrupción institucional y
a todos los niveles; diferencias sociales castigando especialmente a la
pobreza, a la infancia, a los débiles; enriqueciendo a golfos, mangantes y privilegiados en el cobijo de una selva que anidan
la impunidad, las mafias, la explotación, el sálvese quien pueda… Se esperaba el
triunfo y la unión de un cambio que aupara nuevas motivaciones a la gente y no
a las cosas; sin embargo, fue al revés,
conservando la mierda a la que se le dio un valor inmerecido y tuvo presente
que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” confiando en un
vaticinio estable de futuro, sin saber que existen los Cisnes Negros (que hemos
citado) que todo lo modifica o ignorando que todo nace del caos donde, aun hoy,
reina un orden incomprensible como las visiones que nos brinda un calidoscopio.
Menos mal, que la mayoría absoluta no se
obtuvo.
Somos animales que siempre
buscamos explicaciones a lo que sucede; no obstante, no todo tiene una causa
justificable y, entonces, la suplimos con nuestros miedos sin reconocer que
simplemente el azar existe e, incluso, la sustituimos por lo que se considera
“la identidad nacional”, que no es sino pura falacia, creada por entusiastas de
la ficción, para hacernos creer que el “pueblo elegido de Dios existe”, que los
espetos son chorizos pinchados en un sarmiento o la virgen se aparece y hace
milagros. ¡Qué más quisiéramos! Y es que ha de saberse que cuando los bancos
obtienen beneficios son para ellos; cuando pierden, sus pérdidas, las asumimos
nosotros o, acaso, ¿alguien conoce de
alguna sociedad anónima mercantil que tengan intereses distintos a obtener
beneficios?
A ver si nuestros políticos
calman sus humos y en la oposición hacen curas de humildad. Ya comiencen a
forjar alianzas sobre un programa que solucione los retos y problemas de
España.
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