domingo, 9 de agosto de 2026

EN CHINA (1)

 

Por si alguien, durante el pasado mes de Julio, ha echado en falta mis comentarios domingueros a través del blogs de Ciudades Ocupacionales, me place expresar que todavía vivo, pues tan solo he pasado, excelentemente acompañado, algo más de una veintena de días en China, una nación de 9,6 millones de km2, con 1.400 millones de habitantes, visitando las ciudades de Shanghái, Pekin, Xian, Chengdu con 25, 22, 13 y 21 millones de almas respectivamente, y los Parques Nacionales del Panda Gigante y el de Zhangjiajie (donde se inspiró la película Avatar): dos grandes maravillas de la Naturaleza y la tecnología. No pudimos visitar la famosa Muralla China que teníamos programado, dado que la cola de un tifón nos lo impidió y de la que, previamente, las autoridades nos avisaron a través de Internet, en nuestro móvil.

Personalmente fui con la idea preconcebida de que China fue un inmenso país de ancestrales tradiciones y una milenaria civilización, hoy convertido en un Estado políticamente comunista, donde impera una estrecha y férrea dictadura.

La China que vi es inmensa, extraña, impresionante y llena de gente laboriosa. Sus campos verdes de valles, colinas, de pocos llanos y agua abunda. Con ciudades de edificios muy altos y calles abarrotadas de vida y actividad, similar a la de un enorme hormiguero o un gigantesco centro comercial:  peatones y vendedores en continuo trajín donde reina el regateo con puestos callejeros, bicicletas de alquiler y motos eléctricos por las aceras. Vías, carreteras, autopistas colmadas de vehículos de todas clases en un aparente caos que sufríamos al igual que el calor húmedo asfixiante que nos empapaba de sudor. El metro, sin duda, lo mejor para guarecerse y respirar: seguro, fresco y rápido, en largas distancias inimaginables.

Allí sin móvil no eres nadie. Este es una pieza más de su organismo y sirve para todo. Similar al paraguas que portan para detener los rayos de sol y el agua de la lluvia abundantes. Con el móvil, a través de “Ali Pay”, se paga todo (el dinero físico no lo hemos visto): en los puestos callejeros, en el metro y autobuses, en las grandes superficies, en los restaurantes, ...; con el móvil, a través de las aplicaciones correspondientes, se encarga y adquieres lo que necesitas: taxis, alojamiento y cuanto buscas, incluso, te indicara el camino para llegar de un lugar a otro o a tu alojamiento. En el móvil será conveniente tener traductor, internet y batería chinos y, además, tener paciencia, pues todo o casi todo “el ojo de Dios”[1] lo ve y está controlado. Sin móvil, sin su correspondiente QR, no creo que en China se pueda vivir y menos nosotros, los viejos, que apenas si lo utilizamos. Allí lo manejan todos y cuidan tener una limpieza extraordinaria, existiendo medios públicos para ello. El coste de la vida es más barato, pues su salario medio oscila entre 730 a 1100 euros. La sensación de orden y seguridad son impecables, la gente es amable y te ofrece ayuda, aun sin pedirla, aunque nos miren como bichos raros como nosotros a ellos.

Existen controles y cámaras por todas partes y “el ojo de Dios” debe saber lo que haces y por dónde estás en cada momento. Te registran y cachean al entrar y salir del aeropuerto, del metro, de las estaciones de tren y autobuses, de los lugares y espectáculos concurridos por lo que no puede faltarte el pasaporte para que por él te reconozcan, salvo que antes te hayan sometido a un reconocimiento facial que repetirás continuamente. Algo que molesta, sufres y no te acostumbres al principio, para, posiblemente más tarde, tener la sensación absoluta de seguridad sabiendo que ello priva a los delincuentes de cometer alguna tropelía.

Terminaré indicando (ya tendremos tiempo para contar más cosas, en su caso) que, desde Madrid, con escala el Frankfurt, volamos a Shanghái, más menos 11.000 km., los mismos que empleamos a la vuelta. Allá en China recorrimos un total de: 4.000 km, más/menos. Desde Shanghái, en tren cama toda la noche, nos fuimos a Pekin; unos 1.300 km.; los mismos que desde Pekín al Parque nacional, visitando las ciudades al principio indicadas, desde donde regresamos a Shanghái, en tren bala, que no pasa de más de 350 km/hora, durante unos 1.400. Hemos empleado muchas horas (tal vez demasiadas) en viajar en avión, tren, taxis, metro, autobús, barco, teleférico, ascensor y, sobre todo, en andar por lugares desconocidos.

Los medios de comunicación están muy avanzados y nosotros con ellos y eso creo que es positivo, pero a veces me pregunto: ¿Merece la pena? ¿Representa eso el progreso? ¿Depende de ello o de algo parecido la felicidad del hombre?... Aunque pensando y pensando llegue a la conclusión de que los humanos, absolutamente todos, nacemos y morimos de la misma forma, poseemos los mismos atributos y somos de la misma Naturaleza; de ahí surgió mi escrito del domingo anterior titulado Ingénitos, que recomiendo su lectura.

 

 

 

 

  



[1] Un ente desconocido

 

 

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