Por si alguien, durante el pasado
mes de Julio, ha echado en falta mis comentarios domingueros a través del blogs
de Ciudades Ocupacionales, me place expresar que todavía vivo, pues tan solo he
pasado, excelentemente acompañado, algo más de una veintena de días en China,
una nación de 9,6 millones de km2, con 1.400 millones de habitantes, visitando
las ciudades de Shanghái, Pekin, Xian, Chengdu con 25, 22, 13 y 21 millones de
almas respectivamente, y los Parques Nacionales del Panda Gigante y el de Zhangjiajie
(donde se inspiró la película Avatar): dos grandes maravillas de la Naturaleza
y la tecnología. No pudimos visitar la famosa Muralla China que teníamos
programado, dado que la cola de un tifón nos lo impidió y de la que,
previamente, las autoridades nos avisaron a través de Internet, en nuestro
móvil.
Personalmente fui con la idea
preconcebida de que China fue un inmenso país de ancestrales tradiciones y una
milenaria civilización, hoy convertido en un Estado políticamente comunista,
donde impera una estrecha y férrea dictadura.
La China que vi es inmensa,
extraña, impresionante y llena de gente laboriosa. Sus campos verdes de valles,
colinas, de pocos llanos y agua abunda. Con ciudades de edificios muy altos y
calles abarrotadas de vida y actividad, similar a la de un enorme hormiguero o
un gigantesco centro comercial: peatones
y vendedores en continuo trajín donde reina el regateo con puestos callejeros,
bicicletas de alquiler y motos eléctricos por las aceras. Vías, carreteras, autopistas
colmadas de vehículos de todas clases en un aparente caos que sufríamos al
igual que el calor húmedo asfixiante que nos empapaba de sudor. El metro, sin
duda, lo mejor para guarecerse y respirar: seguro, fresco y rápido, en largas
distancias inimaginables.
Allí sin móvil no eres nadie.
Este es una pieza más de su organismo y sirve para todo. Similar al paraguas
que portan para detener los rayos de sol y el agua de la lluvia abundantes. Con
el móvil, a través de “Ali Pay”, se paga todo (el dinero físico no lo hemos
visto): en los puestos callejeros, en el metro y autobuses, en las grandes
superficies, en los restaurantes, ...; con el móvil, a través de las
aplicaciones correspondientes, se encarga y adquieres lo que necesitas: taxis,
alojamiento y cuanto buscas, incluso, te indicara el camino para llegar de un
lugar a otro o a tu alojamiento. En el móvil será conveniente tener traductor,
internet y batería chinos y, además, tener paciencia, pues todo o casi todo “el
ojo de Dios”[1]
lo ve y está controlado. Sin móvil, sin su correspondiente QR, no creo que en
China se pueda vivir y menos nosotros, los viejos, que apenas si lo utilizamos.
Allí lo manejan todos y cuidan tener una limpieza extraordinaria, existiendo
medios públicos para ello. El coste de la vida es más barato, pues su salario
medio oscila entre 730 a 1100 euros. La sensación de orden y seguridad son
impecables, la gente es amable y te ofrece ayuda, aun sin pedirla, aunque nos
miren como bichos raros como nosotros a ellos.
Existen controles y cámaras por
todas partes y “el ojo de Dios” debe saber lo que haces y por dónde estás en
cada momento. Te registran y cachean al entrar y salir del aeropuerto, del
metro, de las estaciones de tren y autobuses, de los lugares y espectáculos concurridos
por lo que no puede faltarte el pasaporte para que por él te reconozcan, salvo
que antes te hayan sometido a un reconocimiento facial que repetirás
continuamente. Algo que molesta, sufres y no te acostumbres al principio, para,
posiblemente más tarde, tener la sensación absoluta de seguridad sabiendo que
ello priva a los delincuentes de cometer alguna tropelía.
Terminaré indicando (ya tendremos
tiempo para contar más cosas, en su caso) que, desde Madrid, con escala el
Frankfurt, volamos a Shanghái, más menos 11.000 km., los mismos que empleamos a
la vuelta. Allá en China recorrimos un total de: 4.000 km, más/menos. Desde
Shanghái, en tren cama toda la noche, nos fuimos a Pekin; unos 1.300 km.; los
mismos que desde Pekín al Parque nacional, visitando las ciudades al principio
indicadas, desde donde regresamos a Shanghái, en tren bala, que no pasa de más
de 350 km/hora, durante unos 1.400. Hemos empleado muchas horas (tal vez
demasiadas) en viajar en avión, tren, taxis, metro, autobús, barco, teleférico,
ascensor y, sobre todo, en andar por lugares desconocidos.
Los medios de comunicación están
muy avanzados y nosotros con ellos y eso creo que es positivo, pero a veces me
pregunto: ¿Merece la pena? ¿Representa eso el progreso? ¿Depende de ello o de
algo parecido la felicidad del hombre?... Aunque pensando y pensando llegue a
la conclusión de que los humanos, absolutamente todos, nacemos y morimos de la
misma forma, poseemos los mismos atributos y somos de la misma Naturaleza; de
ahí surgió mi escrito del domingo anterior titulado Ingénitos, que recomiendo
su lectura.
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