En las nueve largas horas del viaje en tren hasta Shanghái nos dio tiempo para mucho. Además de charlar, leer y cansarnos, a través de la ventanilla de mi asiento, pude ver una gran parte de China verde, con espesa floresta y agua abundante en infinidad de campos cuidados, sembrados de arroz y otros vegetales. También vi multitud de torres iguales, antiestéticas y colosales, atiborradas de pisos formando diseminadas ciudades que albergarían millones de personas y en las que el tren se detenía. No obstante, me llamó tanto o más la atención las abundantes vías existentes en lo alto, sobre elevados pilares de hierro, cemento y hormigón, por donde transitaban trenes y vehículos y otras muchas aún, en fase de construcción.
Lo cierto fue, que llegar a
nuestro destino nos ocupó más de quince horas. A las 5,30 horas partimos del
Parque en taxi hasta el tren; en éste llegamos a las 16,30 a la estación de
Shanghái, en la que volvimos a reclamar las cosas que nos incautaron al entrar
y, sin resultados positivos, tomamos el metro durante 23 estaciones y,
finalmente, a la salida, un taxi que nos dejó en la puerta del hotel de “lujo”
contratado, siendo ya noche cerrada.
El sábado, 25.07.26, no hemos
parado. Ya, desde la salida del glorioso hotel, a las 8,30 horas,
Shanghái nos esperaba. Metro y ciudad, andar y andar sin descanso por el centro
antiguo, visitando todo cuanto nos parecía de interés, como jardines y recintos
sagrados, para después comer y hacer interminable la tarde con compras y más
compras, aunque nada nos faltara. Y es que los precios para los españoles
resultaban gangas y, sin asociar los gastos al derroche, cargamos recuerdos con
regalos y curiosidades, hasta llegar a dormir reventados, pero satisfechos.
Shanghái es una ciudad
majestuosa. Mantiene un auténtico y bello contraste entre lo antiguo y lo
moderno. Está llena de vida, de historia y misterio. Contemplarla emociona y fascina los sentidos, pues sus
encantos son muchos y a la noche se potencian y enamoran.
El 27, domingo, último día en
China.
El hotel de “lujo” contratado a
las afueras de la ciudad, debería tener piscina y amplias habitaciones con
ducha, bañera y próximo al Parque Temático, el Shanghái Disneyland Park, donde
al día siguiente irían nuestros hijos y nietos, para darle una sorpresa a
Julio, el nieto menor, por su inmejorable comportamiento.
Nosotros, los abuelos, nos
quedamos en nuestra habitación y solo salimos por la mañana a dar un corto
paseo viendo un cielo azul, ribeteado por unas nubes blancas y voladoras, que
nos dieron la impresión de un límpido frescor cuando, en realidad, era un
trampantojo debido al intenso calor de un sol de justicia que derretía las
piedras. Parecido a la propaganda falsa de indicar que el hotel era de lujo, o
a la existencia de una piscina en la que soñamos bañarnos, ignorando que era
una pequeña balsa, sin apenas agua, en la que reposaban hojas secas que la
escasa brisa ni movían: pretensiones, sin duda, de la propiedad. Sin embargo,
en derredor del hotel se amansaban aguas como si fueran las de un rio
caudaloso.
Así, en general, puedo manifestar
que no había bidé en ningún alojamiento; las duchas no estaban aisladas del
resto cuarto de baño; las habitaciones adolecían de espacios o cajones donde
colgar o guardar la ropa, aunque fueran amplias, destartaladas y colocadas con
mal gusto y, eso sí, disponían de televisión y de ¡algo vital! un aire
acondicionado que confortaba y revivía. En este, en el de lujo que nos
ocupa, nos informaron además que el desayuno era europeo y por la mañana nos
entregaron una bolsa de papel con una cajita de leche con café y una pajita
para tomarlo, un bollo y unas galletas, dos plátanos y no sé qué menudencia
más, algo que, no obstante, nos comimos sin dejar nada, ni rechistar. Y otra cosa más. Ni nos arreglaron las
habitaciones, ni nos cambiaron las toallas en las tres noches que estuvimos:
insólito, pero nos alegramos, nadie ajeno a nosotros entró en la habitación. En
definitiva, consideramos que no merecía la pena contrariarnos reclamando y
menos aun estando de paso, desconociendo sus prácticas, normas y costumbres y,
simplemente, ¿para qué molestar a nadie no siendo una cuestión vital e
imprescindible?
Este día, solos los dos,
descansamos y leímos, cosa que hasta entonces no habíamos podido hacer; nos
echamos una buena y reconfortante siesta y pensamos ratificando que el progreso
no lo da la riqueza sino el conocimiento; que la libertad no se consigue con
dinero sino siendo autosuficientes o valiéndose
por sí mismos; que la felicidad no es un sueño sino un estado de ánimo
elocuente que reconforta, para finalmente afirmar que el bienestar del alma,
proveedora de paz, está en nuestro interior, en lo que todo descansa,
convencidos de que, únicamente, cuando cesen las guerras la humanidad podrá comenzar
a ser libre.
“¡Ah! Y, menos mal -le dije a mi
mujer, cruzando nuestras miradas- que no fuimos a Disneyland. Además de caro
como el hotel, cuando los nuestros volvieron nos contaron lo que sigue: “Hemos
hecho cola por más de nueve horas y montado en sus atracciones durante unos
diez minutos. Había -agregaron- quienes pagaban a los que esperaban los
primeros para adelantarse en las colas”. Con eso, queda dicho todo.
A propósito de la población y sus
recursos, Thomas Robert Malthus escribió de la disparidad existente entre el
progreso de la población y los medios de subsistencia, y China debió de tenerlo
en cuenta estableciendo un control de natalidad que erró. Tal vez, por ello,
debió de estudiar, supongo, la forma de regular, ordenar y dar seguridad a su
enorme población y evitar sus riesgos. Prever antes que lamentar. E idearon una
férrea organización extenuante con cámaras, cacheos, registros, vigilancia y
ejemplares castigos; nada que ver con la política, para evitar el caos, la
delincuencia y el libertinaje ¿Eso podría exportarse a otros países, por
ejemplo, a España?
Vete hacer puñetas Malthus.
Dijiste:” La miseria y la pobreza que prevalecen entre las clases inferiores de
la sociedad son absolutamente irremediables”. Sin duda es algo tendencioso para
justificar las desigualdades económicas de las que disfrutaste. Una mentira
repugnante que los “de arriba” se creen, pero que está lejos de la
verdad y, si así fuera, habría de remediarse.
Ahí lo dejo. Hasta mi próxima
entrada que será la última. Entre tanto, me pregunto en voz alta: ¿Qué es la
libertad? ¿Cuáles son sus límites, si los tiene?
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