domingo, 6 de septiembre de 2026

En China (nueve)

En las nueve largas horas del viaje en tren hasta Shanghái nos dio tiempo para mucho. Además de charlar, leer y cansarnos, a través de la ventanilla de mi asiento, pude ver una gran parte de China verde, con espesa floresta y agua abundante en infinidad de campos cuidados, sembrados de arroz y otros vegetales. También vi multitud de torres iguales, antiestéticas y colosales, atiborradas de pisos formando diseminadas ciudades que albergarían millones de personas y en las que el tren se detenía. No obstante, me llamó tanto o más la atención las abundantes vías existentes en lo alto, sobre elevados pilares de hierro, cemento y hormigón, por donde transitaban trenes y vehículos y otras muchas aún, en fase de construcción.

Lo cierto fue, que llegar a nuestro destino nos ocupó más de quince horas. A las 5,30 horas partimos del Parque en taxi hasta el tren; en éste llegamos a las 16,30 a la estación de Shanghái, en la que volvimos a reclamar las cosas que nos incautaron al entrar y, sin resultados positivos, tomamos el metro durante 23 estaciones y, finalmente, a la salida, un taxi que nos dejó en la puerta del hotel de “lujo” contratado, siendo ya noche cerrada.

El sábado, 25.07.26, no hemos parado. Ya, desde la salida del glorioso hotel, a las 8,30 horas, Shanghái nos esperaba. Metro y ciudad, andar y andar sin descanso por el centro antiguo, visitando todo cuanto nos parecía de interés, como jardines y recintos sagrados, para después comer y hacer interminable la tarde con compras y más compras, aunque nada nos faltara. Y es que los precios para los españoles resultaban gangas y, sin asociar los gastos al derroche, cargamos recuerdos con regalos y curiosidades, hasta llegar a dormir reventados, pero satisfechos.

Shanghái es una ciudad majestuosa. Mantiene un auténtico y bello contraste entre lo antiguo y lo moderno. Está llena de vida, de historia y misterio. Contemplarla   emociona y fascina los sentidos, pues sus encantos son muchos y a la noche se potencian y enamoran.

El 27, domingo, último día en China.

El hotel de “lujo” contratado a las afueras de la ciudad, debería tener piscina y amplias habitaciones con ducha, bañera y próximo al Parque Temático, el Shanghái Disneyland Park, donde al día siguiente irían nuestros hijos y nietos, para darle una sorpresa a Julio, el nieto menor, por su inmejorable comportamiento.

Nosotros, los abuelos, nos quedamos en nuestra habitación y solo salimos por la mañana a dar un corto paseo viendo un cielo azul, ribeteado por unas nubes blancas y voladoras, que nos dieron la impresión de un límpido frescor cuando, en realidad, era un trampantojo debido al intenso calor de un sol de justicia que derretía las piedras. Parecido a la propaganda falsa de indicar que el hotel era de lujo, o a la existencia de una piscina en la que soñamos bañarnos, ignorando que era una pequeña balsa, sin apenas agua, en la que reposaban hojas secas que la escasa brisa ni movían: pretensiones, sin duda, de la propiedad. Sin embargo, en derredor del hotel se amansaban aguas como si fueran las de un rio caudaloso.

Así, en general, puedo manifestar que no había bidé en ningún alojamiento; las duchas no estaban aisladas del resto cuarto de baño; las habitaciones adolecían de espacios o cajones donde colgar o guardar la ropa, aunque fueran amplias, destartaladas y colocadas con mal gusto y, eso sí, disponían de televisión y de ¡algo vital! un aire acondicionado que confortaba y revivía. En este, en el de lujo que nos ocupa, nos informaron además que el desayuno era europeo y por la mañana nos entregaron una bolsa de papel con una cajita de leche con café y una pajita para tomarlo, un bollo y unas galletas, dos plátanos y no sé qué menudencia más, algo que, no obstante, nos comimos sin dejar nada, ni rechistar.  Y otra cosa más. Ni nos arreglaron las habitaciones, ni nos cambiaron las toallas en las tres noches que estuvimos: insólito, pero nos alegramos, nadie ajeno a nosotros entró en la habitación. En definitiva, consideramos que no merecía la pena contrariarnos reclamando y menos aun estando de paso, desconociendo sus prácticas, normas y costumbres y, simplemente, ¿para qué molestar a nadie no siendo una cuestión vital e imprescindible?

Este día, solos los dos, descansamos y leímos, cosa que hasta entonces no habíamos podido hacer; nos echamos una buena y reconfortante siesta y pensamos ratificando que el progreso no lo da la riqueza sino el conocimiento; que la libertad no se consigue con dinero sino siendo autosuficientes o valiéndose  por sí mismos; que la felicidad no es un sueño sino un estado de ánimo elocuente que reconforta, para finalmente afirmar que el bienestar del alma, proveedora de paz, está en nuestro interior, en lo que todo descansa, convencidos de que, únicamente, cuando cesen las guerras la humanidad podrá comenzar a ser libre.

“¡Ah! Y, menos mal -le dije a mi mujer, cruzando nuestras miradas- que no fuimos a Disneyland. Además de caro como el hotel, cuando los nuestros volvieron nos contaron lo que sigue: “Hemos hecho cola por más de nueve horas y montado en sus atracciones durante unos diez minutos. Había -agregaron- quienes pagaban a los que esperaban los primeros para adelantarse en las colas”. Con eso, queda dicho todo.

A propósito de la población y sus recursos, Thomas Robert Malthus escribió de la disparidad existente entre el progreso de la población y los medios de subsistencia, y China debió de tenerlo en cuenta estableciendo un control de natalidad que erró. Tal vez, por ello, debió de estudiar, supongo, la forma de regular, ordenar y dar seguridad a su enorme población y evitar sus riesgos. Prever antes que lamentar. E idearon una férrea organización extenuante con cámaras, cacheos, registros, vigilancia y ejemplares castigos; nada que ver con la política, para evitar el caos, la delincuencia y el libertinaje ¿Eso podría exportarse a otros países, por ejemplo, a España?

Vete hacer puñetas Malthus. Dijiste:” La miseria y la pobreza que prevalecen entre las clases inferiores de la sociedad son absolutamente irremediables”. Sin duda es algo tendencioso para justificar las desigualdades económicas de las que disfrutaste. Una mentira repugnante que los “de arriba” se creen, pero que está lejos de la verdad y, si así fuera, habría de remediarse.

Ahí lo dejo. Hasta mi próxima entrada que será la última. Entre tanto, me pregunto en voz alta: ¿Qué es la libertad? ¿Cuáles son sus límites, si los tiene?

 

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