La muerte. Si, la muerte, es la
mejor cosa que sucede: Algo definitivo, sin paliativos.
Imagínese, amigo lector, qué
ocurriría si la muerte no existiera, si fuera una vida para siempre, la que
cualquier persona física tuviera que soportar.
Calle, no diga nada. Lo que pueda
decir sería terrible y poco o nada objetivo como es la justicia humana, ya que
todo cuanto ha ideado el hombre es subjetivo, parcial y no definitivo,
susceptible de mejorar e imposible de perdurar.
Con la muerte cesa todo y por eso
se inventó una vida eterna, sobrenatural y justa que todo dignifica e iguala.
¡Cómo me gustaría que eso fuera así!
Aquí, en la Tierra, en España, a
la mujer de su presidente, una acusación le atribuye los delitos de tráfico de
influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y
apropiación indebida. Pero quién la acusa de tales delitos? ¿Es el juez amigo
de quienes la denuncian o es el enemigo de éstos? Y éstos, quiénes son? ¿Son profesionales
levanta nidos ajenos que actúan por su interés ideológico o son unos pobres
perjudicados que defienden su honestidad y honor?
Me da la sensación de que la
política se mezcla con la justicia y ésta con aquella. La gente de a pie
estamos hartos de tantos malvados intereses de unos y otros que lo único que
pretenden es vendernos la moto. Ya no basta con que las fuerzas del orden público
pongan al caco a disposición del juez para que sea juzgado, ahora tenemos unos
trileros, timadores de hechos y palabras, que llevan a las personas ante la
Justicia para que ésta las interpele y emita un veredicto, aunque sea
retorciendo la ley o lo que sea preciso para que, por cuestiones ideológicas,
se las castigue demostrando una culpabilidad de chupete, sin de antemano
considerar la presunción de inocencia.
¿Qué influencias puede tener la señora esposa
del presidente? ¿Qué cuantía alcanzan sus negocios? ¿De qué caudales públicos
hablamos por malversación y por apropiación indebida? ¡Ah! Si. Su marido es el
presidente: pues, métanse con él y no contra su mujer; menos aún contra una
trabajadora que obedece como haría cualquiera para ganarse el sueldo.
¡Qué poco entiendo de asuntos tan
turbios! No tengo más interés que el que
mi conciencia me dicta, defendiendo a los débiles y trabajadores, combatiendo
con la pluma las injusticias, tratando de hacer el bien sin mirar a quien,
aunque, al fin de cuentas, no gane nada con ello.
¡Qué tengas pleitos y los ganes!,
reza un dicho popular mientras haya espanta pájaros que los provocan. Y es que,
entre los humanos, la justicia se resiente desde el mismo momento que alguien
tenga que impartirla, sea rey, alcalde o juez. Por eso se ideó que alguien la
administrara y dependiera de estudiosos magistrados que, en general, han gozado
de medios para saber mucho de leyes, pero poco de la vida.
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