¿Estamos locos o qué?
Es acojonante que se juzgue a
alguien por aceptar un trabajo y que, además, unos terceros ¡en su sano juicio!
pidan para él una condena de cárcel como si fuera un asesino.
“Cree el ladrón que todos son de
su condición”. Pues no. No somos iguales y los hay quienes no están en su sano
juicio: deliran y su hedor rezuma odio y crueldad.
Pueden alegar, suponer, apuntar,
sospechar, creer, decir e, incluso, probar, que fue colocado por enchufe al ser
hermano de un presidente maligno al que desprecian, o por ser homosexual a los
que, no hace tanto, encarcelaban, o por cualquier otra ocurrencia, dado su
incapacidad de admitir que éste pueda tener méritos propios.
Recelo e imagino que todos los
que piden cárcel para la persona referida son quienes se la merecen por
malintencionados, poniendo a prueba a jueces de un tribunal que han de decidir,
y por necios, intuyendo que les darán la razón. Simplemente, pensar en tal
posibilidad y disparate, me resulta aberrante, demencial, bochornoso, terrible.
Las malas artes de las personas acusadoras, sus ansias y deseos perversos por
hacer escarnio y causar dolor, son tales, que les delata como puros
profesionales de las delaciones continuas que practican, por lo que,
conociéndolos, no se les debía admitir en más causas, pues consumen excesivos
impuestos de los que reniegan
Pero ¿quiénes son? Son los
enemigos de la democracia, expertos en husmear vidas ajenas contrarias a sus
ideas, acudir a los juzgados con recortes de revistas, informaciones falsas,
sospechosas y no contrastadas que, aun sabiendo que son trolas y mentiras,
invocan a sus aparentes visos de verdad. Poco les importa el coste que suponga,
pues sirve de propaganda para sus fieles adictos seguidores que enarbolan
banderas franquistas y no soportan que no gobierne su clase social.
Quien justa o injustamente, en su
caso, haya proporcionado el trabajo público a la persona que nos ocupa, sin
respetar las normas de licitación y contratación correspondientes, con el fin
de que todos no tengamos las mismas oportunidades para conseguirlo, puede,
lógicamente, ser motivo de sanción o pena importante, pero nunca de cárcel.
¡Hasta ahí podíamos llegar!
En fin, ¿en qué cabeza cabe un
castigo para quien, en su caso, acepta un trabajo, sea el que sea, público o
privado? Dictamínese la actuación penal de quien lo otorga, de quien incumpla
la ley, pero jamás de quien lo demanda y lo acepta.
Castigar a quien quiere trabajar
es castigar al sentido común y más en España, donde el enchufe ha sido, es y
será alma mater del amiguismo – si Dios no lo remedia- y antítesis de la
igualdad y justicia practicadas en especial por personas poderosas para, con un
as en la manga, reclamar después el favor prestado con sus compensaciones
correspondientes.
No quiero pensar en un Tribunal
que condena sin pruebas, pues para mí sería un tribunal no solo injusto sino
perverso. Y me pregunto: ¿qué clase de veracidad e imparcialidad puede tener
una intuición? ¿Qué clase de hombre es capaz de saber la verdad que una
intención o presentimiento encierran?
Juzgar es muy difícil, pero
castigar sin pruebas es perverso y, en su caso, se exige una reparación.
Imputar es muy fácil, pero penar siendo inocente es insufrible.
¿Contra quién se ha de actuar?
¿Qué castigo merece quien yerra?
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