jueves, 25 de junio de 2026

Hoy, un folio de Baltasar Gracián en el Arte de la Prudencia

 

Hoy, un folio de Baltasar Gracián en el Arte de la Prudencia.

 

Hoy todo ha logrado la perfección, pero ser una autentica persona es la mayor. Más se precisa hoy para ser sabio que antiguamente para formar siete, y más se necesita para tratar con un solo hombre en estos tiempos que con todo un pueblo en el pasado. 

 

Carácter e inteligencia: los dos polos para lucir las cualidades; uno sin otro es media buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa la predisposición del carácter. La mala suerte del necio es errar la vocación en el estado, la ocupación, la vecindad y los amigos.

 

No multiplicar por dos juna necedad. Es muy frecuente que para remediar un error se cometan cuatro. Evitar uno con otro mayor es como decir mentiras o necedades: para apoyar una se necesitan muchas más. Lo peor de un error es empecinarse; y mucho peor que el error mismo es no saber disimularlo. Una equivocación se paga con más equivocaciones. Hasta el más prudente puede tener un descuida, pero no dos, y más como accidente que como norma.

 

Ni del todo para sí ni del todo para los demás. Ambas cosas son una baja tiranía. Si uno quiere pertenecerse por entero, luego querrá poseer todas las cosas. Los que son así no saben ceder en lo más mínimo, ni perder nada de comodidad. No se ganan a los demás, confían en su suerte y tienen un falso apoyo. A veces conviene ser de los demás para que ellos sean de uno. Quien tiene un empleo público debe ser un esclavo público o “renunciar al cargo junto con la carga”, como dijo la vieja a Adriano. Por el contrario, otros son por completo ajenos: la necesidad siempre está en los excesos y aquí además es desafortunada. Estos no tienen ni un día ni una hora suyas: pertenecen por entero a los demás. Tienen sabiduría para todos e ignorancia para sí mismos. El prudente debe entender que nadie le busca a él, sino aprovecharse de él o de otro a través de él.

 

Hay que usar los medios humanos como si los divinos no existieran, y los divinos como si no existieran los humanos. Es una regla de un gran maestro. (San Ignacio de Loyola 1491-1556). No hay que añadir ningún comentario.

 

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