jueves, 20 de agosto de 2026

EN CHINA (4)

 

Día siete de agosto del 2026.

La cuarta parte de media libra de chocolate, el móvil negro que utilizamos, es imprescindible en China como ya he citado y no me cansaré de repetirlo.

Después de doce horas en el tren desde Shanghái, amanecimos medio dormidos en Pekín, en una céntrica estación situada en una plaza enorme, próxima al hotel que teníamos contratado. Hasta él nos desplazamos andando, merced al itinerario que el móvil nos marca. Zigzagueamos por calles estrechas y aligeramos el paso para evitar empaparnos con la lluvia que comienza a caer, si bien, enseguida dimos con el hotel: un edificio de poca altura, próximo a una comisaría de policía.

Nos gustó tan pronto llegamos, al comprobar la amabilidad con que nos recibieron y no solo eso, pues nos permitieron dejar el equipaje e incluso desayunar, aunque estaba cerrando el restaurante, ya que serían cerca de las diez de la mañana. A Julio, nuestro nieto menor, lo llenaron de golosinas y a nosotros no nos faltó de nada, auto sirviéndonos en el bufé libre cuanto quisimos.  Zhong’an es su nombre que, a juzgar por los libros, fotografías y la especie de museo de historia que en alguna de sus salas hay, deben venerar a Mao Zedong, también conocido como Mao Tse-Tung, el que fuera el primer presidente de la República Popular China y fundador del régimen comunista en este país, tras la victoria del Partido Comunista en la guerra civil contra las fuerzas nacionalistas el 1 de octubre de 1949.

No perdimos tiempo y siguiendo el exhaustivo programa que nuestra hija llevaba preparado, nos trasladamos a un precioso parque donde nos cayó la del pulpo. Así mi mujer y yo pudimos inaugurar los chubasqueros de plásticos azules adquiridos en Galicia, en uno de los muchos caminos de peregrinos que conducen a Santiago. Contemplamos un complejo de templos imperiales construidos en el siglo XV, lugares sagrados donde los emperadores realizaban rituales para honrar al Cielo y orar por tener buenas cosechas (El Templo del Cielo, Patrimonio de la Humanidad).

Al día siguiente, dos taxis nos vinieron a buscar para conducirnos a la Ciudad Prohibida. Comprendí, en su recorrido, lo inmenso que es Pekín, con sus largas y amplias avenidas, con edificios menos altos y más señoriales, a mi parecer, que los vistos en Shanghái y con el denominador común de todas sus ciudades: el ingente número de viandantes en todas ellas, algo que obliga al más pintao a tener mucha, pero que mucha paciencia cuando se es peatón.

Vimos casas viejas en los barrios antiguos, mercadillos callejeros, algunas pagodas y rehusamos ver la Plaza de Tiananmen (tantas veces vista en televisión) y, por supuesto, como estaba previsto, sí iríamos a visitar la Gran Muralla China (patrimonio de la humanidad), pero no fue posible. Recibimos un mensaje oficial en el móvil indicándonos que, debido a “la cola de un tifón”, se anulaban las visitas[i],

Para ver la Ciudad Prohibida, nos adherimos a un grupo, uno de los muchísimos que había comunicándose en inglés y portando una banderita como distintivo para que nadie se despistara: algo nada extraño. Pero si de verdad la historia de aquella ciudad te interesa y te merece la pena conocerla, te recomendaría que la leyeras con tranquilidad y después la visitaras sin más, con curiosidad. Vas a ver bien poco, con apreturas, mucho calor, una inmensa lluvia o las tres cosas a la vez como nos ocurrió a nosotros para amargarnos aún más la corta y pesada visita, cuya espera y trámites para entrar ocuparon más tiempo que la propia visita. Solos ya, recorrimos sus jardines y fuera de la famosa Ciudad, en la que solo vivían los reyes, su corte y siervos, andando por sus aledaños, no podías dar un paso de tanta gente que había, algo así como en una lenta y numerosa procesión en Sevilla por Semana Santa.

Disfrutamos viendo preciosas niñas de tez blanca vestidas de geishas con sus atuendos y mejores galas. Comimos en un centro comercial fresquito y después nos separamos: Madre, hija y nieto mayor se quedaron para comenzar y dar rienda suelta al deporte de las compras. Nosotros -un servidor, mi yerno y mi nieto, su hijo- cogimos el metro, el Palacio del Pueblo, como alguien lo llamó, que conforta con su nula lluvia, su refrigeración y su rapidez para moverse, para esperarles en el hotel, donde caí rendido en la cama hasta que mi mujer, al llamarme, me despertó de un sueño reparador, para contarme su alegría por las cosas tan baratas adquiridas.

Los días pasaban como suspiros, sin parar, en continuo movimiento, comentando lo que ves, ideado los planes del día siguiente, charlando en el patio del comunista hotel que era muy agradable y nos encantaba, distraídos con cualquier cosa e, incluso, dispuestos a levantarnos a las tres de la madrugada para ver el partido de España contra Bélgica que televisaban.

Nos hubiéramos quedado en Pekín más de los tres días que estuvimos y haber seguido contemplando las maravillas de tan bella y acogedora ciudad, sus diversos y curiosos mercados como el “Mercado de las perlas” u otros callejeros por los que pasamos, sin embargo, el tiempo obliga y nuestro cuerpo más: hemos de seguir el plan previsto y ¡aún nos queda tanto por recorrer!

 



[i] Al día de hoy, sea dicho de paso, el Gobierno de China o a quién corresponda, no nos ha devuelto el importe de las entradas, que teníamos pagadas, pese a nuestras reiteradas reclamaciones. Algo que va en detrimento del turismo, al que ahora y desde estas líneas alertamos, haciéndoles saber que nos vienen prometiendo el correspondiente reembolso, pero que nunca llega. Un descaro, irresponsabilidad o negligencia que un país serio no debe permitir; así que, avisados quedan.

 

 

 

 

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