¿Qué es España? ¿Por qué
empleamos la palabra “España” cuando nos conviene? ¿Es algo propio o alguien
con corazón? ¿Qué puede hacer España por nosotros y nosotros por ella? ¿Qué
tiene para que los nacidos en su tierra la invoquen? ¿Su niñez, su abandono, la
lejanía…? ¿Cuál es su significado y hasta qué punto su mención nos sobrepasa?
¿Toda persona física es igual en todo el mundo?
Aun en mis oídos resuena la frase
de Tejero: “Quietos todo el mundo” y la ráfaga de balas
penetrando en el cielo del hemiciclo del Congreso de los Diputados. Un Golpe de
Estado “por España”, “para salvar España”, del que todavía no tengo claro que
le iba en ello a España y a los españoles, salvo al golpista y a los suyos.
Muchos de los habitantes de
España podían haber nacido - ¿por qué no? -
en otro lugar, en Biafra, por ejemplo. ¿Qué importancia tendría Biafra
entonces para los españoles? La misma, sin duda, de la que ahora tiene España
para los ibos. Pero desde chicos a ellos y a nosotros nos inculcaron que lo
propio, “lo nuestro”, es excelente, el ideal de un patriotismo del que
algunos se sirven para enfrentarnos convencidos o no, de que hacen lo mejor,
sin preguntarse para qué o para quién. A los de Kenia, Gabón o a los rusos les
pasará lo mismo tocándoles la fibra sensible de sus sentimientos, los nocivos
orgullos patrios. Y a estos podemos añadir las perversas creencias en un
Dios todopoderoso “que está de nuestra parte”, nos guía y ampara para que unos
pocos -que piden apretarnos el cinturón- vivan como curas.
“No difamarás, ni blasfemarás, ni
mentirás, ni votarás a quienes no crean en Dios ni en España porque esta es
católica y nuestra, y por ella se da la vida”. “No pronunciarás en
nombre de Dios en vano, ni injuriarás, ni te sientas hijo del pecado porque
aquellos que te engendraron estaban bendecidos por Dios y por España”.
¡Que fácil es el uso de las
palabras pomposas! “Morir por Dios y por España”. ¿Cómo se hace eso? Solo
cuando emplearlo interesa. Un interés lícito si el esfuerzo culmina por un bien
propio y general, o se gana el pan con el sudor de la gente - ¡perdón! - con el sudor de tu frente”. “Odia a España”.
“No cree en Dios”, escucho de alguien decir a veces, y me pregunto: ¿De qué
modo se puede odiar a España? ¿Qué le puede afectar a Dios que se crea en Él o
no? También me suena aquello de “Una grande y libre” y las gloriosas
exaltaciones franquistas, las tristezas de emigrantes españoles en Venezuela o
Alemania recordando su tierra en navidades: raíces de una madre Patria que
tuvieron que abandonar obligados por necesidad.
Se puede sentir lo que sea, pues no afectan a las cosas, pero dejar de ser español, creyente o patriota, algo que ni a España ni a Dios impresiona, causa vergüenza en individuos “muy, mucho, patriotas” de pulsera, difamando a madres ajenas y a mujeres que quieren abortar, despreciando a homosexuales y a emigrantes, abusando de críos siendo sacerdotes y rezando por Franco, aireando banderas de la dictadura fascista y mascullando la frase trasnochada de “fuera los rojos comunistas” y todo para sentirse superiores y mandar en nombre de Dios y de España, que consideran suya o de su propiedad, a fin de hacernos retroceder a los tiempos de la Santa Inquisición, donde injustamente se culpaba de herejes a los bautizados y se maltrataba a las mujeres acusándolas de brujas [i] cuando lo que hacían en realidad era reconstruir hímenes dañados por sus violadores, tratando de rehacer su honra para que estos u otros hombres se casaran con ellas y no quedaran en la mendicidad o en la prostitución: “Difama que algo queda”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario