jueves, 8 de octubre de 2026

UNA ÉLITE QUE MANDA MUCHO (ocho)

 

¿Qué es España? ¿Por qué empleamos la palabra “España” cuando nos conviene? ¿Es algo propio o alguien con corazón? ¿Qué puede hacer España por nosotros y nosotros por ella? ¿Qué tiene para que los nacidos en su tierra la invoquen? ¿Su niñez, su abandono, la lejanía…? ¿Cuál es su significado y hasta qué punto su mención nos sobrepasa? ¿Toda persona física es igual en todo el mundo?

Aun en mis oídos resuena la frase de Tejero: “Quietos todo el mundo” y la ráfaga de balas penetrando en el cielo del hemiciclo del Congreso de los Diputados. Un Golpe de Estado “por España”, “para salvar España”, del que todavía no tengo claro que le iba en ello a España y a los españoles, salvo al golpista y a los suyos.

Muchos de los habitantes de España podían haber nacido - ¿por qué no? -  en otro lugar, en Biafra, por ejemplo. ¿Qué importancia tendría Biafra entonces para los españoles? La misma, sin duda, de la que ahora tiene España para los ibos. Pero desde chicos a ellos y a nosotros nos inculcaron que lo propio, “lo nuestro”, es excelente, el ideal de un patriotismo del que algunos se sirven para enfrentarnos convencidos o no, de que hacen lo mejor, sin preguntarse para qué o para quién. A los de Kenia, Gabón o a los rusos les pasará lo mismo tocándoles la fibra sensible de sus sentimientos, los nocivos orgullos patrios. Y a estos podemos añadir las perversas creencias en un Dios todopoderoso “que está de nuestra parte”, nos guía y ampara para que unos pocos -que piden apretarnos el cinturón- vivan como curas.

“No difamarás, ni blasfemarás, ni mentirás, ni votarás a quienes no crean en Dios ni en España porque esta es católica y nuestra, y por ella se da la vida”. “No pronunciarás en nombre de Dios en vano, ni injuriarás, ni te sientas hijo del pecado porque aquellos que te engendraron estaban bendecidos por Dios y por España”.

¡Que fácil es el uso de las palabras pomposas! “Morir por Dios y por España”. ¿Cómo se hace eso? Solo cuando emplearlo interesa. Un interés lícito si el esfuerzo culmina por un bien propio y general, o se gana el pan con el sudor de la gente - ¡perdón! -  con el sudor de tu frente”. “Odia a España”. “No cree en Dios”, escucho de alguien decir a veces, y me pregunto: ¿De qué modo se puede odiar a España? ¿Qué le puede afectar a Dios que se crea en Él o no? También me suena aquello de “Una grande y libre” y las gloriosas exaltaciones franquistas, las tristezas de emigrantes españoles en Venezuela o Alemania recordando su tierra en navidades: raíces de una madre Patria que tuvieron que abandonar obligados por necesidad.

Se puede sentir lo que sea, pues no afectan a las cosas, pero dejar de ser español, creyente o patriota, algo que ni a España ni a Dios impresiona, causa vergüenza en individuos “muy, mucho, patriotas” de pulsera, difamando a madres ajenas y a mujeres que quieren abortar, despreciando a homosexuales y a emigrantes, abusando de críos siendo sacerdotes y rezando por Franco, aireando banderas de la dictadura fascista y mascullando la frase trasnochada de “fuera los rojos comunistas” y todo para sentirse superiores y mandar en nombre de Dios y de España, que consideran suya  o de su propiedad, a fin de hacernos retroceder a los tiempos de la Santa Inquisición, donde injustamente se culpaba de herejes a los bautizados y se maltrataba a las mujeres acusándolas de brujas [i] cuando lo que hacían en realidad era reconstruir hímenes dañados por sus violadores, tratando de rehacer su honra para que estos u otros hombres se casaran con ellas y no quedaran en la mendicidad o en la prostitución: “Difama que algo queda”.

 



[i] Bien sabemos hoy que las brujas nunca han existido.

 

 

 

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