domingo, 23 de agosto de 2026

EN CHINA (5)

 

No quiero dejar pasar por alto algo sorprendente para mí. ¡Personas pagando por acariciar gatos! Estos mininos, gordos, mansos - ¿tal vez drogados? - y con mucho pelo, se dejaban acariciar suavemente por manos humanas. Otros mininos enjaulados se vendían y nos indicaron lo bien acogidos que eran, al contrario que los perros que, apenas si los veíamos paseando con sus amos.

En el tren bala, desde Pekín llegamos a Xi'an. Una ciudad en la que teníamos contratadas tres habitaciones de un hotel a nuestra disposición. ¡Y nos llevamos un buen un susto! Las jóvenes que nos atendieron, que apenas hablaban inglés, nos dijeron no saber nada de nuestros alojamientos: carecíamos de ellos. Tuvimos que mostrar la confirmación de reserva que conservábamos hasta que, lamentando su error, nos pidieron disculpas alegando, como excusa, que nuestras habitaciones no estaban dispuestas todavía y que, por favor, aceptáramos una provisional para dejar nuestros equipajes mientras nos las preparaban. Las ocupamos media hora más tarde. Pero ¿se imaginan qué hubiera pasado si no hubiéramos llevado el comprobante? ¿Nos hubieran alquilado otras? ¿Denunciaríamos sin un justificante que acreditara nuestra palabra? ¿Buscaríamos otro alojamiento? Mejor no pensarlo

 Era un edificio de más de treinta plantas en el que calculé, grosso modo, estaría ocupado por más de tres mil personas en sus oficinas, hospedajes, apartamentos privados y demás ocupantes. ¿Cómo sería una reunión de propietarios? Nuestras amplias habitaciones, con sus cuartos de baños correspondientes, se hallaban dos en la sexta planta, una la ocuparon nuestros nietos Julio y Daniel) y otra, nuestra hija (Rebeca) y su marido (Benjamín); la nuestra, en la octava, tenía unas vistas espectaculares y espeluznante caída, si bien, los ventanales no podían abrirse, estaban fijos, inhabilitados para lanzarse al vacío.

Posiblemente, desde tanta altura, me dio por cavilar. “Pasarán -pensé- millones de años cuando la Especie Humana alcance esa humana y perfecta condición y, entonces, pueda ser sucedida y superada por otra especie a la que denominé “Ingenitos”, algo de lo que, con tal título, escribí el pasado día dos de agosto en este mismo blog y que recomiendo leer. Un hecho donde la materia y el espíritu se aúnan, fundidos en una sola cosa, energía posiblemente, para que todo vuelva al origen de la creación y la humanidad torne, aunque de distinta manera”.

Me percaté también que China, como nación inmensa, vela por la seguridad de millones de habitantes, vigilando carreteras, puertos, estaciones de ferrocarril, aeropuertos y demás transportes originando, eso sí, muchas molestias. Agujeros de metro como los de las hormigas en un mundo bajo tierra confortable y seguro. Centros comerciales enormes que ocupan altos edificios de cinco o más plantas con infinidad de tiendas de todas clases, restaurantes y demás virguerías donde la gente bulle, se distrae y se protege de las inclemencias del tiempo. Un mundo extraño y de contrastes, que ha roto con el pasado mísero y lúgubre que fue, debido a sus tiranos gobernantes: emperadores y secuaces. Hoy China se ha transformado por completo en una nación futurista, a la que auguro un esplendoroso porvenir de mantener la paz interior con menor pobreza y mayor igualdad entre su gente, olvidándose de colonialismos y fomentando la ausencia de confrontaciones y guerras que en nada ni a nadie benefician.

Anoté que un euro venía a ser 7,84 yuanes, por lo que mentalmente el precio lo dividíamos por ocho para saber la equivalencia con el nuestro. Que su seguridad respecto a la delincuencia se eleva a un 77%, con escasos delitos violentos. Que el paro rondaba el 5%, aunque entre los jóvenes sea de superior porcentaje. Que, aunque la pobreza severa fue abolida, los salarios son bajos y las desigualdades entre pobres y ricos se están distanciando: el 1% más rico de la población supera al 50% más pobre y los ingresos de aquellos se multiplicaron por 40 (entre 1978 y 2010) frente solo a cinco veces los del 40% más pobre. Los propietarios de las viviendas alcanzan a más del 90% de la población, si bien las grandes disparidades entre las zonas urbanas y rústicas no se hayan equilibrado en bienestar social (ni en salud y ni en educación)

Xian, la antigua capital, nos esperaba. Y junto con “mis dos mujeres: madre e hija”, dejamos el hotel, donde se quedaron mi yerno y los dos nietos. Nos fuimos a ver el interior de su vetusta muralla y hacia muchísimo calor, pese a ser las últimas horas de la tarde. Repentinamente, unas animadas luces y música nos llamaron la atención. Nos acercamos. (Por cierto, digamos de paso que, en la China que recorrimos, no faltaba un servicio público donde vaciar la vejiga; al contrario, abundaban y algo que aparentemente parece banal, no lo es ni lo será para determinadas personas mayores como nosotros: siendo de gran ayuda). Pues bien, era una calle estrecha y llena de gente paseante, viendo y comprando. Muchas luces y coloridos en ambos lados con puestos de todas clases con bebida, comida, regalos, amuletos, gatos, golosinas y motos a paso de tortuga y, a veces, algún coche despistado o necesitado que, a impulsos, se abría paso. Al final del trayecto de todo aquel aglomerado gentío, que parecía disfrutar en una feria, unas geishas, preciosas y arregladísimas, me sonrieron dándome la sensación de que el oficio más antiguo del mundo en China también existía. Mis mujeres ni se percataron.

A propósito de geishas, os contaré más adelante, en una próxima entrada, un curioso detalle sobre las mismas. Convendrá estar atentos.

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