No quiero dejar pasar por alto
algo sorprendente para mí. ¡Personas pagando por acariciar gatos! Estos
mininos, gordos, mansos - ¿tal vez drogados? - y con mucho pelo, se dejaban
acariciar suavemente por manos humanas. Otros mininos enjaulados se vendían y
nos indicaron lo bien acogidos que eran, al contrario que los perros que,
apenas si los veíamos paseando con sus amos.
En el tren bala, desde Pekín
llegamos a Xi'an. Una ciudad en la que teníamos contratadas tres habitaciones de
un hotel a nuestra disposición. ¡Y nos llevamos un buen un susto! Las jóvenes
que nos atendieron, que apenas hablaban inglés, nos dijeron no saber nada de
nuestros alojamientos: carecíamos de ellos. Tuvimos que mostrar la confirmación
de reserva que conservábamos hasta que, lamentando su error, nos pidieron
disculpas alegando, como excusa, que nuestras habitaciones no estaban
dispuestas todavía y que, por favor, aceptáramos una provisional para dejar
nuestros equipajes mientras nos las preparaban. Las ocupamos media hora más tarde.
Pero ¿se imaginan qué hubiera pasado si no hubiéramos llevado el comprobante?
¿Nos hubieran alquilado otras? ¿Denunciaríamos sin un justificante que
acreditara nuestra palabra? ¿Buscaríamos otro alojamiento? Mejor no pensarlo
Era un edificio de más de treinta plantas en
el que calculé, grosso modo, estaría ocupado por más de tres mil personas en
sus oficinas, hospedajes, apartamentos privados y demás ocupantes. ¿Cómo sería
una reunión de propietarios? Nuestras amplias habitaciones, con sus cuartos de
baños correspondientes, se hallaban dos en la sexta planta, una la ocuparon
nuestros nietos Julio y Daniel) y otra, nuestra hija (Rebeca) y su marido
(Benjamín); la nuestra, en la octava, tenía unas vistas espectaculares y
espeluznante caída, si bien, los ventanales no podían abrirse, estaban fijos,
inhabilitados para lanzarse al vacío.
Posiblemente, desde tanta altura,
me dio por cavilar. “Pasarán -pensé- millones de años cuando la Especie Humana
alcance esa humana y perfecta condición y, entonces, pueda ser sucedida y
superada por otra especie a la que denominé “Ingenitos”, algo de lo que, con
tal título, escribí el pasado día dos de agosto en este mismo blog y que
recomiendo leer. Un hecho donde la materia y el espíritu se aúnan, fundidos en
una sola cosa, energía posiblemente, para que todo vuelva al origen de la
creación y la humanidad torne, aunque de distinta manera”.
Me percaté también que China,
como nación inmensa, vela por la seguridad de millones de habitantes, vigilando
carreteras, puertos, estaciones de ferrocarril, aeropuertos y demás transportes
originando, eso sí, muchas molestias. Agujeros de metro como los de las
hormigas en un mundo bajo tierra confortable y seguro. Centros comerciales
enormes que ocupan altos edificios de cinco o más plantas con infinidad de
tiendas de todas clases, restaurantes y demás virguerías donde la gente bulle,
se distrae y se protege de las inclemencias del tiempo. Un mundo extraño y de
contrastes, que ha roto con el pasado mísero y lúgubre que fue, debido a sus
tiranos gobernantes: emperadores y secuaces. Hoy China se ha transformado por
completo en una nación futurista, a la que auguro un esplendoroso porvenir de
mantener la paz interior con menor pobreza y mayor igualdad entre su gente,
olvidándose de colonialismos y fomentando la ausencia de confrontaciones y
guerras que en nada ni a nadie benefician.
Anoté que un euro venía a ser
7,84 yuanes, por lo que mentalmente el precio lo dividíamos por ocho para saber
la equivalencia con el nuestro. Que su seguridad respecto a la delincuencia se
eleva a un 77%, con escasos delitos violentos. Que el paro rondaba el 5%,
aunque entre los jóvenes sea de superior porcentaje. Que, aunque la pobreza
severa fue abolida, los salarios son bajos y las desigualdades entre pobres y
ricos se están distanciando: el 1% más rico de la población supera al 50% más
pobre y los ingresos de aquellos se multiplicaron por 40 (entre 1978 y 2010)
frente solo a cinco veces los del 40% más pobre. Los propietarios de las
viviendas alcanzan a más del 90% de la población, si bien las grandes
disparidades entre las zonas urbanas y rústicas no se hayan equilibrado en
bienestar social (ni en salud y ni en educación)
Xian, la antigua capital, nos
esperaba. Y junto con “mis dos mujeres: madre e hija”, dejamos el hotel, donde
se quedaron mi yerno y los dos nietos. Nos fuimos a ver el interior de su
vetusta muralla y hacia muchísimo calor, pese a ser las últimas horas de la
tarde. Repentinamente, unas animadas luces y música nos llamaron la atención.
Nos acercamos. (Por cierto, digamos de paso que, en la China que recorrimos, no
faltaba un servicio público donde vaciar la vejiga; al contrario, abundaban y
algo que aparentemente parece banal, no lo es ni lo será para determinadas
personas mayores como nosotros: siendo de gran ayuda). Pues bien, era una calle
estrecha y llena de gente paseante, viendo y comprando. Muchas luces y
coloridos en ambos lados con puestos de todas clases con bebida, comida,
regalos, amuletos, gatos, golosinas y motos a paso de tortuga y, a veces, algún
coche despistado o necesitado que, a impulsos, se abría paso. Al final del
trayecto de todo aquel aglomerado gentío, que parecía disfrutar en una feria,
unas geishas, preciosas y arregladísimas, me sonrieron dándome la sensación de
que el oficio más antiguo del mundo en China también existía. Mis mujeres ni se
percataron.
A propósito de geishas, os
contaré más adelante, en una próxima entrada, un curioso detalle sobre las
mismas. Convendrá estar atentos.
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