“Cree el ladrón que todos son de
su condición” y no es cierto. La verdad es que hay personas, hombres y mujeres,
que están endiosados o se creen dioses por obra y gracia de su profesión que,
aun sabiendo que no lo son al nacer, vivir y morir como simples humanos, tienen
en sus manos infinidad de destinos y vidas ajenas. Hablo de seres importantes y
poderosos, sí, pero no llenos de luz y que, a ojos de muchos ciudadanos, son
intratables, distantes, creídos o unos estúpidos desconocidos.
“Que tengas pleitos y los ganes”,
reza un dicho popular como si de una maldición gitana se tratara, de la que no
se sabe cuánto de cierto hay en ello, ya que, quien la pronuncia, se refiriere
a la infinidad gastos y tiempo, intranquilidad y pesadumbre que una persona,
demandante o demandado, puede sufrir en un proceso hasta su resolución, como
mínimo.
Tareas de jueces, magistrados,
fiscales … hombres de carne y hueso como los demás, pero que, examinada la
verdad, nos dice que no lo son. Pues, por lo general, provienen de familias
adineradas con capacidades para, durante bastante tiempo, poderse permitir no
tener ingresos de quienes (sus hijos) tratan de acabar las especiales carreras
citadas. Esto, por otra parte, debido al intenso estudio de la jurisprudencia,
priva a los futuros interpretadores de la ley de la experiencia competitiva de
otros trabajos necesarios para ganarse la vida con más o menos dificultades. No
obstante, que nadie cuestione los múltiples factores que influyen en la
existencia de cada cual y de las maneras tan diversas para seguir adelante dado
que, aunque las generalidades sean elocuentes y la excepción una rareza
circunstancial, la clase pobre apenas si llega a conseguir puestos en tan
distinguidas profesiones, ni aun privándose de tener hijos.
Copio
palabras de Jesús Marañna que dicen: “La esencia y también lo que responde a la
lógica, al sentido común, a la ecuanimidad… Para ser justa, la administración
de justicia tiene la obligación de aparentar imparcialidad y, si es posible,
ejercerla. Para ser creíble, debe ser comprensible. Todo esto no es un
desiderátum sino un simple recordatorio de las obligaciones que cualquier juez
tiene el deber de cumplir como servidor público –sí, público, que demasiado a
menudo se olvida–“.
Copio también
un párrafo de Rosa María Artal que dice: “Lo del Poder Judicial, con todo lo
que hemos visto, no tiene un pase en absoluto. La justicia no es de inspiración
divina como se consideraba antaño y aún parece pensar Isabel Perelló, sino que
emana del pueblo, según la Constitución española. El respeto no se exige, se
gana, dicen algunos; se pierde también y están ocurriendo algunas cosas
escandalosas”.
Todo esto, a
propósito de que el erario paga a la Justicia por ser ecuánime y no política,
equilibrada y no tendenciosa, acometiendo asuntos exclusivos de enorme enjundia
y aunque sea manca y coja a nadie beneficie ni perjudique siendo muda, ciega y
sorda.
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