En España, allá por mi
novecientos treinta y seis, parte del ejército español que, había jurado
lealtad a su pueblo y al gobierno republicano recién elegido, se alzó en armas
contra el propio pueblo y gobierno, es decir, contra todos los ciudadanos desarmados
que tuvieron que ser defendidos por otra parte de militares que no se unieron a
los sublevados. Fue una rebelión armada que quiso imponer su criterio
desestabilizando el orden democrático existente de la II República, legalmente
establecida. Es decir, los que se hicieron llamar nacionales iniciaron
una guerra cruel entre españoles hermanos tan solo por pensar de forma
diferente como si los que, a la postre perdieron, no fueran nacionales y
españoles también. Una guerra bélica horrible con un millón de muertos (se
dice) y otra no militar y silenciosa llena de intenso odio y desprecio a
prisioneros y exterminados, a todos cuantos fueron sacrificados hasta años
después de la muerte del dictador, en noviembre de 1975. El mayor genocidio
conocido en España, merced a un amorfo déspota que unos lo sitúan quemándose en
los horribles infiernos y otros en los altares de unos cielos oscuros coronados
de hojas secas de laurel, una vez muerto por la gracia de Dios.
En un principio no había más
razón para comenzar una guerra, por mucho que cada cual lo explique a su
manera, que los distintos pensamientos de los españoles como ahora sucede y
siempre sucederá. Algo preocupante porque la historia se repite y las “dos Españas”
cobran sentido. Una nacional, exclusiva y cerrada. Otra, internacional,
universal y abierta. Un dilema en el que jamás nos pondremos de acuerdo, aunque
las distancias no sean interminables como el día y la noche.
Conocemos el camino recorrido por
el dictador hasta su muerte, basado en una España dolosa y cruel que le
pertenecía y en la que mandaba por completo junto a unos pocos de su caterva,
manteniendo una ley y un orden a su antojo, mientras el resto de la población
vivía callada, obligada a sus expensas y bajo su sombra.
El proselitismo fue espeso y
convincente en una sola dirección, imperando el gusto por la austeridad, sin
permitir una réplica, con un “Movimiento Nacional” férreo en manos de una
iglesia católica que, salvo excepciones, no emulaba a Cristo sino a su Generalísimo
Franco, su salvador, al que bajo palio y alabanzas lo conducían a las aras de
sangre manchadas, sabedores de sus crímenes y de haber sido un traidor a la II
República. Y, hasta su muerte, la guerra callada permaneció entre el miedo de
los vivos y los muertos desaparecidos, por mucho que los “nacionales” hablaran
de 25 años de paz, de Una, Grande y Libre cuando España no era nada de eso,
siendo el culo del mundo gobernada por un tirano.
Su muerte dio un respiro a los
mudos que sabían de sus hechos en vida, aunque algunos agradecidos quisieron
perpetuar su régimen dictatorial establecido, pero por suerte no les fue
posible, merced a que una bomba de ETA acabó con la vida de su sucesor. No
obstante, se acordó una pacifica Transición elogiada por mucha gente, entre la
que este autor se incluye, perdonando a los verdugos sin que las heridas fueran
restañadas, ni debidamente curadas, pese a haber transcurrido cuarenta años
desde el victorioso Alzamiento militar de unos sublevados perjuros y
musulmanes. Una Transición equivocada porque las instituciones y los cargos que
mandaban, dirigiendo y dominando, no se cambiaron y siguieron siendo los
mismos: jueces, fuerzas del orden público (militares, guardia civil, policía),
organismos públicos, políticos, maestros instruidos en “la formación del
Espíritu Nacional” y todo ello sin dar pábulo a las escuelas para que nos
dijeran la verdad permitiendo a sus organizaciones, en especial a la FE y las
JONS (Falange Española y de la Juntas Ofensiva Nacional Sindicalista) que,
contrarias a la democracia, quedaron y permanecen todavía considerándose los
genuinos españoles mientras los demás o
son apátridas o de otra nación porque no piensan como ellos.
Desde la puesta en marcha de la
Constitución española de 1981 hasta hoy, 2026, pasados cuarenta y cinco años,
la alternancia en el poder político que nos gobierna ha cambiado de signo
varias veces y, sin embargo, aun sigo escuchando el Cara al Sol de los
vencedores de una guerra sangrienta entre hermanos, que nos hace revivir
aquellos nacionalismos malditos de antaño, que a unos les causa nostalgia
recordando una dictadura perdida y a otros les evoca la mayor mortandad dada en
toda la historia de España, que una vez muerto su causante, ni ha sido
estudiada en las escuelas para que los niños la aprendieran, ni nos hemos
puesto de acuerdo para que se editara, por lo que es y sigue siendo una
asignatura pendiente de una Historia Prohibida.
¿Podría pasar hoy -noviembre de
2026- lo mismo que entonces, en 1936?
La pinta apunta que no se anda
descaminado, pues jamás desde entonces se ha vivido con tantos insultos,
descalificaciones y burradas de todo tipo como las de ahora. Públicamente las
cruzan los políticos, periodistas, influyentes, publico en general entre sí, aunque
la palma se las lleve los radicales de derechas principalmente contra los
socialistas que están en el poder. Ganas me dan de mandar a mierda a tanta
gente, en especial a los dirigentes, que lo único que saben es medrar, ganar
confianzas para permitir a los suyos robar y aprovecharse de una clase
trabajadora a la que culpan de todos los males para dejarlos en la indigencia.
Y eso no es todo, la propaganda, los mensajes, las comunicaciones y los hechos
que nos transmiten son en su mayor parte falacias para criminalizar a sus
contrarios, aunque todos sepamos aquello de que “cree el ladrón que todos son
de su condición” y lo practican.
Es todo un guirigay para que
nadie se aclare y ante tanta mierda ganancias de pescadores. Es muy difícil que
la gente de abajo, pobre, humilde, sencilla, pueda rebelarse. Al contrario, la
clase de arriba, la rica, la poderosa, la influyente, la que ya el 23 de
febrero de 1981, de infausta memoria, el teniente coronel Tejero volvió a dar a
dar un golpe de estado que, afortunadamente, fue frustrado.
Menos mal, supongo, que las
Fuerzas Armadas de España están intelectualmente mejor dotadas y tienen en su
poder -valga la redundancia- la fuerza de las armas, aunque las reminiscencias
queden sin que jamás todo se olvide.
Hoy, a las puertas de unas nuevas
elecciones para formar un nuevo gobierno, no existe un debate público por
ninguno de los contendientes para que los aspirantes sean creíbles por los
ciudadanos. Espero que así no lo sea, pues sería una pena no ver una confrontación
dialéctica. El ambiente esta pervertido, no tanto por los últimos adelantos
tecnológicos como la Inteligencia Artificial (IA) tramposa, que también, sino
por los propios partidarios que mienten, engañan, difaman y emplean argucias de
mal gusto para que la gente de a pie sepa a quien no elegir; algo que, por
desgracia, sucede al revés por ser el pueblo, en su mayoría, personas
confiadas, creyentes y de buena fe que, a veces, por disposiciones se
equivoquen.
Todos los habitantes de España
son parte de la misma nación y han de ser españoles sin complejos que
mutuamente se respeten y remen en la misma dirección para hacer un país
importante, aunque unos canten El Cara al sol y otros La internacional, aunque
sus susceptibilidades discrepen en el fondo y en la forma, aunque no se pongan
de acuerdo parar lograr su objetivo político y éste se alcance por mayoría,
aunque ignoren que el principio fundamental de la humanidad estriba en lograr
personal e individualmente su felicidad.
La que deseo para todos vosotros,
amigos lectores.
Gracias por recordarnos tan claramente la historia reciente de nuestro querido pais
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