Es triste, pero así es. Hay que
poner precio a la mentira, al engaño, a la mala fe.
Generalizar siempre es
comprometido, además de injusto; sin embargo, a las personas de a pie, como a
un servidor, nos molesta y perturba la mala fe. Ante ella no hallamos otra
alternativa que tildar de embusteros, miserables y farsantes a quienes la practican
de ordinario: políticos, comunicadores,
periodistas y otros que pululan por España. Pero eso no es así. Los hay de
cualquier color y condición como somos todos los demás.
¿Qué hacer, por tanto, con la
cantidad de noticias e informaciones con las que nos sorprenden unos y otros y
terminan siendo trolas descaradas? ¿Aguantar, criticar?
Sugiero crear unos “anónimos
defensores del pueblo” por una justicia objetiva y responsable de la
honorabilidad. Un grupo de personas ignotas elegidas al azar detectoras
y comprometidas con la verdad, con la capacidad para imponer multas
crematísticas a quienes, de una u otra forma, lancen en cualquier medio
público, escrito o hablado, mentiras, bulos, desinformaciones, engaños y demás
noticias embusteras o tendenciosas para equivocar. El bolsillo duele bastante
más que una detención o rapapolvos, aun cuando ambas cosas tampoco estarían de
más.
La gente, en general, desconfía,
se vuelve incrédula, no quiere saber nada y se desentiende. Y ante ese panorama
hay personas que se paralizan, se decepcionan e, incluso, se enfadan con ellas
mismas por haber creído en algo o alguien de buena fe cuando, en realidad ha
sido engañada por un truhan de turno al servicio de un medio divulgativo serio
que difunde noticias falsas, inventadas e interesadas para conseguir réditos o
beneficios de cualquier condición, especialmente políticos y comerciales.
Estamos llegando, bajo mi punto
de vista, a una indiferencia absoluta por parte de los receptores ante noticias
de aparente realidad que, más tarde, descubrimos que no lo son. Sin embargo,
muchas de las falsas informaciones facilitan los resultados apetecidos,
buscados o cobrados por el emisor, toda vez que, aunque luego cuando se
desmientan ya no tiene ni remedio ni solución y “si te he visto ni me acuerdo”.
Comprendo la dificultad que
entraña “esa justicia”, la idea que expongo, sin embargo, la
persona física o jurídica responsable de la divulgación, debería advertir
avisando de la posibilidad de falsedad como una medida de precaución y, de no
hacerlo, que ni la paz ni la caridad lo salve y pague una importante multa en
dinero, lo que se estipule y determine con arreglo a la gravedad del asunto o
al daño producido.
Bien, es cierto, que se sabe del
pie que cojean muchos medios difusores, pero eso no justifica su mentira, ni
siquiera para tener contentos a su parroquia o para lograr más consumidores. La
verdad ha de estar por encima de todo, aunque pese y, por tanto, echar mano al
bolsillo del vocero, que le duela o resienta sus beneficios.
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