Los españoles tenemos sangre y
espíritu latinos y con los que pensar, sentir y actuar. Lo hacemos a impulsos o
de manera pausada, si bien, ni nos desangramos, ni nos angustiamos sabedores
que, de hacerlo, moriríamos.
Votar es una decisión que a los
de “abajo” nos interesa porque somos más numerosos que los de “arriba” que, aun
siendo menos en número, sus influencias, poder y dinero pueden comprar,
sobornar o medrar voluntades ajenas de gente necesitada o a su servicio, de
políticos perversos e interesados en desaparecer en islas pérdidas o allá donde
puedan salvar su culo y darse la vida padre.
Tengamos en cuenta que son muchos
los envidiosos que añoran las riquezas de los ricos y, agradecidos, se venden
por un plato de lentejas, les hacen la “pelota” para ser bien tratados y
acogidos por ellos, en sus regazos.
No seamos tontos ni lerdos;
desconfiemos especialmente de los que mucho prometen, de los que dicen
querernos y luego “si te he visto no me acuerdo”. No olvidemos su historia y lo
que antes hicieron cada uno, toda vez que así, de igual manera, se comportan.
Hagamos caso a nuestra conciencia, la que nos dicta lo que nos conviene
teniendo en cuenta que los votos son secretos y nadie tiene que por que saber a
quién votaste. En último término, si dudas, ayuda a los tuyos, a los de tu
clase social, con los que te identificas: ellos, mejor que nadie, te
comprenderán, aunque, a veces, sepamos que algunos salen ranas.
Hasta hoy, la actual oposición,
la derecha conservadora y radical, ha demostrado que lo único que saben hacer
bien es votar en contra de los pobres, modestos trabajadores a los que niegan
la mejora de sus salarios y remuneraciones, sus vacaciones y descansos y los
beneficios que para ellos multiplican….
Lo que mejor saben hacer, es
favorecer a los ricos y grandes empresas, pues ambos se necesitan y, hoy por ti
y mañana por mí o viceversa, se retroalimentan. No dan de comer a lo público
para que inane muera y alimentan a lo privado que ensalzan. A estos facilitan
mayores márgenes, rebajas de impuestos y reparto de dividendos. Acceden a
paraísos fiscales, condonan sus deudas con ampliaciones o quiebras y
desaparecen, aunque siempre queda alguna puerta transitoria para quienes todo
eso lo permitieron.
¿Para qué sirven los partidos
políticos que no dialogan por el bien común y sí lo hacen en su propio
beneficio? Engañan con bulos, exagerando
o despotricando hasta extremos inauditos y siempre arremetiendo contra la
cabeza del líder. La base fundamental de la democracia es participar,
dialogar, acordar para actuar en favor de la gente. Pero no.
Solo les interesa el poder. Éste, podría ser otorgado a un grupo de personas
que, a la mayor brevedad, elaboraran un programa político, social y económico a
seguir por el partido que ganara las elecciones. Sabríamos qué se va a hacer y
cómo lo harán, para que las distancias sociales dejen de ser tan abismales y
sangrantes como lo son ahora.
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