domingo, 30 de agosto de 2026

EN CHINA (SIETE)

 

Hoy viernes, utilizando el tren, que a veces supera los 350 kilómetros a la hora, llegamos a otra ciudad cosmopolita, Chengdu, de altos y modernos edificios que en nada han de envidiar a los inmensos rascacielos de la Quinta avenida de New York, a la que superan, incluso, en sus grandes centros comerciales de afamadas marcas y firmas conocidas. En Chengdu, la mayoría de sus altas edificaciones son majestuosas moles de cristal modernas y “capitalistas”, de ignorados propietarios en una nación que se jacta de ser comunista. Serán, me imagino, guisos que se comen sin preguntar, otra cosa bien diferente será saber quién y cómo los cocinan.

En esta ciudad el alojamiento que tenemos concertado, en pleno centro de la misma, me pareció más para gente joven mochilera que para mayores como mi mujer y un servidor. Sus salas daban la sensación de ser las de un club juvenil para alternar, charlar y conocerse; para leer, ver la tele o jugar al billar americano y, en especial, por los finos colchones de las tres camas que la habitación tenía sobre la tarima, es decir, tirados en el suelo al igual que sus asientos, cuya altura no superaban un palmo e, ingenuo de mí, pregunté: ¿será estilo japonés? A mi mujer aquello no le gustó y se quejó de la dureza de su lecho, una fina colchoneta donde sufrir toda una noche, y menos mal que lo paliaron incorporando a la misma unas mantas y edredones. Nos asignaron dos habitaciones, con sus correspondientes cuartos de baños (tal vez, lo mejor), tres personas en cada una de ellas, y en la nuestra, además de tener estropeado el televisor, el aire acondicionado era excesivo, en definitiva: no nos agradó, pero tuvimos que aguantarnos.

Nada de todo eso impediría que, en la habitación de nuestros hijos, a las tres de la madrugada, salvo mi mujer, que prefirió seguir durmiendo en aquella, su cama, vimos la final de fútbol de España contra Argentina, que representó una alegría inmensa para volver a dormir más contentos.

Nos llegamos a ver un Buda gigante en el acantilado de otra montaña. Estaba considerablemente lejos. Y, mientras tres escalaban afanosa y peligrosamente hasta la cima en fila india con el resto de los viandantes, nosotros dos, con Julio, navegábamos cómodamente en un barco por un rio majestuoso, desde el cual lo contemplamos si esfuerzo ni agobios, algo que merece la pena hacer y ver.

Una vez más me dio por pensar que es “la pasta”, el lujo, el glamur, la fama, la riqueza, el poder…, más que la curiosidad o la aventura, las posibilidades individuales por las que los humanos nos movemos, especulando en nuestra felicidad, que es la mayor de las suertes que podemos alcanzar, tal vez por efímera e inabordable. Tampoco nos irrita ni nos conmueve la falta de democracia tan difícil de conseguir, sea en China o en España. Y es que, a la mayoría de las personas, les llama la atención la vida fácil, más barata y el regateo, tanto para comprar en los puestos callejeros como en los sitios de super lujo, donde se encuentra de todo.

Nos acercamos ilusionados a ver a los pandas gigantes y madrugamos a las siete, una hora después de acostarnos por ver ganar en la prórroga, a nuestra selección española, un gol a cero, contra Argentina.

Personalmente me gustó la limpieza, el orden y su organización, las maravillosas instalaciones, prodigio de la técnica, con que mantienen la selva donde se encuentran estos animales, tantas veces vistos, sin que ello me motivara, me sorprendiera o llamaran mi atención. Mucho bombo con tan escaso platillo.

A la salida debíamos, al contrario que a la llegada, coger un autobús para llegar al metro por donde nos gustaba movernos y sucedió, no por nuestra culpa, la única incidencia personal del viaje. Fuimos los primero en subir y el último pagaría, pero la lentitud del móvil en pagar, en este caso, se manifestó y cabreado el conductor nos mandó fuera con cajas destempladas, para comprobar cuando bajamos que el precio había sido satisfecho en tal momento. Así que disgustados esperamos al siguiente y el conductor se hizo cargo y nos animó a entrar y viajar sin coste alguno. ¡Está claro que no todos somos iguales y que por una sola actitud no debemos calificar a todos!

Y ahora, sí os contaré la anécdota de la geisha prometida.

En un parque, nos separamos del grupo familiar Julio, mi nieto menor, y yo en busca de un servicio de caballeros, donde hacer nuestros deberes. Hasta el momento, en la mayoría de los lugares públicos o emblemáticos nos habíamos cruzado con bellas geishas que, pese al calor y el agobio de sus vestidos, frecuentaban llamando nuestra atención: charlaban, paseaban, posaban haciéndose fotografías.

Mi nieto también se dio cuenta. Una elegante, esbelta, alta y bella geisha lavaba sus pálidas manos en uno de nuestros lavabos de caballeros. Nos echamos a reír tan pronto salimos de los wáteres y lo contamos a la familia que nos aguardaba.

Así que: ¡Ojo! Habrá que tener cuidado, no todo lo que uno ve es trigo limpio.

Aquí, el “Ojo de Dios”, o el de China, que todo lo ve, nada sabe de las variedades humanas, porque, aunque todas sean iguales, no son las mismas en todo lugar. Blancos, negros o pieles rojas; géneros muy diversos: machos, hembras y otros que son de lo más natural, nada especial, pues jamás dejarán de ser Homo Sapiens Sapìens, el homínido que sabe que sabe. Nada que ver, eso sí, con los móviles y sus aplicaciones que, en el segundo país más numeroso del mundo, todo hace, convertidos en medios actualmente imprescindibles y sin los cuales la vida de los humanos perdería un eslabón que la haga de tal manera continuar.

¡Ah! ¡Qué no se me olvide!  Indispensable portar en toda época un paraguas a fin de protegerse bien del agua de la lluvia, bien de los rayos del sol.

Hasta el jueves que viene.

 

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