Las élites que mandan mucho no necesariamente lo hacen bien y, desde luego, nunca a gusto de todos. Hemos escrito sobre la Justicia, empresarios y obreros, los tiempos y sus circunstancias y, en la anterior entrada, sobre la clase política de la que podríamos escribir muchísimo; sin embargo, hemos de considerar que ninguna persona somos iguales, ni siquiera los nacidos de un único ovulo y espermatozoide, un cigoto que se dividirá en dos embriones, para nacer dos gemelos monocigóticos o idénticos con una misma información genética que, aun siendo del mismo sexo, el tiempo y las circunstancias los cambiarán para ser personas únicas y diferentes.
A propósito de lo dicho, siempre sacamos a
relucir la Naturaleza Humana y esa sí, a mi juicio, es la misma para todos, sin
que ello suponga que nuestro recorrido y destino estén previstos de antemano y
sean el mismo, salvo que los limitemos a la muerte. Ésta servirá para que
nuestro cuerpo físico sea aprovechado por otros seres orgánicos o vivos; si
bien, la desaparición del espíritu es todo un misterio, algo desconocido del
que se ocupan la mayoría de las religiones, cuyas élites, dicho sea de paso,
también mandan mucho, muchísimo, hasta ser parte de nuestras costumbres e
ideologías.
Hablar de política supone hablar
de la forma de vivir de los pueblos y su gente. Algo trascendente que se puede
regir por un orden que nos impongan (dictadura), o por otro elegido por mayoría
(democracia), directa o indirectamente, calificado de tres modos, por
simplificar: de izquierda, de centro y de derecha.
Mi posición es clara: Que no nos
sea impuesta (ni siquiera por ley divina) y sí decidida por las personas
designadas y competentes para instaurar unas leyes consensuadas y aprobadas
democráticamente que hay que cumplir, respetar y, en su caso, revisar. Ellas
nos marcarán estrictamente los derechos y las obligaciones, nuestros beneficios y
penas entre los que destaco: el derecho a la vida (honesta), la
libertad de expresión (acreditada)…, la manifestación y la huelga (pacificas)… y por el contrario, el acatamiento a las leyes citadas y sus castigos por incumplirlas con un delito grave, mentir, descalificar, insultar sin pruebas a fin de que
las palabras no se las lleve en viento y los hechos no queden impunes.
Un tío mío, que murió, decía que
había dos clases de personas: los gandules y los trabajadores. Yo me inclino
limitándolas a buenas y malas personas. Por lo general, si falsean, denigran,
faltan al respeto, son malas y, lamento decirlo, pero los políticos son dados a
estar entre ellas, cuando deberían ser modelos a seguir e imitar. No me
gustaría, pues, hacer política, aunque en mis escritos no pueda dejar de
hacerla tratando, no obstante, de ser ecuánime considerando toda opinión,
tendiendo a la igualdad y libertad de todos con
respeto, pagando mis impuestos a fin de tener seguridad, sanidad
universal gratis e igualdad de oportunidades para estudiar, emprender y ante la
justicia defenderme, anteponiendo el bien común al ánimo de lucro con el que
obtener el bien más superior del hombre:
la Felicidad, que es lo que este blog de Ciudades Ocupacionales persigue.
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