Tengo entendido que los
drogadictos para satisfacerse necesitan, cada vez más, ampliar sus dosis de
droga. Al parecer, con la alimentación y el sexo que no están al alcance de
todos pasa algo similar y su penuria se convierte en padecimiento habitual, sin
ambages, hasta que su suerte cambie y con ella poder gozar. Todo, posiblemente,
sea consecuencia del funcionamiento cerebral humano, el cual, para superar las
dificultades del hambre y experimentar el sexo no consentido, precise de la
fuerza de su voluntad, de una ayuda psicológica o de un correctivo.
En el cerebro se almacenan toda
clase de informaciones para establecerse, fuerte y poderosamente, a partir de
un determinado tiempo en una costumbre o norma como si fueran inflexibles e
inmutables. Pero nada lo es. Tal vez, en su caso, aquello que involuntariamente
sin querer quedó en el olvido, impregnado en el silencio de la infancia, oculto
tras una membranosa cortina transparente y salga ahora, en la vejez, a relucir
para dejarse llevar, ya sin fuerzas, por la resignación.
Es por ello, por lo que el
aprendizaje de la niñez se rememora en la senectud a fin de que la mente no se
paralice, piense y camine, aunque lo haga con miedo y precaución ante tantos
intereses e informaciones falaces a desentrañar. Muchas ideas, sin embargo,
apenas si la ancianidad las utiliza y entiende, toda vez que su asimilación le
cuesta y no la percibe conscientemente cuestionando su uso y verdad, delegando
y confiando, entre otras cosas, porque no tiene otra alternativa.
El tiempo, sus formas y
circunstancias pues, mandan mucho, ya que de ellas dependemos: empresas,
trabajos y gobiernos (empresarios, trabajadores y burócratas) con capacidades
para mover el mundo sembrándolo de sueños y esperanzas para dejar atrás las miserias
que aun prevalecen y nadie desea. Lo no deseable es que hicieran lo contrario
y, a veces, muchas veces, lo practican.
Demos sueltas a la imaginación
para cambiar las leyes que la vida nos arrebata; respetemos la libertad y
fortuna de los demás; acortemos las diferencias económicas y sociales;
desenmascaremos a los agoreros, corruptos, egoístas y desconsiderados que solo
ven el ánimo de lucro y el “san para mí que los santos no comen”, olvidando
que, aunque no queramos, todos moriremos. Agreguemos, por tanto, a la élite de
la Justicia humana (sobre la que comentamos en entradas anteriores), la
alimentación, el sexo y las circunstancias que marcan e influyen sobremanera en
el devenir de la vida de la gente, que son cosas imprescindibles propias de nuestra
Naturaleza única.
Observemos nuestro estado de
ánimo. Percatémonos de su efímera existencia. Comprendamos que todo pasa en un
suspiro, dulce o doloroso, y que, al fin de cuentas, son partes de nuestra
manera, susceptibles de modificar si, convencidos, nos lo proponemos.
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