domingo, 20 de septiembre de 2026

UNA ÉLITE QUE MANDA MUCHO (Tres)

  

Tengo entendido que los drogadictos para satisfacerse necesitan, cada vez más, ampliar sus dosis de droga. Al parecer, con la alimentación y el sexo que no están al alcance de todos pasa algo similar y su penuria se convierte en padecimiento habitual, sin ambages, hasta que su suerte cambie y con ella poder gozar. Todo, posiblemente, sea consecuencia del funcionamiento cerebral humano, el cual, para superar las dificultades del hambre y experimentar el sexo no consentido, precise de la fuerza de su voluntad, de una ayuda psicológica o de un correctivo.

En el cerebro se almacenan toda clase de informaciones para establecerse, fuerte y poderosamente, a partir de un determinado tiempo en una costumbre o norma como si fueran inflexibles e inmutables. Pero nada lo es. Tal vez, en su caso, aquello que involuntariamente sin querer quedó en el olvido, impregnado en el silencio de la infancia, oculto tras una membranosa cortina transparente y salga ahora, en la vejez, a relucir para dejarse llevar, ya sin fuerzas, por la resignación.

Es por ello, por lo que el aprendizaje de la niñez se rememora en la senectud a fin de que la mente no se paralice, piense y camine, aunque lo haga con miedo y precaución ante tantos intereses e informaciones falaces a desentrañar. Muchas ideas, sin embargo, apenas si la ancianidad las utiliza y entiende, toda vez que su asimilación le cuesta y no la percibe conscientemente cuestionando su uso y verdad, delegando y confiando, entre otras cosas, porque no tiene otra alternativa.

El tiempo, sus formas y circunstancias pues, mandan mucho, ya que de ellas dependemos: empresas, trabajos y gobiernos (empresarios, trabajadores y burócratas) con capacidades para mover el mundo sembrándolo de sueños y esperanzas para dejar atrás las miserias que aun prevalecen y nadie desea. Lo no deseable es que hicieran lo contrario y, a veces, muchas veces, lo practican.

Demos sueltas a la imaginación para cambiar las leyes que la vida nos arrebata; respetemos la libertad y fortuna de los demás; acortemos las diferencias económicas y sociales; desenmascaremos a los agoreros, corruptos, egoístas y desconsiderados que solo ven el ánimo de lucro y el “san para mí que los santos no comen”, olvidando que, aunque no queramos, todos moriremos. Agreguemos, por tanto, a la élite de la Justicia humana (sobre la que comentamos en entradas anteriores), la alimentación, el sexo y las circunstancias que marcan e influyen sobremanera en el devenir de la vida de la gente, que son cosas imprescindibles propias de nuestra Naturaleza única.

Observemos nuestro estado de ánimo. Percatémonos de su efímera existencia. Comprendamos que todo pasa en un suspiro, dulce o doloroso, y que, al fin de cuentas, son partes de nuestra manera, susceptibles de modificar si, convencidos, nos lo proponemos.

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