¿Qué sería de la democracia si
todas las personas pensáramos igual?
La democracia dejaría de tener
sentido, supongo. Eso sí, nos entenderíamos y nos pondríamos de acuerdo, algo
que hoy parece imposible por muy positivo que sea. Llegaríamos, está claro, a
un sistema como el que tienen otros animales donde cada individuo realiza una
función determinada, un cometido continuo que nos resultaría excesivamente
aburrido, sin ninguna iniciativa, sin ninguna rebelión. Me imagino la perfecta
vida de las abejas, cumpliendo cada una con su tarea y me pregunto: ¿Nos
gustaría tener un sistema parecido? ¿Sería mucho mejor?
Todas las especies tenemos como
principal objetivo la felicidad, aunque solo la humana goce de un grado de
reflexión superior, no comparable a ninguna otra y, además, no me cabe la menor
duda, que trataremos de inventar alguna pócima, gel, medicamento, utensilio o
máquina que nos mantenga vivos para siempre, aunque dude que se consiga. A fin
de cuentas, sin enemigos superiores, podríamos llegar a ser individuos eternos,
eligiendo el tiempo y lugar de la muerte. Antes de ello, sin embargo,
convendría encontrar los medios para vivir dignamente, con generosidad,
evitando que la avaricia se extienda y nos extermine, algo por otra parte
entendible como designio o naturaleza inherente a la condición humana.
¿Por qué no sustituir la débil
democracia por otro sistema más perfeccionado?
El régimen de Franco llamó a su
dictadura Democracia Orgánica y, lógicamente, a eso, no nos referimos sino a
que especialistas, técnicos, expertos, personas elegidas por sus colegios,
asociaciones, partidos políticos, sindicatos y otros sectores en general,
debatan, discutan y acuerden propuestas sociales, políticas y económicas para
llevarlas a cabo e ir revisándolas y adaptándolas al tiempo, al lugar, a
determinados grupos de la población cada cierto tiempo, llegado el caso. Se
confirmarían después en las Cortes democráticamente como nuevas leyes,
compatibles con el resto de las existentes para que el Ejecutivo las haga
cumplir.
Mientras tanto, relativicemos, no
hagamos caso, o tomemos las cosas con prudencia, en especial las habladurías de
los políticos, periodistas, influyentes, predicadores y demás divulgadores de
cualquier medio que tratan de enfrentarnos. Exijámosles que dialoguen y no
critiquen, que nos eviten sus mentiras y nos aporten soluciones, aunque ya
sepamos que todos ellos quieren mandar, vender sus productos o servicios,
conseguir poder y riqueza y no el bien de la gente ni el de la comunidad a la
que, con muchas de sus ocurrencias, revuelven las tripas.
Así, de ese modo, comienzan las
disputas, barbaries, confrontaciones, guerras… en las que todos perdemos y, ya
se sabe, “a río revuelto ganancia de pescadores”. Las personas de a pie
queremos vivir en paz, dignamente, con medios suficientes y no que algunos
listos, a nuestra cista, saquen sus castañas del fuego.
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