sábado, 23 de septiembre de 2017

NADA QUE VER CON LA DEMOCRACIA

Siento disentir de los que ahora, con el tema de la independencia de Cataluña, dicen que el mismo es una cuestión no de independencia sino de democracia. (La democracia es liberalismo, libertad, pluralismo, tolerancia… lo contrario de autocracia, dictadura, tiranía… Política por la que el pueblo ejerce la soberanía mediante la elección de sus dirigentes).

Creo sinceramente que la democracia es algo maravilloso, encomiable y digno de preservar. Manosearla para principios estériles, pueriles o, sencillamente, para quedar bien como si a los que hemos carecido de ella no nos importara, es jugar con fuego sin haber manejado antes una escopeta. 

Posiblemente denoten mis palabras cierto temor y estáis en lo cierto si así lo pensáis, pero todo aquello que perturbe el entendimiento entre partes no se resuelve enfrentando a los ciudadanos entre sí; al contrario, todos perdemos como perdimos no hace tanto porque alguien no permitió que fueran los políticos (entre ellos) quienes dilucidaran los problemas. Esto no supone aceptar la imposición, la injusticia o el abuso de parte alguna; esto, claramente admite, que los políticos han de ajustarse a las normas por ellos establecidas y jugar las cartas para cambiar sus reglas sin esperar a que la gente, por ellos aludida, las rompa y, además, sean los héroes de la película o se vayan de rositas. Reúnanse, hablen y hablen hasta la extenuación si es preciso, sin salir del lugar elegido para el encuentro, hasta que la ausencia de entendimiento haya desaparecido: su desgana, su renuncia, su altivez, su procrastinar o su falta de interés no les justifica; al revés, les denigra y envilece. 

Son de una intolerancia repugnante las posturas tomadas por los líderes de Cataluña y de España. Más si cabe la de éste (cuya responsabilidad es superior) que jamás ha tomado la iniciativa por entenderse o llegar a algún tipo de acuerdo,  salvo ahora, cuando ya no hay remedio, y sus medidas son las de un toro herido dando cornadas a diestro y siniestro por el filo de un precipicio deteriorando la imagen de España. Nos ridiculiza como en otras ocasiones. 

En España, tendríamos que ponernos de acuerdo en las partes auto gobernables de su territorio en razón a orografía, idioma o peculiaridades que se precisen y su modificación no dependa de ningún gobierno cuando se le antoje o considere oportuno. No se puede estar cada día intentando quebrar un compromiso alegando “el derecho a decidir” que la democracia nos otorga. Excepción sin paliativos para territorios sometidos por un régimen totalitario o el caudillaje de un dictador. Excepción también cuando los pactos se hayan alcanzado mediante la opresión, privación de libertades, chantaje o engaño. Podría darse la paradoja que mañana la alcaldesa de Madrid y su gobierno pidiera la independencia de Madrid, ¿por qué no?

Acude a mi memoria la actividad de mi profesión por la cual dos o más clientes deseaban o, mejor dicho, me imponían, pese a mis recomendaciones, abrir una cuenta corriente conjunta, es decir, se obligaban a tener que firmar todos para disponer de la misma. Pues bien, raro era que en el trascurso de la misma, alguno de ellos no exigiera saltarse tal obligación por razones más o menos comprensibles. Entonces, ¿qué se debía hacer?: ¿No consentir? ¿Aceptar? ¿Ceder? Pese a que me asistiera la razón; pese a todo: dialogar y llegar a compromisos.

Algo parecido opino respecto al tema que nos ocupa. Nada que ver con la democracia.  Pienso que acordar sin posiciones radicales es de sentido común. Siempre quedará la posibilidad de confeccionar una nueva cuenta, una nueva Constitución que recoja el sentir del momento; un sentir que puede variar en cualquier tiempo y no sólo dependiente del poder que, sea dicho de paso, en esta ocasión, se asienta en el punto de la cúspide de su autoridad en lugar de en la base del pueblo. Los ciudadanos deben refrendar acuerdos establecidos dentro de la ley y no enfrentarse entre sí por unos políticos que, por lo general, buscan intereses partidistas o salvar su culo señalando culpables e invocando a la democracia sin aportar soluciones que nos lleven a entendernos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

MANDE QUIEN MANDE

Los sentimientos más emblemáticos de los hombres (esos principales seres vivos de la cadena evolutiva), impregnados o no desde la infancia, como el dolor, la angustia o el miedo; el placer, la alegría o el entusiasmo, son susceptibles de ser anulados, modificados o transformados por voluntad propia o ajena, aunque sean motores imprescindibles para mover el mundo y, por ende, hacer suya una religión, una identidad, una ideología y lo que de las mismas surja. (En mis dos anteriores entradas -La dictadura de las religiones y Forjar el futuro- que recomiendo leer, a ellos me refería). 

Hoy, relataré por última vez (pues al respecto de la cuestión catalana me he expresado en otras ocasiones), que el independentismo no es un sentimiento sino el deseo de poder.  En el caso que nos ocupa, se trata de un germen inducido de arriba abajo, es decir, la voluntad del Poder estimulando al pueblo y no al revés, por lo que su consistencia o duración será más bien efímera, aunque se promueva con cierta frecuencia.

Tal poder se preocupa para que su aspiración sea secundada por la mayor parte de los ciudadanos que gobierna, aun a sabiendas que la independencia es prácticamente imposible con las leyes de España que pertenece a un mundo interrelacionado como el actual (salvo que todos sus residentes se hagan anacoretas) y trata de provocarlos con emociones que los fortalezca aduciendo a algo más fácil de entender: “el derecho a decidir”. 

Un derecho a decidir innegable y más, como no puede ser de otra manera, en una democracia (de la que ambos gobiernos –estatal y catalán- alardean) a la que se llega mediante la decisión de los  votos de la mayoría. Antes, sin embargo, de igual manera, se tuvieron que establecer las leyes y normas por las que regirse que fueron por todos refrendadas. Nos guste o no, la democracia en España se ha conseguido entre todos los españoles (catalanes incluidos). (No olvidemos cómo las Cortes franquistas se hicieron el haraquiri, cómo se culminaron los acuerdos de la Moncloa, la Constitución, la entrada en la OTAN y la CEE, la implantación del euro…).

Estas leyes no impuestas por un régimen dictatorial (aunque la sombra entonces nos alcanzara por ser tan alta como un ciprés) son las que debemos modificar nuevamente si así todos lo queremos. Esa ha de ser la hoja de ruta. Nadie tiene derecho a influir en su propio beneficio alegando a sentimientos intransferibles, ni tan poco a modificar la ley justificándola por “un derecho internacional” de autodeterminación. Éstos pueden darse (incluso la desobediencia civil) ante leyes injustas, represoras, absolutistas. Y no es el caso. 

Cataluña no puede auto-determinarse como territorio cuando en él (como parte de una España plural) no se dan tales supuestos. Al contrario, su gente, la gente que en ella habita, ha de gozar de iguales derechos y obligaciones que las del resto del territorio y tener sus peculiaridades, sus sentimientos, sus costumbres como las demás comunidades que forman España. Ahora bien, existe el ligero tufillo (las evidencias parecen palpables) que muchos de sus políticos se han envuelto en la bandera de la independencia al ser atacados o tildados de malversar fondos. A nadie se le ocultan nombres, tanto físicos como jurídicos, que así lo han hecho para tapar sus vergüenzas, liar al pueblo y llenarlo de valor para que los secunden ya que solos no van a ninguna parte.

Amo a Cataluña. Me gusta su gente y su tierra. Son algo mío. ¿Por qué no puedo decidir igualmente? ¿Acaso los catalanes no han de hacer lo mismo sobre el resto de las tierras de España? Y más todavía. No me gusta el sistema monárquico  porque la democracia, a mi juicio, con ella está incompleta, por mucho que países europeos de más tradición democrática que la nuestra las mantengan.
   

La gente anhela que el mundo sea un sólo pueblo en libertad, democracia y bienestar, mande quien mande.

lunes, 4 de septiembre de 2017

FORJAR EL FUTURO

Hablar del futuro es muy complicado y quimérico pretender acertar lo que ha de ocurrir. En tal sentido, la mayoría de las veces opinamos, comentamos o  manifestamos expresiones que son más lamentos o deseos que otra cosa; sin embargo, éstos, no están exentos de criterio, toda vez que, divulgando los mismos repetidamente, se irán convirtiendo en realidades no queridas o, al revés, anheladas. Es, por tanto, a mi juicio, de vital importancia pensar en positivo, aun a riesgo de caer en la utopía de la que un servidor alardea. (Cualquiera que haya leído algo de mis escritos observará esa tendencia, aportando soluciones a dificultades o problemas).

Algo inherente a la propia capacidad humana (codiciosa y ligera por naturaleza), posiblemente, no se corresponda con el tiempo parsimonioso que la  Creación se toma en perfeccionarla.  Cabe suponer pues que, en alguna parte del planeta, el hombre  progrese en el orden material, económico y científico, pero no así, en la misma medida, en el orden interno y espiritual que lo satisfaga. Las culturas y civilizaciones, y con ellas los humanos, cambian de escenarios y de épocas; avanzan, retroceden y viceversa muy a menudo, mientras que la evolución (mutación, innovación… de los seres vivos) progresa lentamente en la dirección ansiada con la fuerza de la necesidad de cada especie.

Esto, sin duda, acarrea la máxima complejidad en la formación de un ser vivo, principalmente la del hombre (el mayor exponente conocido de tal acomodo), especializado en el desarrollo de la mente (hay quien habla que poseemos hasta cinco tipos diferentes de cerebro), a través de la cual, impulsando sus comunicaciones neuronales, origina los sentimientos motivadores  de nuestras primordiales energías. El hombre pues, estará condicionado por siempre, al albur de esa Naturaleza que, en su día, nos constituyó y, ahora, nos moldea de forma aleatoria, caprichosa o determinada por mucho que la estemos pervirtiendo con inmundicias y desastrosas actuaciones (contaminación, explotación, maltrato) que me dan pie a pensar lo apuntando al comienzo: aquello que se persigue denodadamente, por muy difícil que sea, se consigue.

¿Por qué no prescindir, importunar, rebatir las emociones negativas, propias o ajenas, que nos arrastran a las vías del miedo, la angustia o la desesperación, y tomar los caminos del ánimo, la ilusión y la esperanza? “En estos tiempos (como casi en todos) hay multitud de intrigantes que se han ido metiendo en los asuntos públicos, y no buscando otra cosa que su medro personal, han estropeado todo lo que ha pasado por sus manos. ¡Y ya está bien! Progreso en el orden material, económico y científico: sí; pero, igualmente, perspectivas más claras, un espíritu crítico más profundo, una actividad más racional, un mayor grado de madurez, extirpando muchos prejuicios nocivos” y, sobre todo, respeto a todo lo que nos rodea: Naturaleza y seres vivos.
   
Cuanto antecede, producto de una manera de sentir (ni mejor ni peor que tantas otras), es la expresión lícita, libre e individual de HONRADEZ, TRANSPARENCIA por las que tanto abogo y tan escasamente se practica: la mayoría de los humanos estamos henchidos de susceptibilidad que a pocas cosas positivas nos conducen. Es imprescindible, por consiguiente, evitar dañinos calificativos, palabras soeces o expresiones hirientes y, en su lugar, emplear palabras impecables, que se conviertan en habituales, con las que ir construyendo los senderos hacía una perfecta adaptación intelectual. Y, más todavía,  añadamos RENTABILIDAD esforzándonos lo más posible, sin tomarse nada personalmente, ni presuponer acerca de los demás.
 

Ya va siendo hora de  intercambiar bienes materiales por valores espirituales. Se puede vivir con menos cosas tangibles y con más apremios intelectuales. Es cuestión de proponérselo.

lunes, 28 de agosto de 2017

LA DICTADURA DE LAS RELIGIONES

El origen de la religión surgió, sin duda, a consecuencia del miedo a lo desconocido, a la ignorancia, a oscuros fenómenos naturales que los humanos eran incapaces de superar. Éstos, entonces, se asociaron para hacer frente y defenderse de tales misterios. Algunos creyeron que aunándose en torno a similares enigmas, con invocaciones, fórmulas o ritos comunes, se podrían combatir o aplacar, pero los malignos espíritus invisibles, que atentaban contra ellos, prevalecen todavía.  Así que, inventándose dioses (que más tarde personalizarían a su imagen y semejanza y cuya creencia R. Dawkins considera que es un delirio), cultos para adorarles y portavoces con los que comunicarse, florecieron grupos de individuos que les rendían pleitesía. Los hombres imploraban por no ser castigados o para conseguir algún beneficio y para ello, además de compromisos y sacrificios, donaban sus mejores bienes, tanto si eran complacidos (que justo era hacerlo) como si no (que su furia no se incrementase). De cualquier manera, los representantes de tales divinidades se forraban con tantos presentes (ya que éstas ni comen ni nada precisan) sin que, apenas, los acobardados seguidores  algo debatiesen: ¿Por qué  precisaban de intermediarios? ¿Cómo ambos se entendían sin desavenencias? ¿Cuándo fueron de poderes investidos? ¿Dónde residían o quién los creó?

Desde entonces, mucho tiempo ha pasado y multitud de religiones se han eclipsado, emergido o cambiado, sofisticándose de mil maneras, adaptándose a la época, a los modos y a las costumbres; pero lo principal, es que el alimento del que se nutren, continúa intacto: el miedo, la ignorancia, la oscuridad, el misterio, la apatía, el desconsuelo… los mismos condicionantes en los que se fundamenta toda dictadura, toda tiranía, todo absolutismo para permanecer y, afortunadamente, se superan. Sin embargo, la religión, por muy absurda que sea, es una creencia irrebatible, dado que emana de un sentimiento  (“cuestión de fe”) para el que no existe razón posible y, menos todavía, si ésta conduce a que sus mediadores dejen de forrarse, pierdan sus influencias o se anulen, como ocurre con los dictadores.

Las religiones ocupan todo acto de la vida humana, por diminuto que éste sea. Tanto las politeístas como las monoteístas (las menos disparatadas) dictan, a través de sus normas, lo que hay qué hacer desde que hombre nace hasta que expira. Qué comer, cuándo hacerlo: día, hora, minuto y segundo. Cuándo ayunar. Cómo vestirse. Lo que es puro y lo que no lo es, lo sagrado y lo profano…. Las religiones, a través de varones como protagonistas, interpretan las palabras, los gestos, los designios de su Dios (que no puede ser el mismo porque sus mensajes son diferentes)  relegando a la mujer, a otros humanos y demás seres vivos a planos de inferioridad como si fueran cosas insignificantes. Las religiones imponen su racismo y autoridad aplicando severos castigos (físicos y metafísicos) y su gobierno deja mucho que desear.  Hoy, ya hay mucha gente cuestionando (con poco que sepan de su historia) los cuentos que les contaron en su infancia, los fanatismo de las cruzadas, las guerras santas, la muerte a los infieles; las aberraciones de las inquisiciones, los demonios de los infiernos, las vírgenes de los paraísos; el cómo, el porqué y de qué manera algunos vivos se arrogan los mandatos divinos para hablar de separatismos, excomuniones, pecados,  penitencias… e invocan intereses espurios aduciendo que será “lo que Dios quiera”.


“El mundo necesita despertar de esta larga pesadilla” (Muy Interesante 435 Agosto) dejando las creencias religiosas a la intimidad de cada uno, toda vez que los sentimientos, además de internos,  libres y sinceros, corresponden a un único espíritu creador personal. Publicitar la fe religiosa o competir por su hegemonía, son rasgos comerciales, que no han de atentar al sentimiento agnóstico, si cumplen con la ley y pagan sus impuestos. Inculquemos a nuestros niños valores de bondad, respeto, honradez y no credos a erradicar. Que la escuela y la universidad los extienda a la sociedad para que cuando cada cual tenga capacidad de juicio decidan su identidad, sin que otros lo hagan por ellos. 

sábado, 19 de agosto de 2017

OJO CON EL "OJO POR OJO..."

Desde hace tiempo, a través de las redes (Whats App, Facebook, Twiter…) alguien con encumbrado nacionalismo nos viene inundando con subliminales mensajes patrioteros añejos, baratos y fuera de contexto. Y eso no es lo peor. Algunos de ellos, subrepticiamente, tratan de sembrar entre nosotros el odio a los emigrantes como si los españoles no lo fuéramos. Veíamos vídeos de garrulos-macarras-leguleyos que se consideraban graciosos y defensores de “una, grande y libre” España que pasó a la historia; acusándonos a los receptores de tontos por permitir que “los no españoles” se aprovecharan de una generosidad ciega prevista en las leyes de España, aunque silenciaban los abusos de que eran objeto por parte de muchos de nuestros poderosos mangantes. Otros se interesaban en infundir el miedo entre la gente anunciando calamidades y desastres si se optara por posiciones políticas distintas a las suyas o elegir a personas que no gozan de su confianza y tildan de infames. Hoy, por desgracia, a raíz de los macabros sucesos en Cataluña, causados por unos zombis-asesinos contra gente inocente, las misivas se multiplican exponencialmente sin sentido común, con ánimo revanchista incitando a la venganza y al “ojo por ojo…”; a levantar muros de intolerancia e incomprensión sugiriendo medidas irracionales; a volver a nuestras costumbres y principios sin definir a cuáles; a conducirnos con el mismo fanatismo que los terroristas se conducen.

Son momentos de dolor, de tristeza…, pero también han de ser de fría reflexión.

Dicen que el universo es infinito, si bien, carecemos de pruebas. De lo que si tenemos certeza es de nuestra perenne estupidez. ¿Cómo se puede llegar a tal grado de barbarie y acabar con la vida, impune y aleatoriamente, de tus semejantes? ¿Qué mente, doctrina u orientación puede conducirnos a matarnos unos a otros? Sola la perversidad, la diabólica razón que todo transforma, el arrebato o un desmedido interés por algo que no acierto a comprender, llevan a cometer tales actos de locura y fanatismo.

Es, por tanto, necesario saber que ser bueno no es ser tonto y que es preferible serlo a ser un criminal. Quienes responden a la violencia, al margen de la ley, con violencia, son igualmente unos violentos. Las civilizaciones cambian de lugar en el tiempo sin que la educación y el respeto humano se asienten en ellas. Mucho camino nos queda por recorrer para ponernos de acuerdo en que la paz, la democracia y la libertad son valores a consolidar. Y es que son muy intensas las voces interesadas que nos gritan tratando de inculcarnos con miedo u otras triquiñuelas lo contrario. No caigamos en la trampa nacionalista, religiosa u otra ideológica que lo desmienta. Sigamos a aquellos que predican el amor y el perdón; a aquellos que nos consideran a todos los hombres iguales y creen que su convivencia es posible.


El terrorismo (gobernado por  anarquía, sigilo, anonimato, demencia...) no distingue entre unas personas u otras y asesina indiscriminadamente a grandes y pequeños, independiente del color que tengan, la religión que profesen o el sitio donde hayan nacido. Un país que se considere civilizado no ha de emplear iguales métodos para erradicarlo; sólo se combate, pese a quien pese, con la ley y el sistema político que nos hemos dado, la justicia, la educación y el bienestar similar para todos sus ciudadanos; por mucho que nuestro instinto animal clame represalias y el fuego discurra por nuestras venas; por mucho espíritu de rencor que nos ofrezcan con sus soflamas resabiados conocidos de nuestro alrededor e invoquen al exterminio de culturas diferentes; por mucho que todos deseemos acabar con él de un plumazo, aunque lógicamente,  deseo y razón, a veces, sean irreconciliables como sucede entre personas. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

ARRESTOS CONTRA LA POBREZA

Cada día estoy más convencido, que si el hombre careciera de codicia y sus arrestos los empleara en estimular más su solidaridad con los demás, la humanidad no tendría problema alguno de subsistencia.

Comprendo que tal realidad está lejana, incluso que, de momento, es una utopía; sin embargo, cabe la posibilidad de, mediante controles impositivos u otras fórmulas, ir penalizando la avaricia y favoreciendo la generosidad, partiendo de la premisa fundamental de considerar al hombre y a los seres vivos, así como al medio ambiente, lo más importante de la creación.

La idea básica pasa por  lo esencialmente económico: equilibrar, en lo posible, las diferencias de rentas existentes entre las personas físicas. Las rentas, por tanto, habrán de limitarse. Unas, las altas, rebajándolas a base de impuestos, hasta una cifra determinada de antemano, y otras, las nulas o insuficientes, instaurándolas o aumentándolas respectivamente a base de ocupar a los que carecen de ellas o le son insuficientes para vivir dignamente.

Para que ello pueda llevarse a efecto (algo fácilmente comprensible) las personas jurídicas jugarán un papel primordial como agentes reguladores, sobre todo, a la hora de aplicar sus beneficios a inversiones, a impuestos, a dividendos..., pero eso es otra cuestión.

No aburriré más al lector extendiéndome sobre el tema y lo simplificaré anunciando que una decisión política  puede hacer posible que los ricos sean algo menos ricos y los pobres  menos pobres, la desigualdad se acorte y la miseria en el mundo desaparezca.

La gente deberemos obligar a nuestros dirigentes a que la política se encamine en esa dirección. Exijámosles transparencia en la gestión de nuestros dineros. No toleremos que nos digan que hacen todo lo que pueden contra la corrupción, cuando en la práctica comprobamos lo contrario. Desconfiemos de las gestionen que realizan y recabemos las rentabilidades que con las mismas se obtienen.

No me cansaré de repetir que todos, especialmente nuestros gobernantes, debemos de actuar con Transparencia, Honorabilidad, Rentabilidad para que el ejemplo cunda. Nos es de recibo que, sin ton ni son, sin explicar el motivo o la conveniencia de tener que hacerlo, suban los impuestos (en este año han subido cuatro veces más de lo que bajaron). No es justificable que permitan a las empresas arbitrar sus costos para mantener el mismo nivel de beneficios e inmoral que las eléctricas hayan subido ya, en este año, un 10% sus tarifas y los sueldos de sus dirigentes sean los más altos del planeta. Continúa siendo lamentable que haya tantos parados: gente oficialmente sin trabajo atentando contra otros trabajadores, ofreciéndose por un plato de lentejas para ganarse la vida, haciendo el caldo gordo a los autónomos y empresas, cuando la Seguridad social debería de proveerles ocupación.


Quienes mantenemos la idea que la igualdad de oportunidades sea real, la justicia igual para todos y el hambre del mundo desaparezca…, habremos de luchar por ello sin aspavientos, sin descalificaciones, sin odios, por mucho que otros nos provoquen tratando de sacarnos de nuestras casillas. Dejar morir a un ser vivo u originarlo por capricho, es un salvaje atentado contra la propia Naturaleza de la que formamos parte. Mejor que no suceda para no vernos envueltos en la displicencia de otros que piensan de manera contraria, de aquellos que sólo confían en la grandeza de la economía de mercado y en sus propios intereses.

sábado, 5 de agosto de 2017

LA VERDAD NO MATA

No sé qué bulle en la cabeza de nuestro presidente de Gobierno, señor Rajoy, pero no me equivocaría si afirmara que en ella se agita, con cierta frecuencia, el desvanecimiento, la torpeza, la sosería y la falsa idea acerca de la gente y las cosas de su tiempo.

Siempre me pareció un hombre prudente, cabal, discreto. Hoy, lamentablemente, tengo la sensación que nos engaña a todos, diciendo lo que en cada momento le interesa, que es un consumado mentiroso, tal como se comprobó testificando ante el tribunal de justicia. Esto me lleva a pensar “de los necios se hacen los discretos y que, para ser discreto, es preciso haber sido tonto”. Defenderse con la mentira tiene las patitas muy cortas y es de poco alcance, sobre todo, en este caso, ostentando un cargo público tan relevante y cuya trascendencia no es nada superficial.

El señor presidente seguro que no es tonto, pero lo disimula muy bien o se lo hace.

No se puede defender lo indefendible cuando existen grabaciones que demuestran lo contrario. Y, peor aún: tuvo una ocasión propicia para elogiar la valentía y la honradez manifestando la verdad, y la desaprovechó. Justo y necesario hubiera sido que, nuestro señor presidente, reconociera liderar un partido (populista como la mayoría de los demás) caracterizado por el choriceo desde tiempo inmemorial. Hubiera ganado credibilidad, aclarando asuntos turbios que lo rodean, y propiciado un futuro limpio y esperanzador que ahora no tiene. Continuar tapando la corrupción como si la gente fuera subnormal, nadie lo puede creer, ya que todo el mundo sabe que el dinero no se evapora por obra y gracia del espíritu santo.

Ya va siendo hora que nuestros políticos, en general, dejen de enarbolar falacias y promesas sin responsabilidad alguna y bajen al mundo real donde la contabilidad de cada familia es imprescindible para su supervivencia. Que dejen de decir cosas sin saber lo que dicen y abandonen inventarse filípicas contra los demás, arrastrados por la idea, a corto plazo, de obtener votos. “En su ignorancia y necedad, no se les alcanza que envilecen la historia de España (ya bastante deteriorada) jugándose a cara y cruz, sobre la capa del pueblo español, la democracia (tan costosa de conseguir) que no es inexpugnable”

Deseo indicarle a nuestro actual presidente, señor Rajoy, que no le dé alegría a la gente con su caída como  lo hizo Felipe González por similar latrocinio, y dimita por su propia voluntad, súbitamente, pues es inexplicable que ni él, ni ninguno de los que dirigieron y dirigen España,  no sepan, no les conste, no recuerden… cómo se financia su partido o sus campañas, de dónde proceden determinados sueldos y apuntes extracontables. La ignorancia no exime cumplir con la legalidad y ésta exige responsables.

Todavía recuerdo parte de la letra de una canción de los sesenta que decía: “Jóvenes, somos aún tan jóvenes. La verdad, queremos la verdad…”. Nunca es tarde para ello.


La gárrula multitud, el estólido vulgo, los enemigos que son muchos, los envidiosos que son más, el orgullo español que nos distingue, no son más que incongruentes especies de inventores de la calumnia, la astucia, la doblez y torpes ardides contra la prudencia y la rectitud de las que estamos desposeídos por mor de la política empleada, desde siempre, en España. Ya va siendo hora que en política se haga uso de la Honorabilidad, la Transparencia, la Rentabilidad.