Es un tonto que se hace el listo o viceversa. Miente y fantasea, amenaza y promete, acierta y yerra, acusa y defiende, según le convenga, aunque todo su interés consista en hacerse más rico de lo que es. Es un patriota de boquilla y más cuando se ahogaba en deudas contraídas ante una posible banca rota. Eso sí, a medida que espira su mandato y se acerca su decrepitud, es más dicharachero, menos seguro y todo el mundo le tiene calado, salvo aquellos que por su interés le hacen sentirse el amo del mundo, el rey del planeta, sabiendo que es el ser más vanidoso y egocéntrico jamás conocido. Sus seguidores, especialmente sus más allegados, le doran la píldora, ya que con él y sus desdichadas travesuras se benefician, aunque eso no les reste la antipatía que algunos le tienen por sus contradicciones y manías, por su arrogancia y jactancia, por la posible enfermedad mental que padece.
Hay gente en otros países que
incomprensiblemente le siguen y justifican sus gracias y desmanes. Son personas
negativas que proceden, por lo general, añorando un feudalismo que ahora abraza
el capital, la salvaje y agresiva oferta de la competencia, la demanda y el
ánimo de lucro como única finalidad, toda vez que veneran el esfuerzo
particular que no entiende de desgracias, ni pobrezas y, menos aún, de justicia
social o del bien común. Una idea animadora de la insolidaridad que se pueda
como un ávaro acaparar, practicando la lucha del hombre contra el hombre hasta
que uno de los dos sea doblegado, aunque para ello tenga que utilizar todo tipo
artimañas: embustes, insinuaciones y delaciones contra sus oponentes a los que
considera sus enemigos.
En nuestra piel de toro, España,
reina la oposición echando pestes contra su principal rival, el gobierno de su
nación, y en especial contra su presidente, al que critican, odian y maldicen
haciéndonos saber que es un auténtico desastre, un impostor ilegítimamente
nombrado, que no hace nada bien y si lo hace (cosa imposible de suceder y menos
de reconocer) lo tendría que hacer mejor. Todo ello por “un quítate tú que me
pongo yo”, por un querer gobernar que, cuando gobernaron, fue un lamentable
desempeño: para echarse a llorar sin derramar gota. Hoy, y ahora, a cada
instante, ponen en primera fila a sus más aguerridos mastines, bocazas y
troleros echando fuego por sus bocas malhadadas con los más absolutos
exabruptos jamás utilizados, que me recuerdan al refrán que dice:” Dime de qué
presumes y te diré de qué careces”, o aquel que manifiesta: “Perro ladrador
poco mordedor”. No obstante, estamos hartos, hasta la coronilla, de unos y
otros, con tantos insultos, despropósitos y calumnias que, rayando lo grotesco y
delictivo, despiden odio y radicalización, ignorancia y escaso sentido común y, sobre
todo, mucha preocupación de imaginar que, con tales mimbres hagan un cesto, o
con tales insultos e improperios, alguien así pueda gobernar. Nunca se ha visto
que el dinero y el poder, la ignorancia y la manipulación, sean los custodios
guardianes de la honradez y la moralidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario