domingo, 3 de mayo de 2026

¿Ha vivido usted una dictadura?

 

¿Ha vivido usted en una dictadura?

Los jóvenes españoles que no la han vivido, están de suerte.

Quizás, nada hayan escuchado al respecto, o tal vez, no les importe el pasado sabiendo “que nadie aprende en cabeza ajena”. Me sorprende, sin embargo, que olviden o ignoren que en una dictadura a todas las personas se las priva de libertad y nadie puede decir o hacer lo contrario a lo establecido por el poder, en manos de un dictador, ya que, dependiendo de lo acaecido o intuyendo lo que alguien ha pensado o sentido, puede acarrearle hasta la muerte. Por simplificar, la dictadura es una forma de gobierno, tan antigua como la humanidad, dirigida por el férreo control de una política radical de cualquier ideología.

Por lo general, religión y poder se aúnan, acuerdan dogmas y leyes, exigencias y tributos, normas y costumbres y todo cuanto sea necesario para pervivir sin que nadie, contrarios a ellos, los perjudique. Las creencias necesitan de la autoridad para permanecer creciendo de forma oficial y ésta necesita de aquellas para investirse de credibilidad. Fe y política, representan fuerza e interés y se retroalimentan pregonando las bondades que acaparan para imponerse ante sus seguidores, hasta que se instauren en otros credos y regímenes respectivamente.

Los jóvenes españoles actuales se han privado de ir a la escuela y tener que decir a la entrada “Ave María Purísima”; luego rezar el Padrenuestro antes de comenzar la clase; saludar con el brazo en alto ante la imagen de Franco, José Antonio o un Cristo crucificado, e iniciar un cuaderno escribiendo la frase de ¡Arriba España! o tener que santiguarse al pasar por la puerta de una iglesia.

Franco, como vencedor de una guerra cruel entre españoles, se erigió en caudillo y generalísimo de todos ellos, salvo de los que quedaron en el camino o lograron huir antes de ser enterrados en una cuneta. Españoles que, hasta la muerte del dictador, no pudieron volver a su país. Él, podría haber vuelto al ejército de donde salió una vez pasado un tiempo prudencial, pero no, se mantuvo hasta el fin de sus días convencido de servir a España y a Dios, que no precisan pan para comer, pero sí, durante cuarenta años, enriquecer a los suyos con su omnímodo poder del que nadie podía rechistar. Entonces, había libros prohibidos, películas censuradas, reuniones de más de cuatro personas para las que había que pedir autorización celebrar, fuerzas del orden (guardia civil, policías, “secretas”, ejercito) temibles, jueces a su medida, enchufes por doquier, recomendaciones, corrupción, abusos de la autoridad, apresamientos, injusticias y miedos por doquier. Un país, España, de toros y fútbol, donde había que andarse con cuidado, hablar poco, en voz baja y nada de política y menos de algo que atentara al poder y la religión. Los hombres cumplían obligatoriamente el servicio militar y las mujeres, ceros a la izquierda, carecían de bienes y, de casadas, sus maridos eran sus amos a los que obedecer.