¿Ha vivido usted en una
dictadura?
Los jóvenes españoles que no la
han vivido, están de suerte.
Quizás, nada hayan escuchado al
respecto, o tal vez, no les importe el pasado sabiendo “que nadie aprende en
cabeza ajena”. Me sorprende, sin embargo, que olviden o ignoren que en una
dictadura a todas las personas se las priva de libertad y nadie puede decir o
hacer lo contrario a lo establecido por el poder, en manos de un dictador, ya
que, dependiendo de lo acaecido o intuyendo lo que alguien ha pensado o
sentido, puede acarrearle hasta la muerte. Por simplificar, la
dictadura es una forma de gobierno, tan antigua como la humanidad, dirigida por
el férreo control de una política radical de cualquier ideología.
Por lo general, religión y poder
se aúnan, acuerdan dogmas y leyes, exigencias y tributos, normas y costumbres y
todo cuanto sea necesario para pervivir sin que nadie, contrarios a ellos, los
perjudique. Las creencias necesitan de la autoridad para permanecer creciendo
de forma oficial y ésta necesita de aquellas para investirse de credibilidad.
Fe y política, representan fuerza e interés y se retroalimentan pregonando las
bondades que acaparan para imponerse ante sus seguidores, hasta que se
instauren en otros credos y regímenes respectivamente.
Los jóvenes españoles actuales se
han privado de ir a la escuela y tener que decir a la entrada “Ave María
Purísima”; luego rezar el Padrenuestro antes de comenzar la clase; saludar con
el brazo en alto ante la imagen de Franco, José Antonio o un Cristo crucificado,
e iniciar un cuaderno escribiendo la frase de ¡Arriba España! o tener que
santiguarse al pasar por la puerta de una iglesia.
Franco, como vencedor de una
guerra cruel entre españoles, se erigió en caudillo y generalísimo de todos
ellos, salvo de los que quedaron en el camino o lograron huir antes de ser
enterrados en una cuneta. Españoles que, hasta la muerte del dictador, no pudieron
volver a su país. Él, podría haber vuelto al ejército de donde salió una vez
pasado un tiempo prudencial, pero no, se mantuvo hasta el fin de sus días
convencido de servir a España y a Dios, que no precisan pan para comer, pero
sí, durante cuarenta años, enriquecer a los suyos con su omnímodo poder del que
nadie podía rechistar. Entonces, había libros prohibidos, películas censuradas,
reuniones de más de cuatro personas para las que había que pedir autorización
celebrar, fuerzas del orden (guardia civil, policías, “secretas”, ejercito)
temibles, jueces a su medida, enchufes por doquier, recomendaciones,
corrupción, abusos de la autoridad, apresamientos, injusticias y miedos por
doquier. Un país, España, de toros y fútbol, donde había que andarse con cuidado,
hablar poco, en voz baja y nada de política y menos de algo que atentara al
poder y la religión. Los hombres cumplían obligatoriamente el servicio militar
y las mujeres, ceros a la izquierda, carecían de bienes y, de casadas, sus
maridos eran sus amos a los que obedecer.