sábado, 16 de mayo de 2026

LIBRÉMONOS DE LOS TENDENCIOSOS INTERESES QUE NOS TRODEAN

 

Al parecer existe un proverbio chino que dice: “El día que los asalariados se cabreen, los peces gordos se hundirán”.  Pobres, obreros, comerciales, figuras modernas de la esclavitud que trabajan por lo que cobran a fin de mes y punto.

Cuando uno es muy importante en la empresa, menos trabaja. Los políticos, por ejemplo, están mano sobre mano sin avergonzarse, pero eso sí, lo hacen público y a plena luz, lo cual cambia totalmente las cosas y nadie puede quejarse. En general, el ejecutivo no ejecuta, no defiende causa ajena, salvo su bolsillo. No siente ninguna lealtad hacia la empresa para la que trabaja y ni siquiera un trabajo bien hecho le inspira interés. Es totalmente inculto y egoísta en el sentido de que se mueve en una indigencia caritativa total, ajena a todo lo que suena a compañerismo y solidaridad. Tal es así, que no tiene tiempo para leer, ni siquiera a los grandes escritores, ni escuchar música a músicos insignes, aunque ello le represente un beneficio personal y social.

El dinero y el poder son sus dioses, similares a los opiáceos que ingieren a veces para calmar sus injustas aspiraciones que, como todo el mundo sabe, satisfacen mucho al principio para después ir disminuyendo su placer y sus cuerpos exijan mayor consumo para alcanzar los niveles placenteros del comienzo. Acapararán más riqueza y autoridad, algo a su medida, en los que mirarse desafiando la corrupción que emplearon al principio para obtener su puesto que le viene como anillo al dedo: Una actuación callada y sorda que ni ennoblece ni mejora a quienes la practican, si bien, hay necesitados y débiles de espíritu que la ansían y envidian.

Observo y reflexiono sobre tales comportamientos que, aunque estos sean humanos, me resultan curiosos, hasta el extremo de poder aseverar que la mayoría de la gente no piensa que su vida ha de acabar y olvidan que la muerte no va con ellos imaginando que es cosa de los demás. Otra peculiaridad consiste en que, si alguien hace cien cosas buenas y, circunstancialmente, una mala, ese alguien pasará por ser malísima persona, ya que en el recuerdo siempre nos queda lo peor, equivocaciones y errores, no aciertos, ni soluciones, ni sus cosas buenas. Es más, si se le imputa un hecho determinado, en especial si es malo, se repite a menudo, incluso mintiendo adrede, y además, se le considera culpable, aunque sea incierto, tal acusación al interesado le afecta y la cuestiona, hace dudar a sus amigos y ¿qué decir de quienes no le conocen? Lo bueno, sin embargo, no perdura y, ya se sabe: “calumnia que algo queda” y le llaman “Matagatos” porque su abuelo mató uno.

Hemos de aprender muchas cosas: a tolerar, pese a la incertidumbre; a confiar en los otros y no pensar mal, ya que todo lo que se dice no siempre es cierto; a buscar la verdad siendo agradecidos y corteses; a procurar hacer el bien, por mucho que nos cueste; a sentirnos confortados cuando nos controlamos: “Haz el bien y no mires a quién”, siendo, o proponiéndonos ser, nosotros mismos, con nuestros exclusivos pensamientos, defectos y virtudes, sin sumarse a los bulos partidistas.

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