En el mundo, al parecer, hay más
de mil religiones cuyo número de seguidores vienen a ser, en millones de
personas, del orden de: 2.400 el
cristianismo, 2.000 el islamismo, 1.200 el hinduismo, 500 el budismo, 400 las
chinas tradicionales y el resto, hasta el último habitante, las africanas
habituales, las indígenas, el sijismo, el judaísmo, el bahá’í, el jainismo, el
sintonismo y otras que no se identifican como tales (confucionistas, otras
budistas, americanas y australianas) o no creen en un Dios como las ateas,
agnósticas y paganas. Es decir, todas ellas son producto de ideas y ocurrencias
diferentes surgidas entre los hombres en infinidad de lugares, acerca de las
divinidades (monoteísta, dualista, politeísta) establecidas mediante la fe y la
aceptación de creencias sin prueba real
alguna y la práctica individual o colectiva de ritos, dogmas y normas por medio
del culto y la oración, la veneración y el sacrificio, lo prohibido y lo
permitido, el pecado y la contrición, poniendo en juego los sentimientos de
miedo al castigo y de esperanza a una recompensa después de la muerte; eso sí, dependiendo de
la conducta moral de cada persona.
Las religiones son pues
artificios humanos nefandos, inventados por la ignorancia, el temor humano y el
halo de un misterio oculto del que forman parte, para con éste continuar por
los siglos de los siglos hasta que sea remplazado, bien por la I.A. u otros
descubrimientos y sus beneficiarios herederos sigan viviendo del cuento.
Los hombres reconocemos cuando algo
lo hacemos bien o mal, cuando nuestras actuaciones no se corresponden con
nuestra manera de ser, cuando erramos y mentimos o cuando decimos la verdad,
aunque nadie nos crea, ya que todo cuanto hacemos y sentimos repercute en
nuestro ánimo con dolor, contrición, silencio o enfermedad, …, en el fuero
interno del dios que llevamos dentro con el fin de tenerlo presente,
silenciarlo o divulgarlo, repetirlo o enmendarlo, si es importante.
Nadie pude saber si existe o no
un Dios todopoderoso que nos vigila, nos premia, nos ordena o nos castiga. Lo
que sí sabemos es que hay muchas organizaciones y personas que se aprovechan de
Dios para beneficiarse e imponerse, sobre todo aquellas que forman parte de sus
élites. También las hay generosas que velan por el bien común, aunque no
necesariamente tengan que hacerlo en nombre del Dios de una determinada
religión. No comulgo con un dios o diosa únicos, sean judíos, cristianos,
mahometanos o vaya usted a saber de dónde y cómo y cuándo y de qué manera
surgieron permitiendo que nos matáramos entre nosotros en guerras y conflictos
y no, por el contrario, impusieran la paz. Un Dios verdadero, si lo hay, no
puede serlo si sirve para enfrentarnos entre nosotros para morir, si necesita
de mensajeros y publicidad para comunicarse, si elije a un pueblo sobre los
demás. Admiro, sin embargo, al Dios propio de los hombres que lo llevan en sus
corazones y hacen el bien allá por donde pasan; a esas almas caritativas
desprendiendo amor sin pedirlo, ayudando a los demás y compadeciéndose de los
vulnerables, sin ir en contra de la Naturaleza humana que les permita comer y
reproducirse.
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