domingo, 4 de octubre de 2026

UNA ÉLITE QUE MANDA MUCHO (siete)

 

En el mundo, al parecer, hay más de mil religiones cuyo número de seguidores vienen a ser, en millones de personas, del orden de: 2.400  el cristianismo, 2.000 el islamismo, 1.200 el hinduismo, 500 el budismo, 400 las chinas tradicionales y el resto, hasta el último habitante, las africanas habituales, las indígenas, el sijismo, el judaísmo, el bahá’í, el jainismo, el sintonismo y otras que no se identifican como tales (confucionistas, otras budistas, americanas y australianas) o no creen en un Dios como las ateas, agnósticas y paganas. Es decir, todas ellas son producto de ideas y ocurrencias diferentes surgidas entre los hombres en infinidad de lugares, acerca de las divinidades (monoteísta, dualista, politeísta) establecidas mediante la fe y la aceptación de  creencias sin prueba real alguna y la práctica individual o colectiva de ritos, dogmas y normas por medio del culto y la oración, la veneración y el sacrificio, lo prohibido y lo permitido, el pecado y la contrición, poniendo en juego los sentimientos de miedo al castigo y de esperanza a una recompensa  después de la muerte; eso sí, dependiendo de la conducta moral  de cada persona.

Las religiones son pues artificios humanos nefandos, inventados por la ignorancia, el temor humano y el halo de un misterio oculto del que forman parte, para con éste continuar por los siglos de los siglos hasta que sea remplazado, bien por la I.A. u otros descubrimientos y sus beneficiarios herederos sigan viviendo del cuento.

Los hombres reconocemos cuando algo lo hacemos bien o mal, cuando nuestras actuaciones no se corresponden con nuestra manera de ser, cuando erramos y mentimos o cuando decimos la verdad, aunque nadie nos crea, ya que todo cuanto hacemos y sentimos repercute en nuestro ánimo con dolor, contrición, silencio o enfermedad, …, en el fuero interno del dios que llevamos dentro con el fin de tenerlo presente, silenciarlo o divulgarlo, repetirlo o enmendarlo, si es importante.

Nadie pude saber si existe o no un Dios todopoderoso que nos vigila, nos premia, nos ordena o nos castiga. Lo que sí sabemos es que hay muchas organizaciones y personas que se aprovechan de Dios para beneficiarse e imponerse, sobre todo aquellas que forman parte de sus élites. También las hay generosas que velan por el bien común, aunque no necesariamente tengan que hacerlo en nombre del Dios de una determinada religión. No comulgo con un dios o diosa únicos, sean judíos, cristianos, mahometanos o vaya usted a saber de dónde y cómo y cuándo y de qué manera surgieron permitiendo que nos matáramos entre nosotros en guerras y conflictos y no, por el contrario, impusieran la paz. Un Dios verdadero, si lo hay, no puede serlo si sirve para enfrentarnos entre nosotros para morir, si necesita de mensajeros y publicidad para comunicarse, si elije a un pueblo sobre los demás. Admiro, sin embargo, al Dios propio de los hombres que lo llevan en sus corazones y hacen el bien allá por donde pasan; a esas almas caritativas desprendiendo amor sin pedirlo, ayudando a los demás y compadeciéndose de los vulnerables, sin ir en contra de la Naturaleza humana que les permita comer y reproducirse.

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