domingo, 26 de abril de 2026

Experiencias que -¡ojo!- se repiten

 

Las historias que nos cuentan, especialmente si son actuales e interesadas, casi siempre no son verdaderas, dependen de quién o quiénes nos las cuenten: eso es lo que importa. Podemos encontrar versiones distintas e, incluso, contrarias y ser ambas reales, aunque la única que queda es la de los vencedores, nunca la de los vencidos: éstos murieron, huyeron o, por miedo, guardan silencio. Nosotros nos formarnos una idea dándole o no carta de credibilidad, sin olvidar lo que de niños aprendimos en la escuela, en nuestra casa u oficialmente, con mayor o menor obligación.

Nací en época del estraperlo y las cartillas de racionamiento, pues aún existían las restricciones de productos básicos en España cuando se vislumbraba el fin de la segunda guerra mundial y se habilitó una tierra donde asentar a los judíos para compensarles de las barbaries genocidas del holocausto nazi alemán. Me crie libre, en un hogar sin agua corriente, ignorando que la política y el sexo existían. Ya de chaval, en mi bachillerato defendí a capa y espada a su Excelencia el Generalísimo Franco, Caudillo de España, al Papa de Roma y sucesor de Cristo en la Tierra, fuera el que fuera; elogié a la religión católica la verdadera y única de Dios, postulando donativos para el Domund (Domingo Mundial de las Misiones), curas, pobres y chinitos que pasaban hambre, como si aquí en España - ¡llena de enfermedades y miserias! - no existiera. Mas tarde, una vez comencé a trabajar a los catorce años, me enteraría que en España hubo dos años de austeridad para salvarla de la quiebra económica, algo que, afortunadamente, no sucedió merced a las divisas que los emigrantes españoles enviaban y a un cambio de gobierno, presidido por el dictador militar Franco.  ¡Cómo no! 

Hoy reconozco que la educación laxa recibida en casa, en la escuela y en el instituto es lo que más influyó en mí, siendo muy feliz; sin embargo, me resisto a justificarla pese haber sido equívoca y parcial tratando de protegerme, aunque entienda también que la ocultación y el silencio fueran causa del miedo social reinante por la dictadura. La libertad no puede ser plena si se basa en una mentira, si se asienta en medias verdades, si se ignoran los derechos vitales de los hombres. Hoy sé que, desde niño, se puede aprender a ser fuerte y a aceptar la verdad, por dura que sea, empleando palabras sencillas, entendibles y proporcionando el mayor cariño del mundo: basta con enseñarle a perdonar y a querer, a valorar y a tolerar, a respetar y a empatizar… haciéndole ecuánime y responsable en su justa medida. 

Los años y la experiencia que la vida dan, me han llevado a la conclusión de que aquel militar general fue un asesino golpista, con miles de cadáveres a sus espaldas, que debió retirarse bastante antes de los veinticinco años de paz, pregonada a bombo y platillo por su régimen cruel. Fue un humano de carne y hueso como todos los demás, con sus dolores y placeres, sus defectos y virtudes, pero con un poder omnímodo e inmerecido, similar al que ahora mantienen algunos magistrados, políticos y religiosos, creyéndose estar al margen de la Ley, seguir explotando sus normas y dogmas e infundiendo miedo y sufrimiento.     

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