Las historias que nos cuentan,
especialmente si son actuales e interesadas, casi siempre no son verdaderas,
dependen de quién o quiénes nos las cuenten: eso es lo que importa. Podemos
encontrar versiones distintas e, incluso, contrarias y ser ambas reales, aunque
la única que queda es la de los vencedores, nunca la de los vencidos: éstos
murieron, huyeron o, por miedo, guardan silencio. Nosotros nos formarnos una
idea dándole o no carta de credibilidad, sin olvidar lo que de niños aprendimos
en la escuela, en nuestra casa u oficialmente, con mayor o menor obligación.
Nací en época del estraperlo y
las cartillas de racionamiento, pues aún existían las restricciones de
productos básicos en España cuando se vislumbraba el fin de la segunda guerra
mundial y se habilitó una tierra donde asentar a los judíos para compensarles
de las barbaries genocidas del holocausto nazi alemán. Me crie libre, en un
hogar sin agua corriente, ignorando que la política y el sexo existían. Ya de
chaval, en mi bachillerato defendí a capa y espada a su Excelencia el
Generalísimo Franco, Caudillo de España, al Papa de Roma y sucesor de Cristo en
la Tierra, fuera el que fuera; elogié a la religión católica la verdadera y
única de Dios, postulando donativos para el Domund (Domingo Mundial de las
Misiones), curas, pobres y chinitos que pasaban hambre, como si aquí en España
- ¡llena de enfermedades y miserias! - no existiera. Mas tarde, una vez comencé
a trabajar a los catorce años, me enteraría que en España hubo dos años de
austeridad para salvarla de la quiebra económica, algo que, afortunadamente, no
sucedió merced a las divisas que los emigrantes españoles enviaban y a un
cambio de gobierno, presidido por el dictador militar Franco. ¡Cómo no!
Hoy reconozco que la educación
laxa recibida en casa, en la escuela y en el instituto es lo que más influyó en
mí, siendo muy feliz; sin embargo, me resisto a justificarla pese haber sido
equívoca y parcial tratando de protegerme, aunque entienda también que la
ocultación y el silencio fueran causa del miedo social reinante por la
dictadura. La libertad no puede ser plena si se basa en una mentira, si se
asienta en medias verdades, si se ignoran los derechos vitales de los hombres. Hoy
sé que, desde niño, se puede aprender a ser fuerte y a aceptar la verdad, por
dura que sea, empleando palabras sencillas, entendibles y proporcionando el
mayor cariño del mundo: basta con enseñarle a perdonar y a querer, a valorar y
a tolerar, a respetar y a empatizar… haciéndole ecuánime y responsable en su
justa medida.
Los años y la experiencia que la
vida dan, me han llevado a la conclusión de que aquel militar general fue un
asesino golpista, con miles de cadáveres a sus espaldas, que debió retirarse
bastante antes de los veinticinco años de paz, pregonada a bombo y platillo por
su régimen cruel. Fue un humano de carne y hueso como todos los demás, con sus
dolores y placeres, sus defectos y virtudes, pero con un poder omnímodo e
inmerecido, similar al que ahora mantienen algunos magistrados, políticos y
religiosos, creyéndose estar al margen de la Ley, seguir explotando sus normas
y dogmas e infundiendo miedo y sufrimiento.
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