Hay quien dice, y seguramente no
le falta razón, que Trump sufre algún tipo de trastorno mental u otra
enfermedad de característica similar o parecida, debido a la arrogancia que
emplea sabiéndose el mejor, el más persuasivo y dominante, el que nunca se
equivoca convencido de que su verdad es la auténtica razón.
Hay políticos que aspiran al
poder para gobernar cuando en realidad pretenden sacar provecho económico,
directa o indirectamente. Algunos son más propensos y permisivos: los que gozan
de un carácter conservador basado en un objetivo de libertad capitalista
tendente a la desigualdad y al lucro, y otros, los progresistas, abrazando una
libertad social con tendencia a la equidad y el bien social.
De los españoles su puede decir,
sin lugar a errar, que todos somos mestizos, pues en la Península Ibérica
confluyeron y se asentaron diversas culturas y civilizaciones: íberos, celtas,
celtíberos, fenicios, judíos, griegos, romanos, visigodos, suevos, vándalos,
alanos, musulmanes, bereberes, sefardíes y todos dejaron sus huellas, por lo
que cabe suponer que, salvo los vascos (posiblemente el único genuino idioma
peninsular) seamos una mezcla de todos ellos.
¿Somos los españoles muy dados a
generalizar?
No existen razones para
afirmarlo, aunque, merced a la férrea dictadura sufrida, cuyos ecos aún nos
retumban, tuviéramos que no individualizar las cosas y suavizar el lenguaje en
evitación de algún tipo de reprensión. No obstante, nos queda lo aprendido en
nuestra infancia: tratar de no molestar ni meter la pata o, por el contrario,
complacer vivamente al mayor número de personas, toda vez que es más fácil no
personalizar y difuminar la responsabilidad.
No es de personas inteligentes
creer sin más o a pies juntillas, pese a que la fe nos asista y digan que mueve
montañas. Renunciar a entender lo que sobrepasa al entendimiento es rendirse de
antemano. Deberemos luchar cuando se trata de un asunto capital, cuando la
cuestión merezca la pena, cuando nuestra vida esté en juego. Mientras tanto,
hemos de saber que una sola verdad no existe, pues son muchas las existentes y
todas quieren dominar en los corazones de los hombres. Sin embargo, cada uno de
nosotros confiamos en que la nuestra es la legítima; eso sí, hasta que un
desengaño o convencimiento nos lo corrige.
Somos únicos. No existe la
igualdad, aunque la gente de a pie propaguemos que hemos de tender hacia ella
o, al menos, gozar de las mismas oportunidades saliendo a competir desde el
mismo sitio: algo virtualmente imposible. Hemos de saber que cada uno de
nosotros tenemos alguna peculiaridad a descubrir o es ya conocida. Esta, nos
hará más fuertes, importantes e influyentes si la potenciamos adecuadamente. No
nos impacientemos y aceptemos las cosas como vengan buscando el camino propio que
nos identifique y acertaremos, ya que la luz siempre emerge del mismo modo que
la verdad.