domingo, 25 de enero de 2026

DEMOCRACIA Y DICTADURA

 

En este mismo blog la semana anterior hablé de la dualidad orgánica intrínseca a la Naturaleza del ser humano: dos ojos, dos orejas, dos…, pensamientos fundamentales el alma: uno zurdo y otro diestro.

Hoy me he topado con una frase atribuida al expresidente chileno Gabriel Boric que, según el diario El País, señala (copiado literalmente): “Uno tiene que estar permanentemente poniendo a prueba ante buenos argumentos sus propias razones”, reivindicando la necesidad insoslayable de la autocrítica, diciendo: “La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”.

Consideré interesante la reflexión para comentar que, a mi juicio, no solo ha de servir para la izquierda política sino también para todas las tendencias y formas de pensar, compartamos o no el mismo ideario social y político, ya que la superioridad moral no existe y nadie se la puede arrogar por mucho

 sin antes argumentar validas y honorables que la avalen.

Estoy convencido que un dictador considera que su país (España, EE. UU…) le pertenece. Que la mejor razón es la suya aplicando una política social y económica conveniente a su criterio; sin embargo, ¿por qué no contrastar con el resto de las personas de su mismo país con múltiples y variados pensamientos y principios?; es decir, ¿por qué no emplear la democracia?

Siempre hay un punto intermedio. Una razón general que, aunque sea equívoca, hemos de reconocerla por el simple hecho de ser la mayoritaria, pese a que esté influenciada por promesas que no serán cumplidas; por verdades inciertas que sencillamente son engaños y bulos; por intereses malévolos, egoístas y personales; por falta de conocimiento e información mendaz y embustera; porque alguien, con su pragmatismo o carisma, enarbola el idealismo de unos valores patrios capaz de encandilar a jóvenes inmaduros… Pero, aun así, la democracia es preferible a la dictadura. Aquella, aun no siendo perfecta, es flexible, abierta y permanentemente mejorable; la dictadura, por el contrario, está sometida a la ley del más fuerte, censura cuanto le parece, impone normas coercitivas de todo tipo e, incluso, es capaz de privar al individuo de la libertad de pensar.

Personalmente he vivido en ambos regímenes gozando de capacidad de juicio y la diferencia entrambos es muy distante, no tienen parangón. No existe dictadura que no sea perfecta ni democracia que lo sea. La libertad de opinión es manifiesta y ésta así me lo ratifica las palabras de un vasco famoso, que en Salamanca enseñó lengua española, Miguel de Unamuno, diciendo a quienes a la postre, establecerían una dictadura: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”.

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