En este mismo blog la semana anterior hablé de la dualidad
orgánica intrínseca a la Naturaleza del ser humano: dos ojos, dos orejas, dos…,
pensamientos fundamentales el alma: uno zurdo y otro diestro.
Hoy me he topado con una frase atribuida al expresidente
chileno Gabriel Boric que, según el diario El País, señala (copiado
literalmente): “Uno tiene que estar permanentemente poniendo a prueba ante
buenos argumentos sus propias razones”, reivindicando la necesidad
insoslayable de la autocrítica, diciendo: “La izquierda que solamente le
echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”.
Consideré interesante la reflexión para comentar que, a mi
juicio, no solo ha de servir para la izquierda política sino también para todas
las tendencias y formas de pensar, compartamos o no el mismo ideario social y
político, ya que la superioridad moral no existe y nadie se la puede arrogar
por mucho
sin antes argumentar
validas y honorables que la avalen.
Estoy convencido que un dictador considera que su país
(España, EE. UU…) le pertenece. Que la mejor razón es la suya aplicando una
política social y económica conveniente a su criterio; sin embargo, ¿por qué no
contrastar con el resto de las personas de su mismo país con múltiples y
variados pensamientos y principios?; es decir, ¿por qué no emplear la
democracia?
Siempre hay un punto intermedio. Una razón general que,
aunque sea equívoca, hemos de reconocerla por el simple hecho de ser la
mayoritaria, pese a que esté influenciada por promesas que no serán cumplidas;
por verdades inciertas que sencillamente son engaños y bulos; por intereses
malévolos, egoístas y personales; por falta de conocimiento e información
mendaz y embustera; porque alguien, con su pragmatismo o carisma, enarbola el
idealismo de unos valores patrios capaz de encandilar a jóvenes inmaduros… Pero,
aun así, la democracia es preferible a la dictadura. Aquella, aun no siendo
perfecta, es flexible, abierta y permanentemente mejorable; la dictadura, por
el contrario, está sometida a la ley del más fuerte, censura cuanto le parece,
impone normas coercitivas de todo tipo e, incluso, es capaz de privar al
individuo de la libertad de pensar.
Personalmente he vivido en ambos regímenes gozando de
capacidad de juicio y la diferencia entrambos es muy distante, no tienen
parangón. No existe dictadura que no sea perfecta ni democracia que lo sea. La
libertad de opinión es manifiesta y ésta así me lo ratifica las palabras de un
vasco famoso, que en Salamanca enseñó lengua española, Miguel de Unamuno,
diciendo a quienes a la postre, establecerían una dictadura: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis
porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer
significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta
lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”.
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