No hay duda. La dualidad corporal
del ser humano, tanto material como espiritual, es significativa. Gozamos de
una simetría bilateral con dos manos, dos pies, dos ojos, dos oídos, dos
orificios en la nariz, dos pulmones, dos riñones y dos hemisferios en un
cerebro cuya corteza motora izquierda controla los movimientos de la parte
derecha del cuerpo y viceversa, es decir, dirigen las funciones de nuestro
organismo almacenando ideas, en mayor o menor medida, sean zurdas o diestras.
“No hay más cera que la que
arde”. Todos realizamos las mismas funciones para establecer y desarrollar
identidades que nos hacen únicos por causas diferentes, pero que, sin embargo,
los resultados a los que podemos llegar pueden ser iguales. La no conciliación
entre ellas nos puede llevar a la hecatombe, a riñas, a luchas fratricidas sin
sentido o cruentas -como lo fue la guerra civil española- que no vienen a
solucionar los problemas. La concordia, el acuerdo, la cesión sincera por las
diversas partes pueden conducirnos a una razón que nos salve.
Cualquier tipo de solución que no
pase por la avenencia mutua es una pérdida de tiempo, igual que si una voluntad
se impone por la fuerza sobre otra, sin ni siquiera acordar un punto intermedio
que a ninguna parte le plazca satisfactoriamente. Ante posturas contrapuestas,
para superarlas o alcanzar un acuerdo, se me ocurre preguntar: ¿De dónde
procede la adversidad? ¿Qué la origina? ¿Cuándo, cómo y de qué manera se
perciben para combatirlas?
La adversidad se sentirá
acorralada ante respuestas simples y sinceras. Pensemos, meditemos sobre ellas
y actuemos. Hagámoslo protegiéndonos, no mostrando nuestras debilidades, esas
que solo uno mismo entiende y nadie más debe conocer si no quiere. La
vulnerabilidad de las personas es su cuerpo y sus pensamientos.
El miedo y el odio -propios de
los seres humanos- se amplían, sobre todo, cuando la angustia se acrecienta y
decrecen, si dicha angustia es colectiva y se comparte con una sociedad
asustada. El dolor se contiene y la tristeza surge cuando dicho dolor no se
puede aguantar más.
La felicidad y demás sentimientos
se transforman con arreglo al estado crítico en el que nos encontramos;
mientras, los populismos descansan haciéndonos sentir que sus promesas
mejorarán nuestras vidas y eso es de una simpleza que espanta.
La razón y la pasión son dos
realidades que pueden vincular el futuro engendrando inteligencia o violencia,
solo aplacadas con respectiva humildad y resignación. La paz no tiene precio y
siempre es preferible a una guerra en la que todos, pueblos y vidas, pierden
por muy victoriosos que se sientan o hayan sido.
Los actuales momentos, por los
que nuestro mundo está pasando, son para hacérnoslos pensar; en otros tiempos, se
masacraron a pueblos enteros por invasores, judíos o extranjeros – Hitler, la
Santa Inquisición o Rhodes- y ocurrió lo que todos sabemos, olvidando que “muerto
el perro se acabó la rabia”. ¿Habrá algún héroe que mate al perro?
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